TRIBUNA LIBRE / OPINIÓN

Siempre Mediterráneo

17/08/2020 - 

Oí decir en boca de un amigo que cuando ya no estemos aquí seguirá en pie nuestra casa seguramente, permanecerán nuestros mejores edificios y monumentos que disfrutarán otros a los que no conocemos. Y me gustó la reflexión pues, aunque yo creía que la idea era mía, oída en boca de un amigo la hacía más bonita y la convertía en un sentimiento compartido. Nada le dije y sonreí. Me di cuenta de que ese pensamiento no es exclusivo sino universal.

Nuestra vida es efímera en comparación con nuestras grandes obras, con la Naturaleza, por ejemplo. Es especialmente breve comparada con la vida de esos árboles centenarios que han sido testigos impertérritos de tantas cosas, de tantos paseos buscando su sombra, de tantos niños jugando en la plaza, de tantos jóvenes besándose bajo sus ramas y de tantos mayores en los bancos del parque pensando que tuvieron una vida que querrían repetir idéntica si se les dejara, incluso con los mismos errores aunque todo fuera mejorable. Nuestra corta vida no es nada comparada con esas catedrales e iglesias extraordinarias que durante siglos permiten a los hombres oír siempre las mismas campanas, que nos recogen para rezar y aceptar con vértigo nuestra fragilidad, la necesidad de llenar nuestro espíritu, incluso soñar con la eternidad. Todo eso que nos trasciende nos une al mismo tiempo, de modo que nuestra vida no es sino la continuidad de otra, y esos escenarios nos cobijan a todos sin saberlo, haciendo que perfectos desconocidos, diferentes generaciones, incluso personas que hablan distintos idiomas y con diferente pensamiento, converjan, pues sus vidas han compartido un escenario común.

Si me preguntaran qué entorno considero yo más extraordinario de todos los que conozco, qué es lo que más une al grupo de personas que de algún modo han ocupado mi propio espacio a lo largo del tiempo que he vivido, siempre diría, sin dudarlo, que, ante todo, el Mar Mediterráneo, ese mar azul precioso que tengo ahora mismo ante mis ojos mientras escribo. Mar increíble, cuna de la civilización, paso obligado para conquistar otras tierras, para que navegue el pensamiento buscando su horizonte y encontrar ante él la inspiración, la clave de nuestro futuro, de nuestros planes, de nuestras nuevas ilusiones.

De tal modo es así que solo cuando vuelvo a disfrutarlo con intensidad, en la cita anual  de cada verano, soy capaz de sentir que estoy aquí, que el mar sigue siendo el mismo y que las cosas no han cambiado tanto, que sigo siendo aquél joven ingrávido mientras floto y nado en él sin que note el paso de los años, dejándome ser tan natural de igual modo que ando sobre la arena, y aún puedo soñar enamorado del mar que los antiguos anhelos u otros nuevos se cumplan.

Ese Mar Mediterráneo, como para muchos otros, es el resumen de cuanto amo, de mis veranos con mis padres, de disfrutar con mis hermanos, de recordar a los abuelos, de los días de juventud con los amigos, el mismo mar azul que he disfrutado intensamente con mi mujer y con mis hijos. Tanto me atrapa el mar que cuando alguno de ellos, ya mayores, osa pasar de nuevo algunas horas con su madre y conmigo en un día de playa cualquiera, revivo plenamente y consigo, engañándome, reconocerme a mí mismo, sin más años, sin heridas, sin pasado, ahí de pie mirando el mar, recibiendo el regalo de ese sol que los mediterráneos disfrutaremos siempre, pues sé que esos hijos me harán eterno y que a través de sus ojos, cuando falte, lo seguiré viendo. El mar seguirá y nosotros nos iremos pero algo quedará de nosotros dentro, su historia es la de todos los que lo contemplamos, incluso la de alguno que ya no está y quiso que sus cenizas se esparcieran en sus aguas para ser él una parte más del propio mar.

Es el Mediterráneo un monumento en sí mismo, que en sus olas, en sus mareas, guarda un pasado de romanos, griegos y fenicios legendarios, que nos une con nuestros hermanos africanos, bebiendo sus aguas las arenas de nuestras costas, de modo que lo compartimos y nos identificamos. Somos los mediterráneos gente de tez morena, con heridas de guerra, con mirada inteligente, con un talante especial para disfrutar y saber vivir de ese clima que es la envidia de la Tierra, de esa brisa suave y cálida que ayuda a ser feliz aunque no quieras. Y así, rodeados por el Mediterráneo soy de Málaga, de Almería, de Murcia, de Valencia, de Barcelona cuando lo miro, y también soy de Malta, de Chipre, de Italia, de Grecia, de Turquía, de Marruecos, de Argelia, de Libia, de Francia, de Croacia, de otras tantas tierras que ven, como yo lo hago, el azul y el sol del Mar Mediterráneo, con la misma dulce esperanza, aunque aún pasemos miedo por otras cosas que sucedieron acabando el invierno. Qué afortunados somos todos los mediterráneos.    

Antonio Fuentes Segura es abogado