MURCIA. Los castellanos, en general, sienten al acento murciano como erróneo. Y eso cuando menos. Todavía hay cómicos de tres al cuarto que siguen haciendo imitaciones burdas de nuestro hablar, para hacer reír desde el principio. Reírse de un acento es políticamente incorrecto. Todos tenemos “derecho de acento”. Y el español, como todas las lenguas, es una constelación de normas, de todo tipo, desde fonéticas hasta morfosintácticas o semánticas. Por encima de todas ellas, horizontales o verticales (territoriales o de jerga) se halla el Sistema que a todos nos ampara, y que permite entendernos a todos los hablantes de este idioma en el que escribo, tanto en España, como en Hispanoamérica.
Creer que la norma de uso en un territorio es la canónica es proclamar la propia y más absoluta ignorancia de Sociología Lingüística, ciencia que conoce la Historia de la Lengua, y su expansión. Toda expansión comporta cambios. Es como al cruzar fronteras: hay que adecuar la ropa que llevamos al nuevo clima. Y no tratar de convencer a los habitantes del nuevo país, a guardar nuestras propias costumbres vestimentales. Haber nacido en el territorio donde se forjó la lengua, siempre acotable, y nunca permanente, no autoriza a erigirse como depositario de las esencias fonéticas de la lengua que hablamos todos, con diversidades debidas a los substratos lingüísticos y a la deriva obligada, acaso, por centurias de aislamiento.
Podíamos suponer que la risa y el desprecio, contenidos o no, que, del hablar murciano tienen en ambas mesetas, son debidas a rasgos inherentes de notoria decadencia nuestra en el hablar. Pero no es así. Hablamos como hablamos en Murcia porque la Historia lo ha querido tal y como es. Investiguen filólogos. Insistir en calificar a lo murciano hablado como regresivo, risible o escasamente culto es una suerte de racismo lingüístico, tan abominable como el debido al color de la piel o los rasgos racializados. Es una supremacía basada en la ignorancia.
Creer que es motivo justo de jolgorio el cambio de la “s” final por la vocal larga (y algo más, por ahora no analizado), es tener que aceptar, también, que la incapacidad de los mesetarios de pronunciar la 'd' final de Madrid o Valladolid -cambiándola por una estridente e intrusa 'z'- es también risible. Ninguna de las dos variantes ha de producir hilaridad.
Igual que se prohibieron chistes sobre andaluces vagos, aragoneses cazurros, catalanes avaros o gallegos indecisos, debería constar ya en las leyes no escritas –pero de obligado cumplimiento– prohibir reírse de las pronunciaciones. Sin más razón que la verdad lingüística pura, que impone que un idioma que se expande, cambia algo. Creer que ese cambio es error, es como negar que dos y dos son cuatro. Quien lo sostiene es un burro.