MÚSICA Y CINE

PJ Harvey y un perro americano llamado dinero

El documental A dog called money de Seamus Murphy, que se estrena este domingo  en Movistar +, Filmin y Vodafone, muestra el proceso creativo detrás de la grabación de The Hope Six Demolition Project, undécimo  álbum de la artista británica. Un largometraje cuya narración arranca en Kabul, Kosovo y los guetos de Washington DC y culmina en un estudio de grabación abierto al público en el Somerset House de Londres

29/11/2019 - 

MURCIA. En 1992, en plena eclosión mediática de su primer álbum -Dry- un periodista de la revista NME preguntó a PJ Harvey por las resonancias políticas de su trabajo. “Me siento muy incómoda conmigo misma en estos momentos -respondió la artista británica, que por aquel entonces contaba 22 años-, porque siento que estoy dejando de lado esa parte. Esto puede ser peligroso si no hago algo pronto. Podría desarrollar un ego enorme o algo así”. Temía, y no se equivocaba, que la crisis nerviosa que le produjo la presión del éxito repentino y el escrutinio del público condujera su música hacia caminos cada vez más introspectivos. Polly Jean, que se acababa de mudar a Londres desde su Yeovil natal, en el sur rural de Inglaterra, trazó desde el principio una línea infranqueable entre su vida personal y su faceta pública. No le gustan las entrevistas, elude desentrañar el significado de sus letras y no es muy dada a exhibir las interioridades de su proceso creativo. Desde ese sano distanciamiento ha desarrollado una carrera musical sólida, brillante y sin aversión al riesgo. Básicamente, PJ Harvey hace lo que le da la gana y siempre cae de pie. Gracias a ese aislamiento buscado, su música siempre ha sido refractaria a las tendencias de la industria, pero también ha cubierto su persona bajo una bóveda de misterio.

Sin embargo, algo cambió después de la publicación de White Chalk en 2007. El viejo temor se despertó en ella; quizás era hora de salir de la crisálida y hablar de forma más meridiana sobre la realidad social y política circundante. “Pensaba que no tenía habilidades para escribir sobre este tipo de temas y hacer que funcionasen como canciones”, confesaba en 2011 a la BBC. Ese mismo año salía a la luz Let England Shake, una magnífica colección de canciones en las que comentaba la participación de Gran Bretaña en conflictos armados desde la Primera Guerra Mundial hasta la guerra de Irak y Afganistán. Ese disco, que le reportó el segundo Mercury Prize de su trayectoria, vino acompañado de una serie de doce cortometrajes grabados por el director y fotógrafo irlandés Seamus Murphy, quien firma también el largometraje documental A dog called money, estrenado mundialmente en la edición de 2019 de la Berlinale, y que llega el próximo domingo 1 de diciembre al canal Cine&Roll de Movistar + y a las plataformas de streaming Filmin y Vodafone.

De la introspección emocional al comentario social

En 2011 se inauguró una nueva etapa creativa para PJ Harvey, cuyas letras fueron evolucionado lentamente desde la abstracción simbólica de álbumes emocionalmente insulares como To bring you my love o Is this desire? hacia una mayor concreción de ideas, pareja al creciente interés de esta compositora por colaborar activamente en asuntos de calado social y político. Ahí están por ejemplo canciones como “Shaker Aamer”, sobre la historia real de un detenido de Guantánamo que se declaró en huelga de hambre durante cuatro meses, que no ha sido publicada en ningún álbum; su único objetivo era incrementar la presión mediática sobre la violación de los derechos humanos en esta prisión. Después vino “The camp”, compuesta y grabada por Harvey para destinar los beneficios a los niños que huyen de la guerra de Siria.

Para escribir las letras de su undécimo álbum, The Hope Six Demolition Project, PJ Harvey no se inspiró en fotografías ni artículos de periódicos, sino que recogió impresiones y testimonios de primera mano en tres puntos geográficos -Kosovo, Afganistán y el gueto de Anacostia en Washington D.C-, azotados todos ellos por la violencia, la miseria y la falta de oportunidades. Harvey acompañó a Seamus Murphy en estos viajes. Él recolectando imágenes; ella, palabras. Fueron apenas unos días, tiempo insuficiente para pretender examinar a fondo la situación, pero no para tomar nota de impresiones inmediatas, garabatos e ideas musicales. Las notas se convirtieron eventualmente en poemas, y algunos de estos poemas en canciones.

Un cine en ruinas, donde hace veinte años se podía comprar una entrada a cambio de balas. Los recuerdos de una familia anónima, esparcidos por el suelo de una casa sin techo, destruida y después saqueada. Vemos a Harvey libreta en mano, disfrutando de su anonimato, con un hiyab cubriendo el cabello. Admirada ante la sincronía armónica de las llamadas a la oración de las mezquitas en Kabul. Vemos también a chavales negros del sudeste de Washington explicando a cámara la paradoja de vivir a las faldas del Casa Blanca, el principal centro de toma de decisiones de su país, y sentirse en el culo del mundo; apartados y olvidados; sumidos en la violencia diaria. “Escogimos Washington D. C., el núcleo del poder occidental, como destino final -explicaba Seamus Murphy recientemente-. Una ciudad donde se toman decisiones cruciales sobre el destino de países de todo el mundo, como Kosovo y Afganistán”.

Una grabación experimental

Ya de regreso en Inglaterra, PJ Harvey quiso que la grabación fuese también un experimento artístico. Hizo construir un estudio en el centro cultural Somerset House de Londres, ubicado en un viejo palacio junto al Támesis. Se trataba de una sala dentro de una sala más grande, dotada de una ventana unidireccional que permitía que el público viese y escuchase la creación del álbum sin molestar a los músicos. Seamus Murphy seguía grabando… “Para conseguir las imágenes naturales e íntimas que quería -explica él mismo- tenía que alejarme del proceso e, idealmente, volverme invisible para los músicos”. Así es como Polly Jean, acompañada de su inseparable John Parish y otros músicos de estudio, exhibió por primera vez el proceso de creación de un disco maravillosamente extraño y rico, lleno de disonancias, estribillos épicos, cánticos rituales y alguna que otra digresión de free jazz.

A dog called money no es por tanto el trabajo de una artista trasmutada en periodista, sino un fresco, una concatenación de fogonazos emocionales escritos desde la mirada del que viene de fuera. No es ni siquiera una película de denuncia -aunque esta esté implícita-, sino el registro de cómo las experiencias inmediatas se transforman en canciones en manos de una consumada multinstrumentista, letrista y poeta. Cuenta Seamus Murphy que no fue fácil encontrar financiación para este proyecto, y no hay nada de extraño en ello. Porque este documental sobrio, que no busca la lágrima ni trabaja sobre la idea del artista atormentado, no es el documental que querrían los inversores, y que PJ Harvey probablemente no hará nunca. Aquel en el que y habla de su infancia en la granja de ovejas, su relación con Nick Cave y las razones por las que ha decidido no tener hijos. Afortunadamente, el enigma de PJ Harvey todavía perdura.