Hubo un tiempo en el que, este gran territorio que es el Campo de Cartagena, se llamaba sencillamente “tierra de esparto”.
Mucho antes de las carreteras, los pueblos, los molinos y los aljibes de nuestro paisaje, alguien miró esta tierra y la nombró por lo que producía su suelo.
Yendo a los comienzos de nuestra era, Estrabón hablaba del Campus Spartarius, pero aquella tierra de esparto era mucho más antigua, las fuentes hablan de Mastia, fenicios y cartagineses, y cuando Roma llegó, encontró un territorio que ya tenía historia.
Aquel territorio iba mucho más allá de nuestro Campo de Cartagena, al igual que la provincia Cartaginense llegó a ser muchísimo más que esta tierra rodeada de sierras y abierta al mar que con el paso de los siglos fue adquiriendo vida propia.
Pero la Historia no empieza cuando llegamos nosotros, le pusimos nombres y le trazamos líneas, esta tierra ya estaba aquí y era un territorio vivo
Y antes, hace ya unos 4.500 años, hubo seres humanos que extraían y trabajaban los minerales de estas tierras, dejando en los sedimentos de la antigua laguna del Almarjal una huella que sabemos que ha llegado hasta nuestros días, gracias a la ciencia, que nos explica que allí hubo actividad industrial en aquellos tiempos.
Pero si viajamos millones de años atrás, aquí se levantaron sierras, se formaron llanuras y hubo episodios volcánicos que dejaron huellas en la zona oeste de Cartagena, y en lugares como el Carmolí o las islas del Mar Menor, encontrando en el volcán de La Aljorra un mineral llamado armacolita, por los tres astronautas que pisaron por primera vez la luna (Armstrong, Aldrin y Colins) de donde trajeron una muestra y que solo se encuentra en otros dos lugares más de España y en solo en otros 6 países del mundo.
Y ni siquiera los cursos del agua permanecieron siempre iguales. Hacia el oeste, donde el Campo de Cartagena da paso al valle del Guadalentín, antiguos mapas representaron durante siglos al Guadalentín buscando el Mediterráneo por Mazarrón, a través del sistema de la rambla de las Moreras. Hasta los ríos tienen su propia historia.

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Pero la Historia no empieza cuando llegamos nosotros, le pusimos nombres y le trazamos líneas, esta tierra ya estaba aquí y era un territorio vivo. Cuando llovía y el agua caía sobre las sierras, la gran llanura que es el Campo de Cartagena, buscaba las ramblas que la llevaban hasta el mar, dejando parte de ella en nuestros acuíferos.
Desde el cielo no se ven las líneas, la realidad es un solo paisaje que desde arriba no marca diferencias
Y entonces llegó el hombre, y aprendió que el agua había que buscarla, y custodiarla, y creó pozos, balsas, aljibes, cisternas, conducciones… y con el paso de los siglos el agua fue dejando su propia arqueología sobre el paisaje.
Por esta tierra pasó el geógrafo Ibn Jubayr, emprendiendo camino desde Cartagena hacia Murcia, dejando escrito que pasó la noche en el Faḥṣ Qartayanna, el Campo de Cartagena, en la Torre de las Tres Cisternas (o aljibes) un lugar que posiblemente estaría a medio camino entre estas dos ciudades. Y también en esta misma tierra Hazim al-Qarṭayanni conoció el territorio en el que los pueblos estaban unidos por caminos y lo describió como el paraíso en sus poemas, escribiendo sobre su lluvia y su paisaje.
Diversas culturas, lenguas y gentes pasaron por aquí; iberos, cartagineses, romanos, bizantinos, visigodos, musulmanes, castellanos, aragoneses… vinieron y convivieron transformando el territorio en una sucesión de mundos que se solapaban unos a otros dando paso al siguiente.
Y con el paso de los siglos el hombre fue creando jurisdicciones, repartimientos de tierras, concejos, límites de pesca, y diversas formas de organizarlo, y dejaron palabras, apellidos y nombres de lugares.
Por el Campo de Cartagena se movían pastores y rebaños; crecían cereales, olivos, almendros y algarrobos; se cultivaban habas, melones, pimientos, tomates y tantos otros alimentos que, con el tiempo, terminarían también formando parte de nuestra mesa.
En el Campo de Cartagena, el viento movía las velas de cientos de molinos que molían grano y sal, machacaban esparto o extraían agua como El Pasico, El Jimenado, el Maestre, Quintín, Valladolises, Saladillo, Zabala… el viento iba recorriendo el campo sin preocuparse de líneas divisorias, y hubo también almazaras y molinos de aceite de tracción animal como La Carrasca en Fuente Álamo.
Y la palabra. Porque no nos hemos limitado a vivir en este paisaje, hemos necesitado nombrarlo
Y ese mismo viento que hinchaba las velas de los molinos en tierra lo hacía también sobre las velas de los barcos de su costa.
Hubo pescadores y salineros, barcos que llegaban y que partían, y hasta las incursiones berberiscas dejaron su huella en la necesidad de defender y vigilar la costa. Se levantaron torres desde las que observar el horizonte y avisar cuando era necesario.
Mientras tanto, tierra adentro y junto a los pequeños núcleos de población, fueron apareciendo ermitas, lugares de culto, encuentro, fiesta y romería, como San Ginés de la Jara, en el Rincón de San Ginés, muy próximo a la sierra de La Unión.
Las ermitas miraban al cielo, las torres vigilaban el horizonte y, mucho después, los faros iluminarían la costa para guiar a quienes navegaban.
Hasta los nombres de algunos lugares conservan memoria del agua. Palos, en Cabo de Palos, procede del latín palus (laguna), relacionado con las aguas del Mar Menor, donde hoy hay un faro.
De aquellas aguas nació el Caldero, que hoy se cocina de maneras diferentes, y hay diversa variedad en su gastronomía, como las flores, las migas, los guisos de legumbres, las habas, el conejo, los productos de la matanza, los embutidos, los dulces… y cada familia añade algo suyo a una tradición compartida.
Los caminos del Campo de Cartagena fueron recorridos a pie, a lomos de animales o en carros. Algunos seguían rutas antiquísimas. Y llegaron las carreteras, los raíles del tren de Madrid (cuando estaba), cambiando las distancias y las vidas; y llegaron las aguas del Taibilla.
Si estudias bien el territorio, te encontrarás lugares aquí y allá, por todo el Campo de Cartagena, lugares que, pareciendo distintos, guardan las mismas similitudes. Cambias de pueblo, de familia, de gentes, pero sigues reconociendo el paisaje.
Fuente Álamo, Campo Nubla, Pozo Estrecho, La Palma, El Albujón, Miranda, Tallante, El Algar… allí encuentras agricultura y ganadería, molinos, aljibes y casas dispersas.
Hacia el Mar Menor Los Alcázares, San Javier, San Pedro del Pinatar, las salinas, las antiguas pesquerías…
Y hacia el norte, Torre Pacheco, Corvera, La Murta, Valladolises, Lobosillo, Los Martínez del Puerto, Gea y Truyols, Avileses, Sucina… allí vuelven a aparecer casas de labor, haciendas, molinos, balsas, aljibes, ermitas, cultivos y caminos.
Desde el cielo no se ven las líneas, la realidad es un solo paisaje que desde arriba no marca diferencias, porque la composición de la tierra no cambia al atravesarla, una rambla no se detiene en el final de un término municipal, el agua sigue fluyendo y el viento no da media vuelta. Una cosa es quién administra una tierra y otra, la naturaleza de la tierra administrada, y el Campo de Cartagena es un territorio común a diversas divisiones territoriales.
Uno puede ser de cualquiera de los pueblos del Campo de Cartagena y sentirse profundamente del suyo. Reconocer el Campo de Cartagena no le quita a nadie su pueblo, su ciudad, sus recuerdos ni su manera de sentirse de un lugar. No resta, sino que suma, y esa es la manera más amable de mirarnos.
Después de recorrer tantos siglos, resulta curioso comprobar que casi todo estaba ahí desde el principio: tierra, agua, aire y fuego.
Y la palabra.
Porque no nos hemos limitado a vivir en este paisaje, hemos necesitado nombrarlo.
Lo nombraron quienes lo habitaron, y lo seguimos nombrando nosotros como lo que es: el Campo de Cartagena.
Mariló García @Mariloliana
Presidenta de la Asociación Cultural Gastronómica APTCT.