MURCIA. En la Murcia de esta primavera del año presente de 2026, coexisten, más que conviven, dos exposiciones, que son como el yin y el yang de la pintura de los postreros tiempos, entendida la frase lo más laxamente posible. En Las Claras asistimos a la muestra 'De Fortuny a Montmartre', y en el Palacio del Almudí, la denominada 'Tras esa montaña hay otra'. Un siglo de diferencia temporal entre ambas muestras. Es el suficiente plazo para que una constituya algo así como una gloriosa defunción, con no menos fastos de funeral: la de Las Claras. Y otra, como el alegre y despreocupado nacimiento de una nueva filosofía del arte pictórico: la del Almudí.
No me cabe duda de que poca gente visitará las dos; y en el mismo día, además. A las viejas generaciones les parecerá el testimonio de una decadencia absoluta la del Almudí. Y, a las nuevas, acaso lo contrario: que aquellos tiempos de figuración, superados están por todas las técnicas modernas de reproducción, amparadas por la IA de nuestros días y pecados.
Al pintor, al que acaso hoy hay que llamar creador gráfico, únicamente le compete su expresión personal, dejar libre al espíritu propio en los mil soportes posibles, y con todas las técnicas, siempre en renovación. Ocurre que, es de considerar que sus creatividades, han nacido absolutamente carentes de objetividad. Y puede suceder que sus creaciones no convenzan, ni satisfagan, a nadie, salvo a ciertos coleccionistas, que saben hacer crecer y crecer el valor de las piezas, mediante pujas mutuas, con la única finalidad de la invisibilidad fiscal. Perder por completo la objetividad en el resultado final tiene eso. El arte moderno, inobjetivo, no puede querer disputar el espacio que el gustador clásico de la pintura de siempre, concedió a las salas de arte, a los museos; por no decir ya a los ámbitos religiosos. Al contemplar una pieza “moderna” hemos de dejar libre a nuestra capacidad empática con aquello que vemos. Y no forzarla en absoluto. Si no funciona, derecho y deber tenemos de pasar a lo siguiente. El espectador burgués no tiene ninguna obligación de convertirse en espectador revolucionario.
En la gran pintura última, desde Fortuny a Pradilla, a Sorolla y todos aquellos creadores clásicos de hace cien años, podemos reconocer el tema, lo cual es un primer punto de empatía. Y, después de ese reconocimiento, hemos de analizar la maestría del creador. Su dominio del dibujo, de la luz, del ambiente, del detalle; de la recreación en el plano de la materia representada. Comparar todo eso con las técnicas de reproducción de la modernidad es equivocarse de pleno. Los pintores figurativos captan, lo quieran o no, algo más que lo que el modelo o el referente muestran. Por supuesto que, en muchos casos, únicamente reproducen. En todo movimiento artístico se dan todos los niveles de capacitación. El talento no se adquiere. Si se tiene, se trabaja; pero no se crea.
En las dos eminentes salas murcianas, el mérito (Las Claras) se opone a la mera creatividad del artista (Almudí). Es bueno ir a ver estas dos realidades del arte pictórico, lo más simultáneamente posible. Y tomar partido. Quizás no de manera rotunda, pero sí suficientemente explícita.