LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

'Unknown Pleasures' de Joy Division: Así se desintegran las estrellas

5/07/2020 - 

MURCIA. Hay una canción de Joy Division titulada Disorder que comienza así: “Estaba esperando que llegara un guía para tomarme de la mano”. Con ella se abría Unknown Pleasures, una obra que el periodista Jon Savage describió años después como “un secreto producido para convertirse en algo masivo”. Así fue. Aparecido en junio de 1979, el primer álbum de Joy Division fue bien recibido por la prensa pero apenas tuvo repercusión comercial más allá del ámbito del ámbito de lo independiente. Unknown Pleasures apareció en el momento exacto, captando el estado de ánimo de la Inglaterra de finales de los años setenta, sumida en una crisis social y política. Su radio de influencia, sin embargo, ha ido ampliándose con el paso del tiempo, hasta hacer de él un clásico indiscutible. En el monográfico que Chris Ott escribió sobre el disco para la colección británica 33 1/3 -y que se publica ahora en España con traducción de Antón López, responsable de la editorial Discos Crudos-, se menciona la posibilidad de que el título Unknown Pleasures pudiera haber estado inspirado de alguna manera por En busca del tiempo perdido de Proust. Este álbum es un artefacto que de alguna manera mantiene vivo un tiempo perdido, otorgándole una vigencia eterna. Todo lo que contiene este disco -el sonido, la portada, las letras- es una cápsula con respuestas para ciertas cuestiones que millones de personas nos hacemos, cada uno a su manera, cada uno en busca de una respuesta que nos conforte. 

El libro de Ott explica minuciosamente el contexto en el que se creó este álbum. Un disco que marca el nacimiento artístico de un grupo a través de unas canciones que al fin significan algo. Como los propios miembros del grupo han dicho, hasta que llegó la remesa de temas que configuran Unknown Pleasures, sus composiciones les habían servido sobre todo para aprender a tocar e intentar a la vez descubrir qué querían hacer. En ese sentido, tal y como explica el libro de Ott, el vocalista Ian Curtis hizo la función de catalizador de energías. Era él quien les decía a sus compañeros qué partes instrumentales o qué arreglos le gustaban más. Como dijo el guitarra Bernard Sumner, “Ian no componía pero era un gran orquestador”. Lo que sí aportaba Curtis eran unas letras conmovedoras, ahogadas en desesperanza. Con ellas podía transformar la desoladora ciudad que acogía a los miembros del cuarteto, Mánchester, en un paisaje urbano en el que algunos jóvenes -esos espectros perdidos que protagonizan otras de las canciones del grupo- pueden ser salvadas o condenadas. Inspirado en Ballard y Burroughs, Curtis dirige con su voz de alma en pena el sonido de una banda que trae consigo uno de los cambios musicales más significativos de su generación, la introspección. Durante los tres años anteriores, el punk había lanzado injurias y denuncias contra un mundo lacerante. Después llegó el pop festivo, breve y hedonista, lleno de color, que caracterizó a la new wave. Con Joy Division se abre otro periodo. Es como si Leonard Cohen se hubiese perdido en una ensoñación ajena. Porque la de Joy Division es música que mira tras su piel y en lugar de cerrar los ojos, nos cuenta la interpretación de lo que ve. 

Unknown Pleasures es un álbum suspendido en medio de una nada. Esa nada podría ser el espacio exterior, podría ser el interior de una mente, o una luz condenada a no apagarse en medio de una interminable oscuridad. Ninguna de las características que llevan a pensar en eso están ahí por algún milagro, sino por unos motivos concretos. Después de haber trabajado en una clínica de rehabilitación para discapacitados físicos y mentales, y de haber conocido de cerca a enfermos de epilepsia -la canción She’s Lost Control está inspirada en una paciente-, Curtis descubrió que él también padecía esta enfermedad. Tal como cuenta Ott, fue en diciembre de 1978, cuando Joy Division ya era una realidad, y la posibilidad de ser una estrella de una nueva clase de rock & roll era una tabla de salvación para Curtis. La epilepsia iba a cambiar una vida que ya de por sí tendía a un romanticismo fatalista. Condicionado por los efectos y el tratamiento para la enfermedad, no tardaría en llegar el momento en el que tuviera que dejar la música. Una tragedia a la altura de la de cualquier clásico de la literatura ya que su historia concluyó con un suicidio -del cual se cumplieron el pasado 18 de mayo cuatro décadas-. Esto generó automáticamente un mito que se comió a Joy Division -antes de que eso ocurriera se transformaron en New Order- y que inauguró un nuevo tipo de santo en la imaginería religiosa que es la música pop, la del suicida. Ian Curtis acabó mitificado también por quitarse la vida. En cierto modo, su tragedia es parecida a la de Kurt Cobain, aunque la proyección popular de ambos casos es muy diferente. La de Cobain fue inmediata, la de Curtis ha ido creciendo con el tiempo.

Uno de los factores que ha sido decisivo en la construcción de ese mito es la portada del álbum. Incompresiblemente, Ott apenas presta atención a su concepción o su importancia artística. El diseño, obra maestra del maestro Peter Saville, parte de una imagen que alguien del grupo -nadie acaba de ponerse de acuerdo en quién fue- le llevó al diseñador. Era un gráfico de 1919, que representa el sonido que emite una estrella al desaparecer, y que fue sacada de una enciclopedia de astronomía. Saville polarizó la imagen y la dejó flotando en un fondo negro. El título del disco y el nombre del grupo ocuparon la contraportada. El resto de información fue alojado en la funda interior. El posible comprador no necesitaba saber más. Y así era. Cualquiera que en su momento se enfrentase a una cubierta así, sabía de inmediato si quería o no ese álbum. La promesa de un viaje a la oscuridad del espíritu humano venía grabada con el diseño, originalmente impreso en un cartón rugoso. La imagen representaba fielmente todo lo que aquella portada alojaba en su interior. El sonido cavernoso, espacial como la propia portada, tétrico, ahogado en efectos de delay y reverb por el productor Martin Hannett. Faltaba menos de un año para el suicidio de Curtis. Pero aunque nadie fuera consciente de ello, Unknown Pleasures anunciaba ya el final de esa estrella solitaria a punto de morir en un océano de confusión.

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