Cartagena

Un partido en guerra consigo mismo: así ha sido la etapa de Vox en Cartagena en las dos últimas legislaturas

  • Sánchez del Álamo, López Pretel, Jorge Buxadé, Diego Salinas y Diego Lorente. Eran otros tiempos en Vox
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No habría que irse demasiado lejos, tan solo cuatro años, para recordar cuando los medios de comunicación nos hacíamos eco de aquel revés que sufría Vox al tener que admitir en el partido a Gonzalo Abad, al que había expulsado un año antes. Formaba parte de un equipo municipal compuesto por él y por Pilar García. Los problemas de convivencia en el partido, en aquel momento en la oposición, se sucedieron durante toda la legislatura, hasta el punto de ser expulsado, readmitido y resituado, para desgracia de su compañera, que finalmente acabó saliendo, casi de puntillas, de la formación y probablemente maldiciendo -esto es cosecha del que escribe- todo aquel vía crucis que le había tocado sufrir durante cuatro años.

Este partido, recién llegado a la política municipal de Cartagena, mostró un gravísimo problema ideológico, de consistencia, de liderazgo y de respeto entre compañeros. Abad y García se marcharon por donde habían venido y, adiós, gracias, que diría Antelo cuando dio carpetazo a aquel equipo y a sus asesores.

Se las prometían mucho más felices cuando promovieron un grupo con nombres más conocidos en el mundo empresarial de Cartagena para la legislatura 2023-2027: un Diego Salinas muy valorado y respetado por su trayectoria en el mundo de la banca; un empresario como Gonzalo López Pretel, que estuvo a punto de empezar en la política, pero en Cehegín; un sindicalista que tonteó con Sí Cartagena antes de escuchar los cantos de sirena de Vox, como Diego Lorente; y una licenciada en Historia que pasaba por allí y vio la oportunidad -¡y qué oportunidad!- de arrimarse al partido a ver qué pasaba.

El viento soplaba a favor -y lo sigue haciendo- para el partido liderado por Santiago Abascal, y en la Región consiguió unos magníficos resultados. Hay que recordar que fue el partido más votado en la Región en las Generales de 2019, hasta el punto de formar Gobierno en la Comunidad Autónoma y en diferentes municipios. En el caso que nos ocupa, Cartagena, en 2023 lograron la nada desdeñable cifra de cuatro concejales, los mismos que un partido histórico que ha gobernado la ciudad durante años, como es el PSOE.

Noelia Arroyo decidió pactar con Vox para tener la mayoría suficiente para gobernar sin sobresaltos, bajo el paraguas del denominado ‘Comprometidos con Cartagena’, un acuerdo de 70 puntos que ha sido como una “Biblia”: abrían, recitaban y cumplían para luego aprobar, sin resquebrajarse, presupuestos, propuestas, PGOU, etc.

Con lo que no contábamos -o probablemente ya se nos había olvidado- es que la cabra tira al monte y, como indicaba unas líneas más arriba, en el partido hay un grave problema ideológico, de consistencia, de liderazgo y de respeto entre compañeros, que ha dinamitado y desmantelado una formación que, recordemos, era en la que Arroyo fundamentaba su estabilidad política durante esta legislatura. Críticas exacerbadas, puñaladas a traición, rencillas personales, negociaciones con la oposición, falta de liderazgo y desconexión total han provocado que el partido haya menguado a la mitad, en un aluvión de acontecimientos y acusaciones a dos o tres bandas que es difícil de explicar en pocas líneas.

Porque, si algo ha caracterizado a Vox en Cartagena, no ha sido tanto su acción de gobierno como su capacidad para mutar: concejales que entran, salen, se van pero se quedan, dimiten pero continúan, abandonan el partido pero no el sillón. Una coreografía política donde las siglas parecen lo de menos y el cargo, lo imprescindible.

En medio de este delicado equilibrio, la alcaldesa ha tenido que ejercer de funambulista. Por un lado, defendiendo que nadie condiciona nada; por otro, gestionando una realidad donde cada semana trae consigo un nuevo episodio de “aquí no pasa nada”, seguido de algo que, efectivamente, sí pasa.

Y así, entre declaraciones cruzadas, desmentidos preventivos y salidas “voluntarias”, Vox ha conseguido algo difícil: ser protagonista constante sin necesidad de una línea política clara. Una presencia basada más en el ruido que en la dirección, más en la tensión que en la gestión.

De cara a las próximas municipales, la situación deja un escenario curioso. Por un lado, el desgaste es evidente; por otro, la capacidad de supervivencia política -propia y ajena- ha quedado más que demostrada. Porque, si algo ha enseñado esta etapa, es que en Cartagena se puede gobernar en minoría, en mayoría o en estado cuántico: estando y no estando al mismo tiempo.

En definitiva, Vox ha sido en estas legislaturas menos un socio de gobierno y más un factor meteorológico: imprevisible, cambiante y siempre presente en la conversación. Y, como con el tiempo, todos dicen que no afecta… hasta que afecta.

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