Murcia

La casa que brilla en Llano de Brujas: de ser un secadero de embutido de cerdo a un hogar mágico que dialoga con la huerta

Este proyecto de la arquitecta María José Muñoz Mora participó en el festival Open House Murcia

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MURCIA. Cuentan que las noches de luna llena la tierra desprendía un extrano brillo en la pedanía murciana de Llano de Brujas. De hecho, esa es una de las explicaciones que está detrás de su nombre. La realidad, como suele ocurrir, es más prosaica, pero no deja de tener su magia. Y es que "este territorio fue hasta el siglo XVII un almarjal bañado por las aguas del río Segura y la tierra brillaba debido a la naturaleza arcillosa del suelo". Así lo razona la arquitecta María José Muñoz Mora, quien abrió las puertas de El Secadero, su casa en la huerta, dentro del festival de arquitectura Open House Murcia. Durante las visitas, esta profesional murciana explicó detalles tan interesantes como que en el revestimiento de la piscina de la casa, que emula a una alberca tradicional de la huerta, se incorporó pirita, un mineral que brilla, de modo que por la noche, con la luz de la luna, el agua emite pequeños destellos que recuerdan la etimología y la historia del lugar.

Esta es una de las muchas peculiaridades que se pueden encontrar en esta vivienda que tiende al autoconsumo y que ha colonizado una parcela de la que también disfrutan algunos perros y gallinas. La primera es la del origen del lugar. "Esta casa se llama El Secadero porque originalmente fue un antiguo secadero de tripas de cerdo. En la huerta de Murcia eran habituales las matanzas y había una serie de naves dispersas por la huerta donde se llevaban piezas del cerdo para producir longanizas, salchichas y otros embutidos. Esta nave se dedicaba precisamente a esa actividad y por eso el proyecto conserva el nombre", señala María José Muñoz, quien adquirió la parcela en 2015 y en 2016 ya estaba viviendo en ella.

La arquitecta apunta que la intervención consistió en un ejercicio de rehabilitación de un espacio existente. "La nave tiene unos 200 metros cuadrados de planta y está situada dentro de una parcela de aproximadamente 1.200 metros cuadrados vinculada a la huerta. El edificio tiene, además, unos cinco metros de altura, lo que permitía trabajar con un gran volumen interior", señala.

"La estrategia del proyecto fue generar una planta libre vinculada a la parte trasera de la parcela y a la huerta, y, dentro de ese gran volumen, crear otra zona que albergara los espacios más íntimos de la vivienda: dormitorios, baños y núcleos húmedos. Estos espacios ocupan aproximadamente la mitad de la superficie de la casa y se organizan en pequeñas cajas que se insertan dentro de la gran envolvente de la nave, manteniendo la sensación de amplitud del espacio original", detalla la arquitecta, quien destaca que la vivienda plantea "una forma de vida muy vinculada al autoconsumo. Tenemos placas solares, utilizamos agua de riego procedente de las acequias perimetrales de la huerta, tenemos gallinas, perros que andan sueltos por la parcela y cultivamos la huerta que aparece detrás de la casa".

La casa se fusiona con el exterior

  • El Secadero -

Después de casi diez años viviendo allí, la casa ha ido expandiéndose hacia el exterior. "Cuando compré la nave apenas tenía ventanas ni huecos hacia fuera; estas edificaciones estaban pensadas como espacios cerrados que negaban la huerta. En el proyecto inicial ya se planteó una apertura importante hacia el paisaje, pero con el paso del tiempo esa relación se ha ido intensificando y la vivienda ha ido colonizando el exterior hasta generar una permeabilidad total entre interior y paisaje", añade María José Muñoz. Una muestra de ello, añade, es que los porches han sido invadidos por la vegetación y por plantas aromáticas que utilizan para cocinar -tomillo, romero, perejil y otras especies que ya forman parte del paisajismo cotidiano de la casa-, así como la falsa parra que plantaron hace unos años y donde se ha construido una pequeña casa en el árbol.

La vivienda, además, se planteó desde el principio como un espacio flexible y cambiante, según apunta su creadora y propietaria. "Todas las habitaciones están comunicadas entre sí y el uso de cada una de ellas ha ido transformándose con el paso del tiempo. Las estancias de mis hijas, por ejemplo, han ido cambiando según crecían". 

  • El Secadero -

En este sentido, añade que "las piezas de las zonas íntimas tienen aproximadamente tres metros de altura, y hasta la envolvente general de la nave quedan unos dos metros más. Ese espacio superior permitió crear altillos sobre las 'cajitas' donde se ubican los dormitorios y los baños, y durante estos años hemos ido aprovechando esos espacios adicionales". Así, por ejemplo, "en una de las habitaciones hay una escalera prácticamente oculta dentro de la estantería, algo que sorprende mucho a quien visita la casa. Para las niñas es fantástico porque tienen su pequeño rincón en altura, donde suben, juegan y utilizan ese espacio como refugio".

María José Muñoz Mora ha vivido en muchos lugares diferentes -Valencia, Londres, Sri Lanka y en el centro de Murcia-, pero en un momento de su vida sintió la necesidad de "volver un poco al origen y recuperar la relación con la huerta, que siempre ha estado muy presente en mi vida". Y aunque no descarta volver algún día a la ciudad, asegura que en este momento vital, con hijas todavía pequeñas o entrando en la adolescencia, "vivir aquí es fantástico"; un pequeño paraíso donde "la relación con el paisaje, con el exterior y con el ritmo de la huerta forma parte del día a día de la casa".

  • El Secadero -

 

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