MURCIA. Ya imagino las caras de vinagre al leer mi título. Pero, si añado “cultura popular”, ya será menos el vinagre. Y si termino la faena con “cultura popular de masas”, ya seré aceptado por un porcentaje importante de lectores. Igual ya no hay otras culturas que ésa: la cultura de los conciertos pop en los estadios, la cultura de las fiestas populares, más o menos enraizadas en tradiciones convencionalmente aceptadas. La cultura de museo, libro, arquitectura, recital, etc. tiene el marchamo de arcaica, de callejón sin salida, de clara decadencia inevitable.
Pero, volvamos al futbol. Las semifinales de la Copa de Europa, hoy llamada con cierto anglicismo innecesario, han sido todo un espectáculo. Durante dos horas, millones de televidente en todo el mundo ha sufrido, han gozado, han experimentado ansiedad, han contemplado, esporádicas, verdaderas obras de arte de expresión corporal, semejantes al ballet. El gol de Zidane al Leverkusen, en aquella lejana final europea, y muchos otros que el lector futbolero recordará, son imponentes demostraciones de dominación del cuerpo y de expresión física total.
El fútbol, y el beisbol en Norteamérica, o el rugby en parte de Europa, concitan masas, que van al estadio a experimentar sensaciones, o pasiones. También el tenis, claro. El Arte está hecho para el espíritu, si es verdadero Arte. El fútbol, tan parecido a la guerra estructuralmente, no es un Arte. Pero sí ha logrado estatus de cultura popular de masas. Despreciarlo es estúpido. Ignorarlo también. Nada del hombre me es ajeno, dijo el clásico Terencio. Y el futbol, con los millones de euros y dólares que mueve, y con la gente que concita en las grandes ocasiones, es algo muy humano.
Pero, puestas, así, las cosas, habría que ir limando las excrecencias que, de hecho, ponen en duda, la asignación del concepto cultura al fútbol, y, por extensión, al resto de deportes. Aunque hablemos de cultura popular de masas. Y el espectador es parte del futbol. No sólo los jugadores. Obligar a la caballerosidad de ambos elementos plurales es más que necesario. Urge legislar, sí, legislar, sobre comportamientos execrables que, por ahora, asumen leve pena interna. Igual es hora de someter a la justicia ordinaria los excesos.
Y, acabo: sobran los himnos patrios en los partidos de selecciones nacionales. Su presencia excita a los participantes a comportarse como en una guerra sin armas, o así. Y algunas otras cosas más que harían, en verdad, a los deportes todos, a ser, verdaderamente, cultura popular de masas. Alejarlos del Circo Romano.