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El Santo Griego del Imafronte (que la Reina Doña Sofía tuvo enfrente)

  • la Reina Sofía el Viernes Santo en Murcia
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MURCIA. La Reina Doña Sofía contempló la procesión de Jesús, el Viernes Santo por la mañana, sentada a las puertas del Palacio Episcopal. Este cronista tenía sillas reservadas casi enfrente de la regia espectadora; pero por motivos no adyacentes al caso, hubo de renunciar a la ocasión. El caso es que Doña Sofía tuvo toda la mañana al Imafronte, casi de frente. Acaso pudieran contarse cincuenta imágenes barrocas, ante ella. Inútil identificar alguna de ellas. Lo que vale de ese macro altar en piedra y al aire libre es su conjunto. Pero, afinando el análisis, acaso sí le hubiera gustado saber que entre la multitud santoral de ese racimo de estatuas, había, hay, un santo griego.

Doña Sofia es española. Pero las dinastías en toda Europa, aún hoy en día, tienen varias patrias. La Reina de España (le va poco lo de Emérita, populus spaniorum dixit) es, todos los sabemos, griega por nacimiento, alemana por raíces familiares y española por corona. Y, por ello, le hubiera gustado saber que, entre todas las estatuas, había, hay, un santo griego. Si alguien se lo dijo, yo no puedo saberlo. Es San Basilio o Basileo. El sucesor de Santiago en la Diócesis de Cartagena.

En el Imafronte hay algunos errores, aunque ninguna mentira. La cristianía de esta tierra se basó más en la leyenda piadosa aceptada, que en el documento guardado en archivo fehaciente. Y, así, el sacerdote jesuita Baltasar Pajarilla, en 1734, en memorable sermón en la Catedral, habló de un Basileo, o Basilio, que acompañó a Santiago cuando éste desembarcó en Santa Lucía. Al partir el Hijo del Trueno hacia la Hispania interior, dejó a este Basileo al cargo de la Iglesia cartaginense.

Todo tiene pinta de invención piadosa antigua. Cuando, supuestamente, Santiago el Mayor parte hacia la Hesperia de entonces: esto es la tierra más al occidente del Mediterráneo, aún no han dirimido San Pedro y San Pablo sobre si se debe predicar a los gentiles, y no sólo a los judíos. O si los gentiles deben hacerse judíos antes, circuncidándose. Por eso es de considerar si Santiago convirtió a este heleno, al que delata su nombre, absolutamente griego, sin esperar decisiones de Pedro o Pablo.

Todo, pues, se halla en la niebla de la fe y de la suposición. Bueno, tenemos el testimonio de la notable monja Sor María de Ágreda, que aseguró, en 1670, sin haber leído nada al respecto, que Santiago el Mayor salió de Haifa, tocó, sin desembarcar en Cerdeña, y ganó la Cartagena de entonces, que no tenía otra ensenada para hacer tierra que la que hoy llamamos de Santa Lucía. Hermoso azulejo memora la ocasión en el entrañable puerto pesquero del levante cartagenero. Nadie viajaba solo en el tiempo. Ni Santiago el Mayor. Para mí, y para muchos, el hijo del Zebedo se acompañaba de Basileo, al que acaso conociera en la misma tierra de Israel, entonces colonia romana. Los griegos, grandes marineros, han estado siempre dispersos por todo el mundo de puertos y de costas.

Pero todas estas cosas no tenían por qué haberle sido contadas a la Reina Doña Sofía. Con decirle que no era la única persona de origen heleno en la plaza, hubiera bastado. Si nadie le dijo de San Basileo, que sea la próxima vez.

 

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