El alcalde José Ballesta no entendía la política como una profesión, sino como una forma de entrega a sus vecinos. Quienes tuvimos la suerte de trabajar a su lado sabemos que detrás del alcalde había, ante todo, un hombre profundamente enamorado de Murcia. De sus calles y plazas. De sus barrios y pedanías. De sus tradiciones, de su historia y, sobre todo, de su gente.
Esta semana nuestra ciudad ha vivido uno de esos momentos que dejan una huella difícil de explicar con palabras. Murcia ha despedido a su Alcalde, pero lo ha hecho como se despide a alguien cercano, casi de la familia.
Durante estos días miles de murcianos han querido darle las gracias. Lo hemos visto en las largas colas para despedirse de él, en los silencios emocionados, en las flores, en los abrazos y en tantos mensajes llegados desde todos los rincones del país. Y no es casualidad.
Hay personas que pasan por la vida dejando simplemente un recuerdo. Y hay otras que dejan una huella profunda en quienes tuvieron la suerte de conocerlas. El alcalde José Ballesta pertenecía a estas últimas.
Tenía la capacidad de ilusionar, de hacernos creer que Murcia podía aspirar siempre a algo mejor y de exigirnos más a quienes trabajábamos a su lado. Casi sin darte cuenta, terminabas mirando la ciudad, incluso la vida, de otra manera después de haber compartido camino con él.
Decía muchas veces que para Murcia nada era imposible y que todo era poco. Y, sobre todo, actuaba en consecuencia.
Quienes trabajamos junto a él aprendimos también que gobernar no consiste solo en gestionar, sino en cuidar; en escuchar y mejorar la vida cotidiana de las personas. Y también en no resignarse nunca"
Gracias a esa forma de entender la ciudad, Murcia aprendió a pensar en grande. A creer más en sí misma. A atreverse con proyectos y transformaciones que parecían inalcanzables y que terminaron situando a nuestra ciudad en el mapa nacional e internacional.
Pero detrás de esa ambición nunca hubo vanidad. Había amor por Murcia y la convicción profunda de que esta tierra no tenía que conformarse con menos.
Quienes trabajamos junto a él aprendimos también que gobernar no consiste solo en gestionar, sino en cuidar; en escuchar y mejorar la vida cotidiana de las personas. Y también en no resignarse nunca.
Nunca olvidaré un paseo con él por Alfonso X después de la peatonalización. En medio de aquella conversación me di cuenta de algo aparentemente pequeño: habían vuelto los pájaros. Por primera vez en muchos años se escuchaba de nuevo su sonido en pleno centro de Murcia.
Y comprendí entonces que aquella transformación no consistía únicamente en ganar espacio para pasear o modernizar una avenida. Era algo mucho más profundo: devolver la ciudad a las personas.
Consiguió además algo que quizás no se pueda medir con cifras, pero que cualquier murciano ha sentido durante estos años: devolvió a muchos el orgullo de ser murcianos"
Consiguió además algo que quizás no se pueda medir con cifras, pero que cualquier murciano ha sentido durante estos años: devolvió a muchos el orgullo de ser murcianos.
Nos enseñó a soñar nuestra ciudad sin ponerle límites. A entender que Murcia podía abrirse al mundo sin perder su identidad. Que podía atraer cultura, talento y grandes proyectos sin dejar de ser ella misma.
Defendía además una idea que repetía constantemente: Murcia se vive en la calle.
Quizás por eso llenó nuestras plazas y avenidas de vida, de cultura y de actividad, sacando muchos eventos de espacios cerrados para convertirlos en algo compartido y abierto a todos, convencido de que las calles y plazas tenían que vivirse y disfrutarse y debían volver a ser un lugar de encuentro en torno a los que se articulara el día a día de barrios y pedanías.
Repetía muchas veces que no se puede gobernar Murcia sin los murcianos ni diseñar la ciudad del futuro sin sus grandes protagonistas: la gente que la vive cada día. Esa fue una de sus mayores virtudes, hacer que muchos murcianos volvieran a sentir Murcia como algo propio.
Había una misma idea de fondo: construir una Murcia más amable, más verde y más pensada para las personas"
Y tenía claro que esa transformación debía llegar a todo el municipio. Porque para él Murcia era una sola, formada por cada barrio y cada pedanía, sin diferencias ni distancias.
Por eso impulsó proyectos que representan esa nueva forma de mirar la ciudad y que hoy ya forman parte del futuro de Murcia: la recuperación de la Cárcel Vieja, la recuperación de San Esteban y las Fortalezas del Rey Lobo o la Vía Verde, uno de los proyectos en los que más ilusión depositó y que compartimos desde el primer momento.
En todos ellos había una misma idea de fondo: construir una Murcia más amable, más verde y más pensada para las personas. Porque, por encima de cualquier cargo, Murcia fue siempre su gran pasión.
José Ballesta tenía además una virtud poco común: hacía mejores a quienes le rodeaban. En muchas conversaciones repetía una idea sencilla que le definía perfectamente: nunca hay que dejar de aspirar a lo más alto. Porque conformarse era la manera más rápida de renunciar al futuro.
Ese espíritu inconformista, esa convicción de que Murcia puede aspirar a más y esa pasión por hacer las cosas bien son hoy también una responsabilidad para quienes tenemos el deber de continuar trabajando por esta ciudad.
No quiero terminar sin dar las gracias a todos los murcianos que durante estos días han demostrado, una vez más, la enorme humanidad de esta ciudad.
A quienes acudieron a despedirse de él. A quienes dejaron una flor, un abrazo, una oración o unas palabras de cariño. A quienes hicieron largas colas en silencio simplemente para darle las gracias.
Murcia volvió a escuchar a sus pájaros. Y quizá ahí estaba, sin saberlo, la mejor definición de ciudad que nos dejó el alcalde Ballesta.
Rebeca Pérez
Alcaldesa en funciones de Murcia