Opinión

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El gato en la talega

Cuando el ADN dejó de ser ciencia ficción

"Hace poco más de veinte años secuenciar un genoma humano completo costaba más de mil millones de dólares y requería años de trabajo. Hoy puede hacerse en horas, de forma precisa y a gran escala"

Publicado: 21/05/2026 · 06:00
Actualizado: 21/05/2026 · 06:00
  • Jurado del Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2026, en Oviedo.
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¡Aleluya! El Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica ha reconocido a David Klenerman, Shankar Balasubramanian y Pascal Mayer, pioneros de las tecnologías de secuenciación masiva de ADN.

Lo vi en las noticias mientras leía una frase del jurado que definía el logro como “una herramienta genética de uso cotidiano”. De una magnitud difícilmente comprensible, pensé mientras sonreía. Tuve también esa sensación extraña que a veces nos pasa a quienes trabajamos en ciencia cuando premian algo que utilizas en tu trabajo, sin detenerte ya a pensar que hace apenas unas décadas habría parecido ciencia ficción.

Para muchas personas hablar de plataformas de secuenciación suena técnico, casi futurista, y alejado de la vida cotidiana. Sin embargo, pocas tecnologías han cambiado tanto nuestra manera de investigar y de comprender la vida como esta. Podría parecer una noticia más de ciencia internacional, incluso quedar eclipsada frente a premios de áreas más reconocibles para el gran público. Pero en realidad hablamos de un premio que reconoce un cambio de era.

 

Durante mucho tiempo avanzábamos casi a oscuras, letra a letra, con paciencia infinita. Y hoy tenemos bibliotecas enteras iluminadas"

 

Hace poco más de veinte años secuenciar un genoma humano completo costaba más de mil millones de dólares y requería años de trabajo. Hoy puede hacerse en horas, de forma precisa y a gran escala. Tampoco es solo una cuestión de velocidad o dinero, sino de que hemos cambiado radicalmente nuestra capacidad para acceder a la información genética y traducirla en conocimiento biológico. En investigación solemos decir que el ADN es el libro de instrucciones de un organismo. Pero nadie puede leer un libro sin luz. Durante mucho tiempo avanzábamos casi a oscuras, letra a letra, con paciencia infinita. Y hoy tenemos bibliotecas enteras iluminadas.

La secuenciación masiva, junto a la bioinformática, la capacidad computacional y el análisis de datos, permiten leer millones de fragmentos simultáneamente. Este hecho ya está transformando nuestra vida cotidiana, seamos o no conscientes. La encontramos en los hospitales buscando mutaciones responsables de enfermedades raras. En los diagnósticos personalizados del cáncer. En la vigilancia epidemiológica que permitió seguir variantes virales durante la pandemia. Está en la agricultura, convirtiendo datos en decisiones. En el estudio de microorganismos, de patógenos vegetales, de adaptación de cultivos al cambio climático o de conservación de ecosistemas.

Los tres premiados representan esta ciencia contemporánea que funciona en red. No son el clásico equipo cerrado de laboratorio, sino trayectorias que terminaron convergiendo en un salto tecnológico común. Klenerman y Balasubramanian comenzaron a desarrollar muchas de estas ideas en Cambridge en los años noventa. Es casi poético saber que muchas de aquellas conversaciones ocurrieron en pubs porque los despachos se quedaban pequeños. La tecnología que hoy domina gran parte de la secuenciación mundial empezó entre pintas, discusiones científicas y una enorme curiosidad intelectual. Después llegarían las patentes, las empresas biotecnológicas y la transferencia tecnológica. Y ahí conecta también Pascal Mayer, desde Francia, contribuyendo con desarrollos fundamentales para la secuenciación masiva paralela.

Este premio reconoce no sólo a la ciencia académica, sino la capacidad humana de convertir conocimiento en una tecnología útil y global. El progreso científico no es completamente individual. Lo sostienen comunidades enteras de investigación: personal técnico, estudiantes, especialistas en bioinformática, grupos de trabajo y laboratorios conectados compartiendo datos, herramientas y preguntas. Aunque pueda parecer que la ciencia se construye a partir de una colección de descubrimientos espectaculares, quienes investigamos sabemos que casi nunca funciona así. La mayor parte del tiempo son ordenadores procesando datos, cafés fríos, reuniones improvisadas y artículos abiertos en veinte pestañas. Hipótesis que no salen. Resultados que obligan a empezar otra vez. Y un día cualquiera, una pequeña señal abre una puerta enorme. 

Las tecnologías de secuenciación cambiaron precisamente esto porque ampliaron de forma brutal las preguntas que podíamos hacernos. De repente, ya no estudiábamos un gen, sino miles. Después poblaciones completas, poblaciones completas y comunidades ecológicas invisibles. Cambió la escala de la biología. Y también cambió el perfil de quienes investigamos. También es estadística, programación, servidores y colaboración internacional. La biología molecular se parece cada vez más a un cruce entre laboratorio y centro de datos. Por eso este premio tiene algo especialmente simbólico: reconoce una tecnología que democratizó el acceso a la información genética. 

 

El galardón premia una infraestructura tecnológica de conocimiento que ha cambiado toda la biología contemporánea"

 

Democratizar el conocimiento no significa que la ciencia deje de ser frágil. Detrás de cada avance científico existen investigadores jóvenes encadenando becas, personal técnico sosteniendo laboratorios con recursos limitados y equipos que siguen adelante más por convicción que por estabilidad. La ciencia no avanza únicamente gracias al talento excepcional. Avanza porque existen estructuras capaces de sostenerlo durante años. Y eso requiere inversión, visión política y una sociedad que entienda que financiar ciencia no es un lujo. Es una estrategia de futuro.

Los Premios Princesa de Asturias son también una forma de explicar qué entendemos como excelencia. Y este galardón dice mucho de una mirada moderna sobre la ciencia. Porque no premia únicamente un descubrimiento médico visible o un avance fácilmente reconocible. Premia una infraestructura tecnológica de conocimiento que ha cambiado toda la biología contemporánea. En España todavía tendemos a percibir este tipo de ciencia como algo lejano o propio de otros países. Admiramos más la ciencia cuando tiene un relato médico o humanista reconocible. Sin embargo, gran parte del liderazgo científico, sanitario, agrícola y económico del siglo XXI se está jugando precisamente en los datos, la bioinformática, la secuenciación y la capacidad de interpretar información biológica a gran escala. 

Esta transformación también pasa por nuestros centros de investigación, nuestras universidades y nuestros estudiantes. Por pequeños grupos que trabajan desde la Región de Murcia conectados con redes científicas globales. Hoy en día, una secuencia obtenida en un laboratorio local puede acabar formando parte de un análisis mundial. Porque detrás de una tecnología aparentemente compleja sigue existiendo algo profundamente humano, que nos une y motiva. Es el deseo de comprender mejor la vida.

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