MURCIA. La tercera sambenitada que soportamos los murcianos, aun contando con la generalidad del gentilicio, es la de otro refrán. Tras nuestra habla y el "mata al rey y vete a Murcia", es la de otro dicho, que fue sacado de contexto y con uso incorrecto del lenguaje. Este dicho reza: "Gitanos, murcianos y otras gentes de mal vivir".
Su origen es castrense, y procede de la reorganización que se lleva a cabo en el país, para modernizar todo, en el XVIII. La guerra también. Y así, el ejército, que ya no son Los Tercios, pasa por el tamiz de la razón. Bueno, la razón tal y como se entiende en el tiempo. Y así, a los oficiales, ya no sólo se les asciende en el campo de Batalla; además se les da una orientación de vida: oficiales y caballeros, ya saben.
Bien, y de ahí viene la frase. A los alféreces, oficiales mínimos, se les exige que no se traten con “murcianos, gitanos y otras gentes de mal vivir”. El redactor de la ordenanza se lució. Sin duda quiso decir “murcios”, que no murcianos. Murcio viene del latín: mur caecus, que quiere decir ratón ciego. Así se les llamaba a los murciélagos, a los cuales se les suponía la ceguera, pues se ignoraba su capacidad de guiarse por los sonidos que chocaban con sus alas desplegadas (rádar natural). El murciélago, pues, era como el ladrón sigiloso, al que nadie detecta. Y de mur caecus se pasó a murcio, que es como la palabra llegó al Siglo de Oro español: murcio=ladrón. Pero, al redactor de las Ordenanzas Militares, le pareció que eso de Murcio no podía ser sino error, y que lo que iba a entender todo el mundo era “murciano”. Con su tripleta de alusiones injuriaba a Murcia, al Mundo Gitano y a las desahuciadas gentes del “mal vivir”.
Murciano es gentilicio de Murcia, topónimo que deriva de la deidad latina Myrtia, con que los romanos venidos desde Cartagena, el mismo año que la tomó Escipión, bautizaron la explotación de venta del camino que había en el cruce Elche-Lorca con Complutum-Cartagena. Un cruce afortunado de viajeros, mercancía y ejércitos, que daba lustre al lugar.
Que la palabra “murcio” ya era rara avis, cuando Cervantes, se contempla en las primeras páginas de Rinconete y Cortadillo, cuando el enviado de Monipodio les preguntas a los neófitos ladronzuelos que están actuando en su terreno:
—Díganme, señores galanes: ¿voacedes son de mala entrada, o no?
—No entendemos esa razón, señor galán respondió Rincón.
—¿Qué no entrevan, señores murcios? respondió el otro.
—Ni somos de Teba ni de Murcia -dijo Cortado- Si otra cosa quiere, dígala; si no, váyase con Dios.
—¿No lo entienden? —dijo el mozo—, pues yo se lo daré a entender, y a beber, con una cuchara de plata; quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Mas no sé para qué les pregunto esto, pues sé ya que lo son; más, díganme: ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?
Y sigue la novela. Murcio es ladrón y es vocablo emparentado con murciélago. Y nada tiene que ver con murciano, salvo en la desinformada mente del redactor castrense del XVIII: Pero ha cundido, que es lo peor.
Y, eso: ni nuestra habla es despreciable, ni somos tierra de asesinos de reyes, ni somos -los gitanos tampoco- gentes de mal vivir. Venga, pueblo español, a estudiar esto. Sólo sirve sacar Matrícula de Honor. Vale.