De Qart Hadasht al siglo XXI: la gran historia aún por contar

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Tribuna libre

Una propuesta para unificar nuestro legado histórico y convertir veintidós siglos de patrimonio en una marca propia de ciudad

Publicado: 25/07/2026 · 06:00
Actualizado: 25/07/2026 · 06:00
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Basta pasear por el centro de Cartagena para encontrarse con esta escena: un grupo de turistas contempla el Teatro Romano y, poco después, fotografía el Submarino de Peral. En apenas unas horas han viajado más de dos mil años en el tiempo y, sin embargo, es muy probable que abandonen la ciudad sin haber desentrañado qué une realmente esos lugares. Han recorrido monumentos y visitado museos, pero todavía no han descubierto Cartagena.

Y ello sucede no por falta de patrimonio, sino porque su extraordinario legado continúa presentándose de forma fragmentada. La Cartagena púnica parece ajena a la romana; la medieval apenas dialoga con la ilustrada, mientras la industrial se muestra desligada de las anteriores. El resultado es que el visitante descubre episodios excepcionales, pero le cuesta descifrar la continuidad histórica que los une y, precisamente por ello, percibir aquello que hace de este enclave un lugar verdaderamente singular.

Han recorrido monumentos y visitado museos, pero todavía no han descubierto Cartagena.

La simple exposición de los restos arqueológicos no basta para dejar una huella duradera en quien nos visita. Lo que verdaderamente transforma la experiencia es la capacidad de interpretar el patrimonio y dotarlo de un relato claro. Ciudades como Edimburgo o Quebec son la gran lección de ello: su éxito no reside en poseer majestuosas murallas, sino en haber conseguido que cada espacio explique un capítulo de la misma historia. Allí el excursionista no asume el recorrido como una suma de partes aisladas («he visto un castillo; ahora iré a un museo»); siente, simplemente: «estoy recorriendo una ciudad fortificada».

Ahí reside la gran oportunidad de Cartagena. Muy pocas ciudades en el mundo pueden explicar su evolución utilizando un único escenario geográfico como hilo conductor. El puerto cartagenero sí puede: desde sus orígenes púnicos, ha sido testigo excepcional de la estrategia, la navegación y la tecnología en el Mediterráneo. Sin embargo, esa continuidad milenaria todavía no se ha transformado en la gran idea capaz de proyectar nuestro sello propio.

Por eso, la reciente decisión del Ayuntamiento de Cartagena de impulsar la incorporación de la ciudad a la Red de Ciudades Cervantinas —coincidente con la apertura de la Casa de Isaac Peral y la inauguración, hace unos días, de la estatua al Capitán Alatriste como homenaje al personaje de Arturo Pérez-Reverte y a los Tercios españoles— constituye una magnífica oportunidad para dar el paso.

Todas estas iniciativas poseen un indudable valor cultural, pero, contempladas conjuntamente, debieran apuntar hacia una aspiración mucho más ambiciosa: convertir nuestro pasado en el motor de una gran marca de ciudad, capaz de integrar toda nuestra memoria en una visión coherente y reconocible, desde Qart Hadasht hasta el siglo XXI. Esta personalidad propia es hoy uno de los principales activos estratégicos urbanos: proyecta prestigio, atrae talento, inversión y, como consecuencia, un turismo de calidad.

Cuando el patrimonio deja de enseñarse como una simple colección de monumentos y se cuenta como una sola historia ininterrumpida, todo cambia.

¿Pero cómo explicar más de veintidós siglos de historia sin perder al visitante entre fechas, dinastías y guerras? La respuesta está en una herramienta excepcional: interpretar la evolución de la ciudad a través de tres personajes universales que encarnan las grandes transformaciones de cada época. No porque Aníbal, Miguel de Cervantes e Isaac Peral sean los únicos protagonistas de nuestro pasado, sino porque ayudan a comprenderlo.

Aníbal representa el nacimiento de Cartagena como gran centro geopolítico occidental y el comienzo de una nueva forma de interpretar la estrategia y la logística. Miguel de Cervantes nos conduce a la ciudad del apogeo de las galeras, cuando el puerto desempeñaba un papel esencial en el sistema naval de la Monarquía Hispánica, e Isaac Peral simboliza el momento en que la ciudad volvió a situarse en la vanguardia gracias a una innovación tecnológica que cambió para siempre la navegación. Nunca llegaron a encontrarse; les separan más de dos mil años. Pero los tres contemplaron el mismo mar.

Articular este relato es la llave para estructurar una estancia de varios días, secuenciada cronológicamente: desde la Cartagena Antigua y la del Siglo de Oro hasta la Vanguardia Tecnológica. Cada jornada permitiría unir los hitos históricos con actividades paralelas que refuercen el mensaje y, a la vez, entretengan: mañanas de arqueología viva con talleres de acuñación antigua, tardes de navegación emulando batallas navales, juegos de estrategia urbana resolviendo enigmas de espionaje decimonónico, eventos musicales en entornos monumentales y rutas nocturnas donde reconstrucciones virtuales y luces proyectadas sobre murallas y fortificaciones reviven los asedios del pasado. Así, su crónica milenaria se transforma en una experiencia de ocio viva.

Los imperios caen, las armas se oxidan y la tecnología evoluciona, pero el puerto y su posición estratégica siguen ahí, inmutables. Es el único testigo que jamás muda de piel.

Esa es la verdadera magia de Cartagena. Los imperios caen, las armas se oxidan y la tecnología evoluciona, pero el puerto y su posición estratégica siguen ahí, inmutables. Es el único testigo que jamás muda de piel.

Por eso, cuando el patrimonio deja de enseñarse como una simple colección de monumentos y se cuenta como una sola historia ininterrumpida, todo cambia. No solo ayuda al visitante a entender qué hace única a la ciudad, sino que empuja a los propios cartageneros a descubrir el lazo invisible que une sus paisajes con sus antepasados. Es entonces cuando el pasado deja de ser un almacén de episodios sueltos para convertirse en el alma compartida de un pueblo.

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