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Zancadas sobre Ruedas avanza en el Camino Lebaniego: esfuerzo, emoción y cero barreras hasta Cabañes

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La expedición de Zancadas sobre Ruedas ha superado el ecuador del Camino Lebaniego tras tres jornadas intensas en las que el grupo ha confirmado lo que venía a demostrar desde Cartagena: que la inclusión no se teoriza, se ejecuta.

Primera etapa: dureza desde el primer paso

El 1 de mayo, entre San Vicente de la Barquera y Cades (28,5 km y 300 metros de desnivel), el grupo se encontró con una etapa más exigente de lo esperado.

Tramos técnicos, terreno irregular y necesidad constante de coordinación. Aquí no hay margen para el error: cada avance de las sillas Joëlette exige precisión, fuerza y confianza total en el equipo.

A la expedición -18 personas, seis de ellas usuarias- se sumaron refuerzos clave de asociaciones cántabras como Cumbres al Alba y Arrastrasillas, aportando una tercera silla y experiencia en montaña inclusiva.

El esfuerzo tuvo recompensa: la senda fluvial del río Nansa dejó algunos de los paisajes más impactantes del recorrido.

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Segunda etapa: sorpresa, comunidad y emoción

La jornada del 2 de mayo (Cades - Cícera, 17,5 km y 764 metros de desnivel) arrancó con un falso llano: diez kilómetros de subidas y bajadas constantes que obligaron a trabajar desde el inicio.

El paisaje, siempre con el río acompañando, suavizaba la exigencia. Pero el momento clave llegó en La Fuente, donde se incorporó un grupo de la asociación AMICA. Más manos, más energía, más comunidad. Después, una subida sostenida de cinco kilómetros hasta el Collado de Hoz y una bajada complicada, marcada por el barro.

La jornada no terminó ahí. El grupo subió al mirador de Santa Catalina, frente al desfiladero de La Hermida. Silencio. Lágrimas. Impacto real. La tarde continuó por la Senda Mitológica, entre esculturas de leyendas cántabras, y terminó con una visita a la iglesia de Cícera y una cena de hermandad.

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Tercera etapa: el día más duro

El pasado domingo 3 de mayo llegó la etapa más exigente hasta ahora: Cícera - Cabañes (12,6 km y 924 metros de desnivel).

Pendientes superiores al 10%, tramos resbaladizos por la lluvia y descensos técnicos donde cualquier error se paga caro. El equipo respondió como bloque: empuje coordinado, relevos constantes y apoyo técnico de guías experimentados.

Tras atravesar bosques centenarios y coronar zonas de máxima dureza, el premio fue visual: todo el valle de Liébana abierto ante el grupo. La bajada volvió a poner a prueba la técnica. Después, parada obligada en la iglesia de Santa María de Lebeña, una de las grandes referencias del prerrománico en España.

Aún quedaba un último esfuerzo: 450 metros de desnivel en apenas 4,5 kilómetros para alcanzar Cabañes. Sin reservas. Solo equipo. Más de 50 kilómetros ya recorridos. Pero esa no es la cifra importante.

Lo que está ocurriendo en el Camino Lebaniego es una demostración real de que la accesibilidad en montaña no es una utopía.Y es una idea clara: cero barreras asumidas como inevitables. Ahora queda la última parte del reto.

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