'cholitas'

La montaña como cima de la dignidad femenina

25/03/2020 - 

MURCIA. Hace no poco más de una década, el término cholita tenía un componente despectivo en Bolivia. El diminutivo se empleaba para referirse a las mujeres de las etnias aimara o quechua que vestían el atuendo tradicional indígena: sombrero bombín sobre dos trenzas prietas, blusa cubierta con chal de seda o mantón de lana, zapatos planos y la emblemática pollera, una falda hecha con hasta ocho metros de tela. 

Con la llegada al poder en 2006 del primer presidente nativo, Evo Morales, los pueblos originarios del país recuperaron su dignidad. Y ser llamada cholita ha pasado de estigma a motivo de orgullo.

“Ha habido un cambio radical. Antes no se les permitía entrar en lugares públicos, ellas mismas ocultaban sus apellidos aimaras, no vestían ropa de cholita, ni hablaban su idioma. Pero en los últimos años, lucen sus señas de identidad con alegría. Hay cholitas en la televisión, en el Congreso, en la universidad. Hay mercados enteros llenos de su ropa, pases de modelos…”, detalla Jaime Murciego, codirector junto a Pablo Iraburu del documental Cholitas, programado desde este pasado domingo, 25 de marzo, en Movistar CineDoc&Roll

La película retrata la expedición al Aconcagua de cinco mujeres que se han convertido en un símbolo de liberación y empoderamiento para sus pares. Dora, Cecilia, Liita, Lidia y Elena se atavían con sus polleras y sus aguayos, las piezas de lana multicolor que usan a modo de mochila para cargar peso, y se proponen escalar la montaña más alta de América.

“Las mujeres en Bolivia sufren una triple discriminación: social, cultural y de género, así que en ese sentido con esta gesta están transgrediendo todos los estereotipos. Verlas subir a la cima con las faldas al aire es inspirador”, aplaude Murciego.

Las protagonistas de Cholitas tiene entre 24 y 50 años, así que el documental no solo rompe con los prejuicios raciales, sino también con la discriminación por motivos de edad.

De hecho, Iraburu, que es a su vez director creativo de la productora navarra Arena, afirma que su empresa se implicó en esta odisea porque transmitía un mensaje con el que una audiencia global se podía identificar: “La sociedad te dice qué es lo prudente o te impone lo que se espera de ti, pero dentro puedes tener una motivación que quieres perseguir. Esta película te anima a hacer lo que quieras, lo que te hace sentir libre, feliz”.

Lo importante es el camino a la cumbre

Es una película que habla de resiliencia y de superación, pero también de tolerancia a la frustración, una realidad que se da de bruces con los principios de la sociedad neoliberal, donde se jerarquiza entre vencedores y perdedores. 

La pregunta recurrente en el proceso de financiación del proyecto era qué sucedería si el grupo de mujeres no hacía cumbre. “Parece que es todo o nada: o plantas la bandera y te haces la foto o es un fracaso absoluto. Sin embargo, al final no es lo más importante. Coronar es un extra, pero lo importante es disfrutar la montaña”, reconoce Jaime Murciego.

De hecho, no todas las cholitas consiguieron llegar a la cima. Ni siquiera Iraburu: “En esta cultura donde cada uno va a lo suyo, y lo que consigues es para ti y nada más que para ti, ha sido muy instructivo aprender de su sentido de equipo”.

La experiencia fue un aprendizaje para todo el grupo, que hoy día habla de triunfo en plural de un reto alcanzado por parte de los participantes.

“En Bolivia siempre habían hecho cumbre, así que han aprendido una lección. Al margen del disgusto en el momento, cuando bajaron y miraron atrás, comprendieron que no podían considerar un fracaso haberse perdido 15 minutos de una expedición de un mes, donde han conocido a gente de todo el mundo, reído, llorado y llegado más alto que nunca. La vivencia que se llevan no la olvidarán en su vida”, opina Murciego.

La montaña da su permiso

En las primeras notas de producción, el cambio climático figuraba como uno de los temas que la película iba a explorar, pero al montarla, los realizadores decidieron simplificar la trama para que el relato estuviera más pegado a los personajes. No obstante, toda la película tiene un poso ecologista. 

“Los alpinistas profesionales hablan de conquistar la cumbre. Su propósito es invasivo, se lo plantean como una lucha contra la montaña, mientras que ellas le piden permiso para que les acoja. En seguida notas que tienen una conexión con la naturaleza, que no viven la escalada como una lucha, sino como un hermanamiento”, reflexiona Murciego. 

A lo largo del metraje se suceden los rituales con hoja de coca para solicitar al Aconcagua su consentimiento. Así mismo, hacen referencia a la pachamama, para referirse al planeta Tierra, y el achachila, con el que nombran a los cerros.  

“La primera vez que asistí a una de estas ceremonias, me quedé sorprendido. Pero pronto me di cuenta de que son ritos rutinarios: no lo hacen de cara a los turistas, sino que no se plantean subir a una montaña sin practicar ese ritual. Es lo que marca la diferencia”, destaca el director leonés.

Cholitas se suma a una corriente de películas que están visibilizando a mujeres indígenas, como Roma (Alfonso Cuarón, 2018) y La camarista (Lila Avilés, 2018). La diferencia es que sus protagonistas se han erigido en referentes reales y en constante superación. Su próximo reto es subir al Everest.

“Tenemos el problema de que son muy indómitas. Nunca tienen suficiente. Hace unos años produjimos una serie documental en el Everest, y sabemos lo que es una empresa así, no solo como exigencia física, sino económica. Se lo hemos contado 20 veces, pero en cada nueva entrevista siguen repitiendo que lo van a escalar”, se sonríe Iraburu.

Ecos en el confinamiento

La resistencia que muestran las cholitas, su aplomo y su sentimiento de comunidad son valores que, según los directores del largometraje, pueden extrapolarse a la situación de confinamiento de los espectadores que vean estas semanas el documental. 

“Individualmente, todas valen mucho, pero juntas valen mucho más. Al final lo que hace esta historia universal es gente saliendo de su rol para conseguir lo que quiere. Cada uno tenemos un Aconcagua diferente y lo hemos de escalar”, expone Murciego.

Iraburu tiene más en mente la escalada de violencia de género estos días de encierro en los hogares de España: “Espero que esta película abra la mente a la audiencia. La rodamos para un público global que vivía en un mundo normal, pero son días extraños, donde la población necesita mucho de cariño, de paciencia y de escucha”. 

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