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Las ideas de los manifestantes contra Olona

8/10/2022 - 

CARTAGENA. Según informaba Santiago Cabrera, "más de un centenar de personas han increpado a Macarena Olona, exdiputada de Vox, a su llegada a la Universidad de Murcia (UMU) para participar en una ponencia sobre la inconstitucionalidad de los estados de alarma". Instigadas por Podemos y sus aliados, un error frecuente al analizar esas protestas es despacharlas con una defensa de oficio de la libertad de expresión, ocultando las propuestas de sus detractores. Sin embargo, es bastante ilustrativo comentarlas.

Su grito más coreado, "La tumba del fascismo, Murcia será", resultaba equívoco. En efecto, el término "fascista" equivalía, más o menos, a "todo el que me lleve la contraria". Confirmándolo, Iglesias, el fundador de Podemos, ha llamado facha a Pérez Tornero, el expresidente de RTVE próximo al PSC. Pero proclamar "La tumba de los que me lleven la contraria, Murcia será", ¿no sonaría a oponerse a la libertad de expresión?

"Los manifestantes deberían saber que, como dice el saber popular, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio"

Algo de eso puede que hubiese, al menos si nos atenemos a lo declarado por Iglesias en la Facultad de Comunicación en una universidad chilena. A su parecer, "el poder mediático" participa en un proyecto reaccionario en España. Habría un oligopolio que controlaría casi todo lo que la gente lee, oye y ve en España. Escuchándolo, uno diría que son idénticas las líneas editoriales de ABC, El Mundo, El País, Público y La Vanguardia. El Aparecido, por su parte, detecta en esos periódicos un gradiente que va de derecha a izquierda y otro que va de españolismo a separatismo. Tampoco parece verosímil que sean intercambiables los programas de La Sexta, TV5, TV13 y TV3. Y lo mismo cabe decir de las emisoras de la cadena SER, Onda Cero y Cope. Hay grandes y patentes diferencias entre esos canales, lo que facilita poder informarse sin excesivos sesgos.   

Insensible a esas diferencias, Iglesias propone dividir el escenario informativo en tres partes equivalentes: un subsistema público, controlado por los partidos; otro social, en manos de los sindicatos y los activistas; y un tercero en poder de "los millonarios". O sea, dos tercios del sistema en manos de políticos y fuera de las reglas del mercado. Poco que ver con la libertad de información, lo que es coherente con la manía de sus seguidores que no hable nadie en las universidades, desde Rosa Díez a Olona pasando por Arrimadas, que no sea afecto a la causa.

Más preciso, en vez de contra los fascistas, un manifestante gritaba "¡Fuera la derecha de la Universidad!". Eso implicaría expulsar como mínimo a uno de cada cinco miembros de la UM. Como receta contra la masificación, soberbia; desde el punto de vista democrático, dudosa.

Por su parte, Francisco Cortés enriquecía el debate con un párrafo inolvidable: "Con la entrada de capital privado en nuestras universidades, estas se convierten en máquinas de creación de trabajadores que funcionarán como mano de obra cualificada para los intereses empresariales dentro y fuera de la universidad". Ya quisieran los rectores, y las rectoras, que entrase en sus universidades más capital privado, pues se nutren principalmente de los presupuestos públicos, siempre insuficientes. De hecho, Luján y Beatriz están pidiendo a gritos concretar el siguiente programa plurianual de financiación. Para colmo, criticar que las universidades formen profesionales cualificados parece un pelín retrógrado. Es más, algunas universidades, como la UPCT, presumen en su propaganda de la alta empleabilidad de sus egresados.

Pleno de ideas, Cortés defendía una universidad "al servicio por completo de la clase obrera". Ni siquiera se avenía a la modernez de "la clase media trabajadora". Solo le valía la clase obrera. Si su padre tiene una mercería, ni pisar la universidad. Y si es hija de médica, abogada, ingeniera, etc., tampoco. Ideas claras: la universidad pública, al servicio de la clase obrera. La realidad es que la tasa de universitarios de España es superior a las de casi todos los demás países de la Unión Europea. De elitismo, nada.

Mejor orientada, Marta Latorre sostenía que la presencia de Olona era una provocación sin otro objetivo que popularizarla. Posiblemente llevaba razón, pero los que le hicieron el escrache contribuyeron a que lograse su objetivo. Si no lo hubiesen montado, habría hablado ante su auditorio y punto. Ni una portada, ni un telediario. Los manifestantes deberían saber que, como dice el saber popular, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio. Salvo que los que quisiesen popularizarse fuesen los propios organizadores del escrache, la mejor forma de oponerse a Olona habría sido obviarla. O incluso programar otra conferencia para, razonadamente, refutar sus argumentos. A menos que, siguiendo a Carlos Marx, creyesen que la crítica efectiva no busca refutar al adversario, sino aniquilarlo. Pero eso no sería democrático, ¿verdad?

JR Medina Precioso

jrmedinaprecioso@gmail.com

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