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Jesús Carrasco: "En la casa hay también una gran intensidad vital"

21/02/2021 - 

MURCIA. Su éxito fulgurante con Intemperie en 2013 no le hizo levantar los pies del suelo pero sí le generó, tras la publicación de su segunda novela -La tierra que pisamos- una suerte de bloqueo creativo que desemboca ahora en una de sus libros más brillantes y enternecedores: Llévame a casa, una novela doméstica que inmiscuye en aquello que a todos los toca: la vida, el amor, la muerte, la familia y la identidad. Con una prosa más seca pero igualmente certera, Jesús Carrasco despliega todo su talento narrativo en una novela que más que leerse, se bebe.

-Es curioso porque al leer el título pensé que la casa sigue siendo hogar pero, tras la pandemia, es mucho más: es gimnasio, espacio de trabajo, recreo para niños. ¿Qué es una casa hoy y qué es la casa del título de su novela?
-Creo que hay un antes y un después de la pandemia. Antes era un refugio, el lugar del que te protege de la calle particularmente. En España o en Sevilla donde vivo es el lugar al que volver a descansar al ámbito familiar. Pero sí es cierto que después del confinamiento se ha convertido en un espacio delicado, con muchos más matices. Un espacio en el que convivimos más tiempo y hay más oportunidad de encontrarse con tus hijos o tu mujer. Es un espacio más social pero con unas normas de lo doméstico, muy diferentes a las de la calle. Normas muy delicadas. Tras la pandemia, al menos en mi caso, hay una mayor atención por la casa. Lo veo, por ejemplo, en el cuidado de las plantas. Antes simplemente las regaba y ahora hay un pequeño jardín en casa, como una necesidad de cuidar algo vivo. Y la casa a la que alude la novela es eso y más. Es, sobre todo, un espacio de protección, encuentro, seguridad. Es un espacio emocional en el que se dan relaciones más o menos intensas. Para la protagonista del libro es el espacio al que necesita ir, casi el único. 

-Hay muchas novelas en torno al asunto de la paternidad pero muchas menos sobre lo que significa ser hijo y qué responsabilidad tenemos con nuestros padres. Nuevamente, en este febrero de 2021, sabemos bien que muchos padres ancianos han muerto solos, sin los hijos que cuidaron. ¿Por qué y en qué medida los hijos debemos sentir responsabilidad hacia nuestros padres? Sobre todo en Occidente, en Oriente hay un culto hacia el cuidado de mayores.
-Es uno de esos deberes primarios y éticos. Nadie te obliga. No has elegido llegar a la familia que has llegado ni tener los padres que tienes. Has caído fortuitamente en esa familia. Por tanto, parece que no habría relación entre lo voluntario y lo responsable. Es nítida la responsabilidad que uno tiene cuando es padre: sus hijos los ha tenido porque ha querido. No sucede igual al revés. Hay un deber ético que cada uno debe determinar de acuerdo con sus padres también. Cada familia establece sus propias normas, por más que haya unas normas generales. Pero una familia, digamos, normal, ese deber ético surge de una manera natural. Creo que, más o menos todos, nos hacemos esa pregunta cuando nuestros padres nos necesitan y cada uno la resuelve a su manera y según sus circunstancias y el deseo de los padres, porque algunos no quieren ser cuidados por sus hijos. Esto hay que tenerlo en cuenta también. Yo, por ejemplo, no puedo mirar hacia otro lado si mi madre me necesita. Y me siento interpelado. 

-Ha hablado de la figura de la madre y en su novela una reivindicación, no sé si velada, de la madre en tanto mujer que cuida. Los cuidados son, casi siempre, femeninos. ¿Hay alguna manera de que esto cambie?
-Yo creo que ya está cambiando. La mujer permanece al mando de los cuidados, desde luego. Es la que soporta la mayor carga en todo el abanico de los cuidados (niños, mayores, dependientes, casa) además del trabajo. Pero el hombre se empieza a incorporar de una manera más o menos tímida, decidida o consciente. Este tiempo nos ha traído a los hombres la oportunidad de ser conscientes de todo aquello que no estábamos haciendo y, por tanto, era injusto. Y creo que se nos está dando la oportunidad a los hombres de acceder a una gran riqueza que es lo doméstico. Una riqueza que las mujeres, obligadamente, habéis podido percibir de primera mano pero que a los hombres se nos ha educado para obtener la recompensa fuera de la casa, en el ámbito laboral sobre todo. Ese hombre saliendo fuera para ser aplaudido y ensalzado. Creo que esa visión se va matizando y muchos hombres empezamos a encontrar en lo doméstico un lugar en el que nadie te va a aplaudir salvo tu familia, si acaso. Y tampoco. Creo que en el casa hay también una gran intensidad vital. Yo siento que estoy muy vivo cuando estoy en casa. Aquí también pasan cosas importantes. Las más importantes, de hecho. En ese sentido, las madres de posguerra es el colectivo más esencial de la sociedad y, curiosamente, el más despreciado. Bajo en concepto ‘ama de casa’ parecía que había una nada, una especie de función automática de la sociedad. A nadie le importaba quién madrugaba para comprar la comida y después cocinarla. Y, sin embargo, todos comíamos. Me parece particularmente injusto para esas madre de esa generación que han trabajado más que sus marido y no se han llevado nada, ni siquiera dentro de la casa. Nadie les decía nada. 

-“Y llega el día en que se acuesta uno y no ha dedicado un solo segundo e la jornada al ser querido. Esa es la verdadera muerte”, escribe. ¿Cree que este es uno de los pecados de nuestra sociedad cada vez más acelerada?
-Ese fragmento tiene que ver con el recuerdo del padre muerto. De alguna manera, nuestros seres queridos siguen exigiendo en el espacio emocional de la familia, en sus conversaciones. Si ese ser querido sigue presente en ahí, de alguna manera, sigue viviendo. Se le echa de menos. El día en el que nadie se acuerde de esa persona sí habrá desaparecido de verdad. En el espacio doméstico no hay anales, no hay una wikipedia que recoja los acontecer familiares. O mantienen viva la memoria los miembros de la familia o nadie los recuerda. Pero llevándolo al sentido que tú mencionas, efectivamente, hay que llegar al final del día siendo consciente de lo que se ha hecho. Y es verdad que este tiempo nos lo pone muy difícil porque está el día tan lleno de distracciones -alarmas, alertas, whatsapp- muy entretenidas que nos embelesan como a niños. A mí el primero. Entiendo nos fascine pero también nos disgrega mucho, nos hace perder la atención y seguramente nos hace perder el sentido de lo importante o dedicarle un momento del día a lo tangible y humano.

-Hablas de lo tangible, de lo que se toca. En este sentido, creo que está trabajando en un ensayo a propósito de la importancia de mirar el mundo a través de las manos como estrategia para pausar el mundo. ¿Es así?
-Sí, podría ser interpretado así, como una especie de pausa en el sentido oriental. Ese monje budista que mira un cuenco durante horas. Básicamente lo que hace es parar el flujo del día a día. Para mí, el trabajo de las manos y ese ensayo tiene que ver con la necesidad de buscar lo permanente por encima de lo pasajero. Y para mí la materia es nítidamente permanente y me ancla al mundo. Ese ensayo surge de mi propia experiencia, de cómo el trabajo con las manos me embelesa, me concentra y me permite pensar con fluidez y descansar. Es una especie de meditación  muy gozosa. Para mí es muy satisfactorio. Me he dado cuenta que es esencial en mi vida. Y después hay una reivindicación de lo manual con respecto a lo intelectual. En Occidente ha habido un privilegio de lo intelectual frente a lo manual. Siempre el gestor frente al artesano. Y sucede como con las madres. El trabajo de los artesanos vertebra la sociedad, así que hay una significación de lo manual. 

-Creo que esta novela surge tras un importante bloqueo creativo. Al final se dio cuenta de que las mejores historias suelen ser las que tenemos más cerca. ¿Fue así? En este sentido, no sé si se siente cómodo con la etiqueta que han colocado a su libro: “novela doméstica”, la ‘domus’ como espacio seguro.
-Me siento cómodo porque yo mismo me la he adjudicado. Se me ocurrió definirla así. Y muy bien traído lo de ‘domus’, su raíz latina. Y efectivamente, atravesé una crisis creativa muy profunda. Después de mi libro La tierra que pisamos me fui a vivir a Escocia con mi familia y, en cierto modo, hice más patente el retiro y la soledad con la página. Y ahí me di cuenta que mesaba costando muchísimo. Durante tres años escribí tres novelas que no han ido a ninguna parte y que tenía que ser con cierto despiste en la mirada. Eso lo he sabido después, claro, cuando he atacado una novela doméstica de un corto radio y me he dado cuenta que fluía muy bien. Con el tiempo me he dado cuenta que lo pertinente era recoger velas y hacer algo, aparentemente, muy pequeño, honesto y humilde. Y me puse y en un mes había escrito un borrador de 200 páginas, algo que no me había pasado nunca.

-No sé si, en ese sentido, la figura de Elena Ramírez, tu editora, fue tan fundamental como para dedicarle el libro.
-Tengo la suerte de tener una gran editora. Pero desde dentro, es un privilegio contar con una lectora profesional, con el ojo muy entrenado y mucho criterio para que te refresque la mirada. Porque cuando estás escribiendo has perdido la objetividad. Si yo pretendiera hacer una literatura experimental y torrencial que me diera igual cualquier inteligibilidad del texto, pues no necesitaría una editora. Pero yo no escribo eso. Yo quiero contar historias humanas inteligibles. Que tengas carga literaria y humana en las que el lector tropiece lo justo. No significa esto que quiera escribir historias fáciles. No es esta mi idea. Quiero escribir una historia que el lector se la pueda beber. Creo que es un atributo que muchos autores perseguimos. Para lograr eso, la presencia del editor es fundamental. Ella jamás me ha presionado para seguir direcciones. Al contrario, me ha dado paciencia a mí y a mi familia. Ha sido una figura que me ha acompañado siempre muy bien, desde que la conocí en 2012. Además se corresponde con una promesa  que nunca ha incumplido desde el día que la conocí: mi intención no es apoyar a un libro de éxito como Intemperie, es apoyarte a ti como escritor. Eso se ha cumplido palabra por palabras. Así que estoy feliz y agradecido. Por eso merece la dedicatoria en este libro y en muchos más.

-Por último, Jesús, la recurrencia a la muerte es permanente en sus libros. ¿Por qué?
-Lo que me sorprende es que no sea un tema esencial en todos los escritores. Decía Cormac McCarthy en una de las pocas entrevistas que ha concedido que a él sólo le interesaba la literatura que lidiaba con la vida y con la muerte. Yo me siento bien en esa definición. La literatura es un espacio de reflexión de arte y de belleza con una cantidad de atributos que no dedicar tu espacio literario a tratar temas esenciales, a mí, particularmente, me parece un desperdicio. No quiero escribir novelas sólo para entretener. el tema d ella muerte es para mí una obstinó pero no especialmente patológica ni negativa. Intento tener presente que esto se acaba. Y con esa perspectiva intento agarrar e la vida con intensidad. No soy un hombre religioso, con lo cual, no me parece que la vida sea la antesala de algo mejor. Me parece que la vida es todo lo que hay. Es toda la obra. Y yo me la intento beber entera y a tope. ¿Que luego hay más allá? Fantástico, bola extra. Pero de momento me agarro a lo que conozco que es esta vida. La idea de la muerte como lucecita roja para no despistarme en tonterías, me ayuda a vivir con intensidad.

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