Hay algo que debería preocuparnos más allá de quién ganó o perdió el último enfrentamiento político en el Ayuntamiento de Cartagena: el tono del debate institucional se está deteriorando.
El Pleno del pasado 1 de octubre volvió a mostrarlo. Lo que debería haber sido una discusión sobre las ordenanzas fiscales, la situación económica municipal y la gestión del Ayuntamiento terminó convertido, por momentos, en un intercambio de ataques personales, reproches y descalificaciones.
Y esto no es una anécdota.
Estamos empezando a acostumbrarnos a que en el Pleno municipal se utilicen las mismas formas que llevamos años viendo en la política nacional: convertir al adversario en enemigo, buscar su descrédito personal, sacar a relucir su pasado, sus circunstancias o sus relaciones políticas y sustituir el argumento por la descalificación.
Cartagena no debería asumir como normal esa manera de hacer política.
La política se ha convertido muchas veces en una competición para ver quién consigue la frase más hiriente, el ataque más contundente o el titular más llamativo.
Durante años hemos asistido en España a una progresiva degradación del debate político. La política se ha convertido muchas veces en una competición para ver quién consigue la frase más hiriente, el ataque más contundente o el titular más llamativo.
Y parece que esa dinámica ha terminado llegando también al Ayuntamiento.
En el último Pleno hubo expresiones especialmente duras. El portavoz de MC, Jesús Giménez Gallo, utilizó términos como "inútiles" y "sinvergüenzas", mientras cuestionaba actuaciones y trayectorias personales de miembros del Gobierno. La alcaldesa Noelia Arroyo le llamó al orden en dos ocasiones. Pero cuando intervino el concejal de Hacienda, Ignacio Jáudenes, el debate tampoco permaneció exclusivamente en el terreno político: respondió con referencias a la situación judicial de Giménez Gallo, a su mentor político e incluso a su comportamiento personal.
Aquí está precisamente el problema.
No basta con denunciar el insulto cuando viene del adversario y responder con otro ataque cuando nos toca contestar.
Si ese es el nuevo código de conducta, todos terminan perdiendo.
El Gobierno municipal, formado por PP y apoyado por Vox, tiene una responsabilidad especial porque dispone de la mayoría y porque sus representantes ocupan las principales posiciones de poder institucional.
Y en los últimos meses se percibe una creciente dureza en su respuesta a las críticas de la oposición.
Vox, además, ha hecho de la confrontación política una de sus principales señas de identidad también en el ámbito nacional. En este último Pleno, por ejemplo, su portavoz avaló las ordenanzas fiscales "por coherencia" con el acuerdo de gobernabilidad, pero lanzó al PP un ultimátum de 14 días para presentar los Presupuestos.
El PP, por su parte, parece haber asumido progresivamente algunas de esas formas de confrontación: responder a la crítica política con la descalificación del adversario y llevar el debate hacia su trayectoria o sus circunstancias personales.
Pero sería un error convertir esto en una defensa de la oposición.
MC también cruzó líneas que no deberían cruzarse. Las críticas a la gestión pueden ser durísimas; se puede acusar al Gobierno de equivocarse, de gestionar mal o de tomar decisiones perjudiciales. Pero cuando se entra en insultos, alusiones personales o deseos de que determinados responsables terminen en prisión, el debate abandona inevitablemente el terreno político.
La crítica no pierde fuerza por ser respetuosa. Al contrario: gana credibilidad.
¿Quién gana cuando todos se insultan? Esta debería ser la pregunta.
Porque mientras PP, Vox, MC y el resto de grupos intercambian acusaciones, los problemas siguen ahí.
El mismo Pleno ofreció la demostración de que otra política es posible. Policías locales y bomberos consiguieron el respaldo unánime de toda la Corporación para avanzar en unas jornadas laborales diferenciadas"
Los vecinos de los barrios no tienen mejores servicios porque un concejal haya conseguido ridiculizar a otro. Las listas de espera municipales no desaparecen porque alguien haya pronunciado una frase brillante. La vivienda no se soluciona con un ataque personal. Y la situación económica del Ayuntamiento no mejora porque el Pleno termine convertido en una batalla dialéctica.
Lo ocurrido con las ordenanzas fiscales es significativo.
Había un debate político perfectamente legítimo: el Gobierno sostiene que ha congelado impuestos y tasas para 2027 y defiende su política de bonificaciones; la oposición sostiene que se mantienen incrementos fiscales anteriores y cuestiona la política económica municipal. Son posiciones políticas distintas y ambas pueden defenderse con cifras y argumentos.
Eso es precisamente la política. Lo demás es ruido.
Paradójicamente, el mismo Pleno ofreció la demostración de que otra política es posible.
Policías locales y bomberos consiguieron el respaldo unánime de toda la Corporación para avanzar en unas jornadas laborales diferenciadas. También hubo unanimidad en otras iniciativas municipales.
Es decir: cuando quieren, se ponen de acuerdo.
Y quizá esa sea la lección más importante.
No hace falta que PP y PSOE piensen igual. Ni que Vox y MC compartan planteamientos. Ni que el Gobierno renuncie a defender su gestión. Ni que la oposición deje de ejercer su función de control.
Lo que hace falta es recuperar una frontera básica: el adversario político no es un enemigo personal.
Un Pleno municipal no es Twitter/X. No es una tertulia televisiva. No es un mitin. No es un vídeo de campaña diseñado para conseguir miles de reproducciones.
Es la institución democrática en la que se representa a los ciudadanos.
Y quienes ocupan esos escaños deberían entender que cada insulto, cada descalificación y cada ataque personal no solo afecta al concejal que lo recibe.
Deteriora la institución que todos representan.
Cartagena no necesita importar esa política de trincheras. Necesita exactamente lo contrario"
Por eso resulta especialmente preocupante que las formas de la política nacional estén empezando a convertirse en el patrón de comportamiento municipal.
Cartagena no necesita importar esa política de trincheras. Necesita exactamente lo contrario.
Necesita un Gobierno capaz de aceptar la crítica sin convertir al crítico en enemigo. Necesita una oposición capaz de denunciar sin insultar. Necesita concejales capaces de defender sus posiciones sin recurrir a la vida personal del adversario.
Y necesita, sobre todo, que el ciudadano pueda volver a mirar un Pleno y encontrar allí algo más que una sucesión de enfrentamientos.
Porque la política municipal debería ser la más cercana, la más útil y, quizá por eso mismo, la más responsable.
Que el Pleno de Cartagena se parezca cada vez más al Congreso de los Diputados no debería ser motivo de orgullo para nadie.
Debería ser una señal de alarma.
Porque cuando la política deja de discutir sobre cómo mejorar la ciudad y empieza a competir por quién consigue humillar más al contrario, la democracia no gana.
Gana el espectáculo. Y pierde Cartagena.
Jerónimo V. Navarro
Exmiembro de la Ejecutiva de Sí Cartagena