Opinión

Tribuna política

Cartagena vuelve a rebelarse

"El reto es mayúsculo: Giménez Gallo necesita darse a conocer para salir de la alargada sombra de su predecesor que le pone palos en las ruedas y sobre todo necesita justificar con precisión quirúrgica el sentido de este movimiento a final de legislatura"

  • Juan Pedro Torralba, Jesús Giménez Gallo y Manolo Torres.
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Algo cambió en 2015 en la capital legislativa de la Región de Murcia. Ese año, la mayoría de cartageneros y cartageneras le dieron la espalda al proyecto político que ofrecía el Partido Popular y apostaron por un cambio. Un cambio de formas y de fondo. De un día a otro la ciudad pasó de un gobierno discreto y acechado por la corrupción a un gobierno que era protagonista en toda España por las declaraciones sobresaltadas y el desprecio a la capital de la Región. El protagonista de aquel terremoto fue Pepe López. Sin embargo, su triunfo no obedeció a una fórmula mágica e irrepetible, sino a la pura eficacia del discurso populista.

La teoría política establece que el populismo puede ser muchas cosas. Ernesto Laclau nos diría de este fenómeno que no es eminentemente negativo. Conectar con lo emocional unificando las demandas sociales bajo una simple dicotomía hace que personas que nunca han votado lo hagan por primera vez y lo hagan con ilusión. Podemos nos planteó el pueblo contra la casta, Vox los españoles contra los de fuera, y Movimiento Ciudadano construyó su tablero sobre el eje Cartagena contra Murcia. Ellos entendieron que la identidad mueve más votos que cualquier plan urbanístico. No voy a entrar en si esta rivalidad es el verdadero origen del estancamiento de la ciudad, pero está claro que hay una parte de la ciudadanía que lo cree. Y hay que escucharla.

Ahora bien, escuchar y representar ese malestar no implica asumir sin más su traducción política en clave identitaria. Las banderas no dan de comer. Existe una parte del relato cartagenerista que se apoya en elementos materiales reales: infrafinanciación, estancamiento demográfico, pero sobre todo el hecho de que demasiadas decisiones administrativas han tendido históricamente a concentrarse en la capital. Ignorar la realidad de una Cartagena decadente frente a una Murcia pujante es estar ciego. Pero convertir la bandera marítima y el odio a Murcia en el único eje de competición es quedarse muy corto. Ahí es donde el malestar deja de ser diagnóstico y pasa a convertirse en estrategia política.

 

Cartagena no se puede gobernar como una sucursal de Murcia"

 

Frente a esta coalición cartagenerista diversa y cohesionada por la animadversión a Murcia como concepto e identidad se encuentra el proyecto político de un PP que no termina de conquistar la mayoría electoral a nivel municipal. Es cierto que desde 2015 han ido mejorando los resultados electorales junto a sus socios, pasando del 41% de PP - Vox - Ciudadanos en 2015 y 2019 al 48% de los votos en 2023. Es casi una mayoría, está claro. Sin embargo, si comparamos los resultados del mismo bloque en la ciudad de Murcia en las municipales del 2023 nos damos cuenta de que obtuvieron el 66% de los votos.

Estos casi 20 puntos de diferencia de apoyo electoral entre ambas ciudades evidencian la maniobra de fondo de las derechas nacionales en la Región. Saben perfectamente que Cartagena vota alineada con el resto de la comunidad en las elecciones generales y autonómicas, pero que se rebela en las municipales. Por eso su estrategia es desactivar este clivaje Cartagena/Murcia para recuperar el gobierno local y de paso taponar el crecimiento de una nueva opción política cartagenerista y plural en el ámbito autonómico.

No es extraño que a la señora Arroyo le tiemble la voz al dar declaraciones por primera vez sobre la moción de censura en Cartagena. Pensaba que el partido ya estaba ganado, que la ciudad le iba a regalar la mayoría absoluta en 2027 gracias a su buen equipo de comunicación, un Vox que se descompone en cada legislatura, y a un clima electoral nacional muy favorable al PP. Una victoria que también parecía asegurada, en gran parte, gracias a la labor de una oposición mediocre y que se ha pasado la mitad de la legislatura en peleas internas.

Pero la realidad supera a la ficción y no hay imagen más simbólica de esta crisis que una alcaldesa ausente mientras Cartagena discutía su propio gobierno el pasado martes. El mismo día que la oposición planteaba la moción de censura ella se encontraba en Murcia dando una rueda de prensa. El PP de Cartagena no ha entendido –o no ha querido entender– que si quiere volver a las aplastantes mayorías absolutas necesita reivindicar la identidad política de nuestra ciudad sin tapujos. Cartagena no se puede gobernar como una sucursal de Murcia.

Si la moción de censura sale adelante y el gobierno del señor Giménez Gallo rescata con habilidad el cartagenerismo insumiso y populista como bien supo hacer su predecesor, algo me dice que las siguientes elecciones traerán sorpresas. El reto es mayúsculo: Giménez Gallo necesita primero darse a conocer para salir de la alargada sombra de su predecesor que hoy le pone palos en las ruedas. Para hacerlo debe rescatar el ADN inconformista frente a San Esteban, a la vez que demuestra gestión y solvencia. Pero sobre todo necesita justificar con precisión quirúrgica el sentido de este movimiento a final de legislatura, convenciendo de que no se trata de un mero reparto de sillones, sino de un acto de rescate institucional para poner en marcha una ciudad que se siente estancada.

La tarea, sin embargo, no es única del señor Gallo. Pasa también por un PSOE que sepa explicar la utilidad de su apoyo a MC y que logre blindarse de un "sanchismo" que en esta Región opera como un lastre inevitable. Y pasa, por supuesto, por una izquierda alternativa que logre ponerse de acuerdo para no tirar los votos a la basura en las próximas elecciones. Mi espacio político no olvida que, de habernos presentado unidos hace tres años, habríamos alcanzado los 5.000 votos necesarios para lograr un edil. Hoy, la señora Arroyo estaría en la oposición y Cartagena se habría ahorrado esta moción de censura.

 

Pablo Sáez

Juventud Verde

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