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TRIBUNA LIBRE

Arte, coherencia y Don Fabrizio

Publicado: 25/02/2026 ·06:00
Actualizado: 25/02/2026 · 06:00
  • Museo del Louvre.
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Como muchas otras cosas, la expresión artística aparece en la vida cotidiana de una urbe tras la Revolución francesa. La gran galería (hoy en día conocido como Museo del Louvre) fue abierta al público en 1793 y, desde entonces, es habitual que cada medio siglo —más o menos— surja el debate de democratizar el arte o la cultura, o de ambos a la vez más cualquier otro de los elementos que conforman el sector. 

Hoy en día toca. Toca este debate, quiero decir, porque vengo oyendo de manera recurrente cómo se celebra en medios pros o aficionados su existencia. La existencia del debate, me refiero. Dicen —los que buscan democratizar— que van a empezar a separar el arte de las élites, que lo van a descender del pedestal para acercarlo al ciudadano, que desacralizarán las galerías y museos, y que harán más accesible al arte para aquellos que actualmente desearían acercarse y no se atreven.

Dicen, además, que desmantelarán el cubo blanco como espacio expositivo, que reformarán todo museo para convertirlo en centro lúdico polivalente, que concederán al ciudadano un papel más participativo en la programación, que será elemento clave para la adopción de políticas culturales, y que el museo se convertirá en un agente más del cambio —del cambio social, por supuesto—.

Argumentan que el museo que vendrá en el siglo veintiuno no será sino un espacio sostenible, transparente, digital. Un lugar flexible que se adapte al individuo y que fomente ética y cohesión, que devenga ley, derecho y esfera de encuentro, que no se limite a su función de exhibición, que sea origen y finalidad en sí mismo y que se abra —mucho, siempre— y se convierta en ágora que canalice filias, fobias y argumentos de relato posmoderno, que establezca equidistancias que pasaron desapercibidas hasta ahora.

Yo también celebro la existencia del debate. Y lo hago porque la cultura existe para eso, para convertirse en base y narrativa que establezca un vínculo —por convergencia o divergencia— entre pasado y presente —y sólo a veces el futuro—. La cultura exige debate y el debate exige narrativas muy dispares que no necesariamente se confronten pero que alimenten la existencia de un vaivén de ideas.

  • Museo del Louvre. 

Yo también podría hacerme eco del debate. En principio, en apariencia, o aunque mire uno con mayor profundidad, resulta muy difícil no mostrar acuerdo con las líneas que aparecen en el texto de este cambio sustancial de paradigma museístico y cultural, porque defienden —todos lo queremos— que el acervo cultural no sólo represente al individuo sino que esté al alcance habitual del ciudadano y que, en el plano aún más ambicioso, sea este quien decida el contenido que va a ver. Él y todos.

El debate, con independencia de que se materialice o no, conduzca a un nuevo estadio o no, represente una nueva realidad o no, nunca es baladí. Su objetivo es convertirse en alimento de políticas futuras o erigirse en referente de utopías que no cedan al continuo frenesí de novedades o tendencias. Sin embargo, a los debates o al conjunto de argumentos que despliegan, se les pide un elemento clave: la verdad.

Un debate puede ser esquivo o ambicioso, maximal o minimal, positivo, negativo o neutro, superpuesto o enfrentado a la ortodoxia. Un debate adopta muchas caras, defiende muchos principios, consigue influir, determinar o incluso a veces imponer. Sin embargo, hay una línea roja que se aplica a todo tipo de debates y es que exista voluntad real de conseguir un resultado, que resulte verosímil y contenga, por lo tanto, coherencia, universalidad y rigor. 

Democratizar el arte, la cultura o el museo ha sido objetivo cultural desde 1793 y si en algún momento no ha logrado sustanciarse de manera inmediata ha dejado un germen que sería recogido en el debate que se iba a producir años después. Todos ellos fueron resultado de políticas reales que mostraban lo veraz en su trastienda. 

Sin embargo, la impresión que obtengo del debate de hoy en día es la contraria. No porque haya muchos elementos que no puedan sustanciarse, ni tampoco porque otros tantos puedan ser perfectamente realizables hoy en día. El problema se revela en el origen porque falta coherencia, voluntad real de cambio y determinación por alcanzar un resultado. 

Porque en el origen se pretende cercanía al ciudadano y esto significa una mayor accesibilidad, y no veo que el museo haya adaptado su estructura al incremento exponencial de visitantes que la mayoría de ellos sufren, ni que hayan cambiado (para acercarse al visitante) las políticas expositivas, los recintos, el discurso, y que cómo es posible que el museo sea dotado de contenido por el ciudadano y que al mismo tiempo necesite de ese medio para que se produzca el cambio social, porque si es él el que decide el cambio podría materializarlo sin necesidad del museo como herramienta y si el de a pie (no élite) debe cambiar programas deberá poder tener acceso a ese museo y en ocasiones da la impresión de que es justamente lo contrario porque el precio de un museo ya no es friendly, o no lo es en comparación con otros museos y otras rentas per cápita de otros países del mundo, y si el acercamiento al ciudadano de a pie es alejamiento de la élite podría desdeñarse la principal fuente de ingresos de un artista y que haya menos arte y, por lo tanto, ya no exista —o exista en menor medida— esa necesidad de que sea el ciudadano el que decida. O a lo mejor es todo eso lo que se pretende. 

Ya se ha dicho muchas veces, pero nuevamente suena a lo de Don Fabrizio (Il Gatopardo), a esa frase repetida, conocida y muy alejada del ciudadano, del de a pie, por supuesto. Eso o que la coherencia posmoderna incluye un grado muy importante de contradicción, como muchas otras cosas. 

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