Durante décadas, entrar en la calle Tierno Galván era encontrarse con una escena casi permanente: coches en doble fila, estudiantes cargados de apuntes, colas saliendo a la calle y el sonido constante de impresoras funcionando sin descanso. En medio de todo aquello estaba Morpi, la copistería que durante casi 40 años ha acompañado la vida académica y cotidiana de Cartagena y que ahora cierra definitivamente sus puertas.
No era un negocio cualquiera. Para generaciones enteras de estudiantes de la Universidad Politécnica de Cartagena, colegios e institutos, Morpi fue una parada obligatoria. Allí se imprimían apuntes, trabajos de última hora, proyectos, oposiciones y encuadernaciones interminables. Durante años, incluso, las fotocopias vinculadas a la UPCT pasaban por sus máquinas.
El alma del negocio ha sido Paco, propietario de una empresa que logró convertirse en toda una institución local. Aunque no solía estar permanentemente de cara al público, quienes conocen la historia de Morpi lo señalan, junto con su socio, como uno de los grandes responsables de que el establecimiento alcanzara ese carácter casi mítico entre estudiantes y vecinos.
Junto a él, dos nombres quedaron grabados en la memoria colectiva de miles de clientes: Víctor y Antonio. Más de veinte años trabajando detrás del mostrador los convirtieron en rostros familiares para media Cartagena. Su cercanía, paciencia y trato amable hicieron que muchos clientes acabaran entrando allí casi como quien visita un lugar de confianza.
La escena de las colas en la puerta forma ya parte de la memoria universitaria de la ciudad. Los coches aparcados en segunda fila eran tan habituales que muchos vecinos recuerdan cómo la Policía Local apenas intervenía porque sabía perfectamente el motivo: la gente estaba en Morpi. En épocas de exámenes, aquello parecía un pequeño hormiguero.
La copistería trabajaba además con asociaciones y daba cobertura constante a estudiantes que acudían prácticamente a diario a imprimir, encuadernar o resolver cualquier urgencia académica. Muchos clientes destacan todavía hoy el nivel de profesionalidad y el cuidado en los acabados.
“He probado varios sitios y aquí la calidad de impresión, el papel o las encuadernaciones eran mejores y duraban más”, explica un antiguo cliente. Otro recuerda un detalle aparentemente simple, pero importante para quienes pasaban horas estudiando: “Podías subrayar con fluorescente y la tinta no se corría”.
Entre las anécdotas que rodean al establecimiento hay incluso historias que rozan la leyenda urbana local. "Grandes profesionales desde hace años, cuentan que Jordi Hurtado hacia sus fotocopias para primaria aquí", dice otro en tono irónico, para dar cuenta del tiempo que llevaban levantando cada día la persiana
El humor universitario también convirtió a Morpi en objeto de bromas cariñosas. Algunos estudiantes la llamaban “la mafia de la reprografía en Cartagena” por la enorme cantidad de apuntes y trabajos que pasaban por sus manos. Pero todos matizan rápidamente lo mismo: detrás había siempre trabajadores amables y profesionales.
Muchos reconocen también que entrar en Morpi era hacerlo en un local detenido en otra época. Las instalaciones apenas habían cambiado en años y conservaban esa estética clásica de negocio tradicional que hoy prácticamente ha desaparecido. Precisamente eso terminó convirtiéndose en parte de su identidad.
En plena era digital, cuando cada vez se imprime menos papel y gran parte del trabajo académico se mueve ya online, Morpi resistió manteniendo una filosofía muy concreta: atención cercana, calidad y respeto absoluto a la legalidad, rechazando reproducir publicaciones protegidas por derechos de autor.
Su cierre supone la desaparición de uno de esos comercios que terminan formando parte de la biografía de una ciudad. Porque para miles de cartageneros, Morpi no fue solo una copistería. Fue el lugar donde se prepararon exámenes, se entregaron proyectos, se imprimieron apuntes imposibles… y donde siempre había alguien dispuesto a ayudarte entre montañas de folios.