16 de agosto, ¡Viva San Roque!

Opinión

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Es el verdadero Patrón de España, por lo abundante y disperso de su veneración por pueblos, aldeas y ermitas de tantos y tantos lugares

Publicado: 16/08/2026 · 06:00
Actualizado: 16/08/2026 · 06:00
  • San Roque.
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MURCIA. San Roque es algo más que un santo de la Iglesia Católica. Es un elemento patrimonial del pueblo español. Y acaso también de otras latitudes europeas. En realidad, es el verdadero Patrón de España, por lo abundante y disperso de su veneración por pueblos, aldeas y ermitas de tantos y tantos lugares.

Hay un San Roque en la ermita de Algezares, felizmente recuperada poco tiempo ha. Pero mi San Roque es el de Alumbres. Les explico. Del 59 al 64, un servidor veraneaba en el Poblado de la Refinería de Petróleos de Escombreras (Repesa). Allí levantó la empresa un magnífico poblado para los obreros, con su economato, su cine, su casino, y demás servicios públicos, sufragados paternalistamente por la empresa, que era, en apariencia, pública. Al llegar Europa, se impuso el derribo del poblado, que atentaba contra la libertad económica. Y lo destruyeron todo, para ampliar la Refinería. Incluso derribaron la preciosa iglesia de planta circular, bellísima y en alto. Escribiré algún día sobre eso.

Bueno, para regentar dicha iglesia se acudió al párroco de Alumbres, población que se encuentra entre Cartagena y La Unión. Repesa se encontraba al sur de Alumbres, casi lindando con la mar. Bueno, pues el Santo Patrón de Alumbres era San Roque, y el buen cura hizo aprender su himno correspondiente a los aspirantes a monaguillo del nuevo templo. Yo, por chico, no podía acceder a tan importante rango. Pero me aprendí de mis hermanos algo de la letra del himno roqueño: Decía así el fragmento del que me acuerdo: “…él es de Alumbres / patrono excelso / de sus devotos gran protector…”.

Andando el tiempo, recibí un encargo de hacer un cuento sobre perros, y me vino a la cabeza el perro de San Roque. Desde hace unos años, le cumplo la promesa al santo de dar a las redes, de nuevo, este cuento, que es, de las cosas escritas por un servidor, una de las más leída. Ahí va:

 

“Melampo, Señor. Mi perro se llamaba Melampo. Yo soy Roque de Montpellier, hijo del Virrey de Aragón. Tú lo sabes bien. Su amo, el amo de Melampo, Gottardo Pallastrelli, le había puesto ese nombre griego. Era el de un adivino al que Tú, Señor, le habías concedido el don inigualable de conocer el lenguaje de los pájaros. Pero no era mi perro. Era de Pallastrelli. Cuando caí enfermo de la peste bubónica, entre Rímini y Piacenza, decidí buscar una cueva y dejarme morir allí, antes de contagiar a hermano alguno. Un día me descubrió Melampo. Lamió las llagas de los muslos míos, ya abiertas las bubas, casi sangrando. Y sanaron al pronto. Al día siguiente, se presentó con una rosca de pan. La comí. Lo mismo hizo en adelante. Una de las veces, se presentó tras él Pallastrelli. Me reconoció como el occitano sanador que había curado a un Cardenal y a otras muchas gentes, y que había enterrado, sin temor al contagio a tanto ser humano como finaba por entonces.

         Pero ya Tú sabes esto, Señor. Cuando salí de la casa de mi benefactor, ya sanado del todo, Melampo no se quiso venir conmigo. Era fiel a su amo. Y cuando hube de morir por voluntad tuya, ya él, Melampo, debía de haber muerto, pues era viejo, y los canes no viven sino una cuarta parte que los humanos. En la cárcel de Anghera eché de menos sus visitas. Mucho de menos. Pero siempre habrá de ser mi perro. En infinidad de iglesias de toda Europa, se halla mi efigie, acompañado de Melampo. Tú pusiste en él, la gracia de la misericordia. Me place que todos me vean junto a tal portento que anuncia tu bondad. San Roque y su perro. Mis llagas, mi bordón y esclavina, peregrino de la Roma de los Papas de aquel siglo XIV, tan pecador…

         Yo sé bien que negativa será tu respuesta, Señor. Pero no puedo dejar de hacerte la petición que te voy a hacer. Acaban de juzgarme tus santos jueces. Han decidido pasar por alto mis muchos pecados y valorar la entrega que a los enfermos hice. Gracias doy por tan inmerecido favor. Pero, antes de entrar en la Contemplación de tu Gloria, quiero pedirte que me aceptes ir en compañía de Melampo, de él, del perro de Gottardo. Bien sé que cenizas serán ya sus pobres huesos. Pero Tú puedes conseguir que se vuelvan a reunir las partículas de amor que lo formaban, y hacer que aquí reaparezca conmigo, y celebremos la fiesta de volver a vernos…

         Temo acabar mi súplica, Señor, pues en siendo cosa terminada, bien conozco tu respuesta. Aun así, se me acaba la palabra y ya se allega el silencio que precederá a tu decisión. Por eso me dilato en mi discurso. Feliz el momento que Tú empleaste para decidir que hubiese amistad entre el hombre y el perro. Gracias te doy por ello, y bien sabes que en esa eternidad que me aguarda, por tu misericordia concedida, no habré de olvidarme de Melampo, criatura amorosa y compasiva, trasunto de tu Misericordia…”

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