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Primavera en la Cámara / OPINIÓN

El pozo de la juventud: la hemorragia que Celaá tampoco sana

20/11/2020 - 

MURCIA. Churchill, De Gaulle, Adenauer, Andreotti, Suárez… ¿Cuántos estrategas y líderes deben indicarnos que, sin consenso, no hay triunfo alguno en una democracia? Parece ser que los ecos de la historia pasan desapercibidos entre los ruidos patanes de La Moncloa, que sufre, por octava vez en apenas cincuenta años, una nueva ley de Educación, cómo no, con una mayoría absoluta que desprecia la luz que arroja un acuerdo consensuado.

"Gobierno y oposición y viceversa están sumidos en una continua pelea de máximas de la que no saldrán hasta que una ciudadanía crítica y capaz les saque de ahí"

La Lomloe, conocida popularmente como la Ley Celaá, no se conforma con sentenciar la educación especial, la educación concertada o la educación castellana, esto es, no tiene suficiente con acabar con la educación, sino que, además, olvida algo fundamental en todo régimen democrático: crear ciudadanos críticos y capaces que desenvuelvan todas sus habilidades en el mundo laboral. Sin embargo, difícil es llegar a esta meta si pasar de curso no precisa de aprobar. Por si no fuera poco, en escasos diez años ya hemos sufrido dos crisis económicas, cuya deuda han pagado y seguirán pagando los mismos que se sienten reflejados en estas líneas que escribo desde la desafección y la frustración.

El milenio comenzó con una tasa de desempleo juvenil del 27,8%; Aznar la dejó en el 22,6% y Zapatero en el 45,6%. Por si no fuera poco, alcanzó su punto más drástico en el primer trimestre de 2013, con un 56,9% que fue descendiendo hasta el final del mandato de Rajoy, quien dejó reflejado el desempleo de los menores de 25 años en el 34,7%. Sin embargo, más allá de los datos que la EPA nos ha mostrado durante años, me temo que esta nueva crisis deja yerma la tierra de la esperanza, alcanzando el 40,5% de desempleo juvenil, y subiendo, lo que se traduce en más de medio millón de jóvenes que no podrán conformar una familia, adquirir un hogar, emanciparse de sus familias y, en definitiva, cumplir sus sueños. Es la tasa más alta de toda la Unión Europea.

¿Tan rocambolesco es reclamar, pues, a un gobierno su imperioso deber de garantizar el futuro a los más vulnerables? A lo largo de las décadas, multitud de estudiosos y líderes mundiales han fortalecido la idea de que la educación es la única arma capaz de cambiar el futuro, pero esos arrumacos oníricos no han llegado a España, ni parece que vayan a hacerlo, pues nuestros gobernantes y nuestros líderes se niegan o, quizás, lo ignoran. No me atrevo a decir qué resulta peor. Gobierno y oposición y viceversa están sumidos en una continua pelea de máximas de la que no saldrán hasta que una ciudadanía crítica y capaz les saque de ahí.

Ser un país dedicado al turismo estacional no produce avances en ciencia, igual que tampoco hace soñar a un pueblo entristecido un clima de decadencia que también ven nuestros vecinos más allá de nuestras fronteras. Emprender en España resulta un acto de rebeldía que, al cabo, para pocos resulta fructífero, a la vez que Europa no esconde su calurosa acogida de nuestros compatriotas, a la vez que se muestra preocupada por esta deriva sin precedentes protagonizada, esta vez, por la izquierda de este país.

Si antes debíamos despedirnos del joven que va a la trinchera sin saber acaso si volverá, ahora debemos despedirnos de la juventud que quizás tampoco tornará; hemos de decir adiós, adiós por designación, a las oportunidades que nunca tuvimos. No me sorprenden lo más mínimo los dogmatismos y las fes ciegas que asolan lo que un día pudo ser la izquierda de este país. España está sangrando por sus múltiples costados y no hay gobernantes que paren esta hemorragia. ¡Que beban sangre, pues, si sangre quieren! Otros pondremos en nuestras lápidas que soñamos una vez.

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