Si con la muerte de mi buen amigo Pepe Ballesta seguimos “tocados”, ni me hago una idea de cómo andará en estos días Pepe Guillén: ¡Ánimo, Pepe!
Hay personas cuyo paso por la vida dejan huellas tan profundas que el tiempo no consigue borrarlas. Personas cuya presencia no se han limitado a ocupar un cargo, asumir una responsabilidad o protagonizar una etapa histórica, sino que consiguen algo más difícil y más valioso: sembrar memoria, ejemplo y gratitud. Nuestro querido alcalde ha traspasado dichas barreras junto a su exquisita sombra de mi buen antiguo alumno Pepe Guillén.
Hoy, al recordar a Ballesta, no lo hago desde la nostalgia ni desde el protocolo del reconocimiento público. Me quedaría corto. El agradecimiento sincero, la admiración humana y la convicción profunda de que su vida ha sido un testimonio de entrega, coherencia y servicio han sido las buenas hijas de lo que es saber “querer” a una tierra, a cada uno de los que hemos pasado por su lado. Su formación familiar, los amigos con los que se rodeaba y el ejemplo de padre de familia lo dicen todo.
Detrás del cargo público existía un hombre de convicciones profundas. Su coherencia de vida ha sido el sustrato, el humus con base sólida para que 'lo exterior' brillase"
Su paso entre nosotros ha quedado escrito en las calles de nuestra ciudad, en las instituciones, en las grandes decisiones y en los diversos proyectos. Hay legados que no se pueden medir en obras materiales y, aquí, mi amigo Pepe era un “hacha”; más bien podríamos hablar de su capacidad de transformar vidas y despertar profunda confianza. Su cara, su sonrisa, lo decían todo. Sin embargo, quienes pudimos conocerlo más de cerca coincidimos en que había algo más importante: detrás del cargo público existía un hombre de convicciones profundas. Su coherencia de vida ha sido el sustrato, el humus con base sólida para que “lo exterior” brillase.
Algunos tenemos claro que nadie puede ofrecer algo que no se cultiva dentro. Y él supo construir una vida familiar sólida, basada en principios, afecto y responsabilidad. Observar a su familia lo dice todo y, sería incompleto si dejáramos a un lado su dimensión espiritual, que de ello sabe su buen mentor universitario venido de Navarra y su estimado amigo D. Alfredo. Su fe estaba presente en sus decisiones, en sus prioridades y en su forma de tratar a las personas. No era una espiritualidad distante ni encerada en sí misma. Era una fe encarnada en la vida cotidiana, hecha servicio, paciencia, responsabilidad y alegría. Los que estuvieron cerca de él saben que también poseía una alegría especial, una capacidad de transmitir ánimo incluso en momentos difíciles. No era una alegría superficial, sino la serenidad de quien vive en convicciones que van más allá de lo que muchos creen.
La preocupación constante por su formación era llamativa. Entendería en algo grado que el futuro de una ciudad y de su sociedad dependía de la calidad humana, intelectual y espiritual de sus familias y de sus jóvenes. Su apuesta formativa dejaría huella, especialmente entre quienes comenzaban su etapa universitaria y encontraban orientación, acompañamiento y exigencia para construir una vida con sentido.
Creía en la educación no solamente como acumulación de conocimientos, sino como formación integral de la persona. Sabía que una comunidad fuerte necesita familias sólidas, personas responsables y jóvenes capaces de afrontar el futuro con principios firmes y espíritu de servicio.
Toda vida deja una herencia. Algunas desaparecen rápidamente con el paso del tiempo. Otras, en cambio, permanecen porque están hechas de verdad, entrega y amor. La suya pertenece a estas últimas.
Quedarnos con que Pepe Ballesta ha sido el gran alcalde de las tradiciones murcianas, que pertenecía a tal peña, juegos florales, etc, etc, es quedarnos bastante cortos. Muy cortos. De ello, Pepe Guillén sabe de sobra.
Alguien me decía hace poco que si hay cielo, Pepe Ballesta está ahí. También así creo se queda corto. Más bien, me alegra por su esposa e hijos que, hoy por hoy, su santidad, sí, su santidad, no queda cuestionada en ningún momento.
¡Échanos una mano, Pepe!