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historia del doblaje y los subtítulos

¿Doblaje?... Sí, por favor

3/01/2024 - 

MURCIA. Cuando veo largometrajes y series de televisión españolas, me sobrevuela con frecuencia la opción de poner subtítulos debido a que algunos intérpretes de las nuevas generaciones tienen una dicción tan deficiente que los hace casi incomprensibles. En su día indagué en sus biografías y descubrí que buena parte de estos actores y actrices carecen de formación en interpretación.

La actriz Macarena Gómez confirmó mi apreciación cuando hace unos meses declaró a un medio: «A muchos actores no se les entiende: les digo que vayan al logopeda y no me hacen caso» (El Debate, 23.10.23). Y más recientemente, la también actriz Mónica Randall se manifestó de igual modo en una larga entrevista concedida a un programa radiofónico. Señaló que a algunos intérpretes jóvenes se les nota que nunca han subido a un escenario porque no saben vocalizar y que, por eso, casi no se les entiende. Concluyó diciendo que era una pena que no hablaran bien, porque son estupendos, y que si hubieran hecho teatro, como hizo ella, no tendrían ese defecto (De película, RNE, 23.12.23).

Charlando en una sobremesa de las pasadas fiestas navideñas con un pariente, fiel seguidor de una conocida plataforma de streaming, le pregunté qué pensaba sobre este asunto y me confesó que cuando se topa con una producción española que no entiende cómo hablan, no se calienta la cabeza, simplemente la desecha y busca otra entre la amplia oferta existente. A continuación, argumentó que las producciones extranjeras, al estar dobladas, no adolecen de este inconveniente, pues los actores de doblaje españoles hablan mejor que algunos de los que aparecen en pantalla. Tras este comentario, hizo una breve pausa y añadió medio en broma (o medio en serio) que deberían doblar a más de uno de nuestros intérpretes. Entonces, le informé de que el recurso de doblar a actores en su misma lengua ya se había realizado antaño.

De vuelta a casa, me sobrevino la idea de que el doblaje sería un buen tema para abordar en una próxima colaboración.

Un poco de historia

La gestación del doblaje se inició a principios del pasado siglo con la llegada del cine mudo. En las salas de cine apareció la figura del “explicador” que, como su nombre indica, explicaba las imágenes y los diálogos. Hemos de recordar que, aunque se insertaban intertítulos entre las escenas, sus aclaraciones resultaban de gran utilidad pues, por entonces, existía mucho analfabetismo en la mayoría de países, incluyendo el nuestro.

Con el paso del tiempo, los “explicadores” complementaron su voz con la función de “ruidero” al acompañar su voz con el ruido de artificios de lo más variopinto que imitaban los sonidos que las imágenes sugerían. Con el transcurso de los años, esta figura alcanzó tal prestigio que sus nombres se exhibían en los carteles, e incluso la taquilla dependía de la fama del “explicador”.

Se intentó mejorar el estancado cine mudo y a finales de la segunda década se patentaron varios sistemas para grabar el sonido en el celuloide, pero los estudios no se interesaron por su alto coste. Sin embargo, los obstinados inventores prosiguieron en su empeño y unos años después se estrenó Don Juan, la primera película con sonido sincronizado con la imagen y cuya banda sonora tenía grabada música clásica, instrumental o cantada, y efectos de sonido similares a los del “ruidero”. Se produjeron más películas mediante esta técnica, aunque se siguieron considerando mudas porque no contenían diálogos.

Continuaron perfeccionándose los sistemas de grabación hasta que, finalmente, se estrenó en 1927 la primera película sonora de la historia del cine: El cantor de jazz, que contaba con diálogos y sonidos. Pero entonces surgió el problema de que en países de habla no inglesa el público quería que las estrellas hablaran en su propio idioma. La repercusión de este hallazgo a nivel internacional fue de tal magnitud que los directivos hollywoodienses, al contrario que la vez anterior, sí que mostraron interés, pues este mercado, sobre todo el europeo, era fundamental para la expansión de su naciente industria.

Un año más tarde, dos ingenieros de sonido estadounidenses, Edwin Hopkins y Jacob Karol, crearon un sistema de grabación en que el diálogo era sincrónico con el movimiento de la boca de los actores. Y con este invento descubrieron, de forma casual, la posibilidad de doblar a algunos de sus propios actores y actrices que tenían una deficiente dicción. A partir de ese momento, los países no anglosajones decidieron doblar las películas a sus propias lenguas.

En España se inauguró el primer estudio de doblaje en 1932 con la intervención de actores y actrices procedentes del mundo del teatro y de la radio que emitía sus seriales radiofónicos. Es decir, el doblaje no fue un invento franquista, como erróneamente muchos creen, sino que nació en la República. Por esos años surgió también nuestra industria cinematográfica; pero las primeras películas no se rodaron con sonido directo, ya que resultaban muy caras, y se prefirió doblarlas. Y al igual que sus colegas del otro lado del océano, resolvieron de paso el problema de aquellos intérpretes que tenía buena presencia, pero que no sabían hablar.  

Doblando a Anthony Hopkins

Camilo García doblando a Anthony Hopkins en el Silencio de los corderos.

Imágenes cedidas por Alfonso S. Suárez, director del documental Voces en imágenes.

El doblaje en la actualidad 

Con la llegada de la democracia a nuestro país, la mayoría de los críticos se alzaron contra el doblaje y menospreciaron la labor de sus profesionales.

Un argumento que adujeron era que se disfruta más escuchando a los protagonistas con su propia voz, pese a que hay flagrantes casos como el de Humphrey Bogart en que resulta más agradable escucharlo doblado que sufrir su irritante voz de pato durante dos horas. Además, esta opción, salvo que uno domine el inglés, conlleva la imperiosa necesidad de leer los subtítulos con lo que se pierden detalles, situaciones, miradas y expresiones que revelan sentimientos u otras emociones de los personajes.

El otro argumento era —y sigue siendo— que ver largometrajes en versión original es un buen medio para aprender idiomas (se daba a entender que se referían al inglés), aunque acarrea el mismo inconveniente: la lectura de los subtítulos. Es claro, por tanto, que en este caso el espectador ha de decantarse entre disfrutar de una película o aprender un idioma.

Pero este largo debate casi se ha esfumado con la llegada de las plataformas que han impulsado el rodaje por todo el mundo, siendo la mayor parte en lengua no inglesa. Así, por ejemplo, en el marco de la Unión Europea existen tres alfabetos y veinticuatro idiomas oficiales.

Y para concluir, el arriba firmante —como se puede desprender de la lectura de las anteriores líneas— no alberga ninguna duda de que el arte del doblaje está más vivo que nunca…

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