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Tribuna libre
Publicado: 10/09/2026 · 06:00
Actualizado: 10/09/2026 · 06:00
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Esta mañana una princesa de ocho años ha vuelto al cole. Y sí, puedo confirmar que los libros se siguen forrando.

También siguen existiendo las mochilas demasiado grandes, los estuches llenos de cosas que probablemente se perderán antes de Navidad, los nervios de la noche anterior y esa mezcla rara de sueño e ilusión a primera hora de la mañana. Supongo que algunas cosas no cambian tanto.

Mientras la veía prepararse para empezar este nuevo curso, pensé que septiembre tiene algo especial. También para los que hace años que dejamos el colegio.

Volvemos de vacaciones, abrimos el correo con cierto respeto, recuperamos conversaciones que dejamos a medias en julio y nos reencontramos con compañeros a los que, en realidad, tampoco hace tanto que no vemos. Pero parece que sí.

A mí septiembre siempre me ha gustado. Sé que agosto tiene mucha mejor prensa —y con razón, lo sé—. Agosto es descanso, viajes, familia, amigos, comidas que empiezan tarde y terminan todavía más tarde. Es desconectar… o intentarlo.

Porque una empresa no vuelve realmente a la actividad cuando se encienden los ordenadores. Vuelve cuando recupera sus conversaciones.

Pero septiembre tiene algo que agosto no tiene: septiembre es empezar.

Mi hija estrenaba hoy curso, clase, libros y, seguramente, alguna historia que todavía no sabe que recordará dentro de muchos años.

En las empresas ocurre algo parecido, aunque nosotros no estrenemos estuche.

Hay una cosa que me interesa especialmente desde mi responsabilidad en comunicación: cuando volvemos, no vuelven solamente los proyectos. Vuelven las personas.

Septiembre tiene algo que agosto no tiene: septiembre es empezar

Porque una empresa no vuelve realmente a la actividad cuando se encienden los ordenadores o empiezan a llenarse las agendas. Vuelve cuando recupera sus conversaciones.

Cuando alguien se acerca a la mesa de otro y pregunta qué tal el verano; cuando un equipo vuelve a sentarse junto para pensar en lo que viene; cuando alguien cuenta una idea con ganas; cuando recuperamos un proyecto que dejamos en pausa y volvemos a mirarlo con ojos nuevos. Eso también es comunicación.

A veces pensamos en la comunicación únicamente como aquello que contamos hacia fuera: una noticia, una entrevista, una campaña, un mensaje. Pero una parte enorme de nuestro trabajo sucede dentro.

Consiste en explicar hacia dónde vamos, en compartir lo que estamos haciendo, en reconocer lo que hemos conseguido y, sobre todo, en escuchar. En conectar equipos. En conseguir que las personas tengan contexto y sepan qué papel juegan en todo lo que está pasando.

Y también, aunque pueda sonar menos técnico, en generar ilusión.

No hablo de llenar las paredes de frases inspiradoras ni de enviar un correo diciendo que comienza una apasionante nueva etapa. Hablo de una ilusión bastante más sencilla: la de sentir que tenemos muchas cosas interesantes por hacer.

Que hay proyectos que merece la pena sacar adelante, problemas que podemos resolver mejor, ideas que todavía no hemos probado y compañeros con los que merece la pena volver a sentarse alrededor de una mesa.

Hoy, mientras acompañaba a Lucía en su vuelta al cole, pensaba precisamente en eso. Ella volvía nerviosa y contenta. Probablemente más contenta por ver a sus amigos que por las matemáticas, tampoco nos engañemos.

Pero volvía con ganas. Y quizá ahí esté buena parte de la cuestión.

Quedan unos cuantos meses de 2026 por delante. Habrá correos, reuniones, carreras, problemas inesperados y agendas imposibles. Como todos los años, vamos.

En casa, además, habrá libros forrados. Pero también hay un curso nuevo por delante: el suyo. Y un poco, también, el nuestro.

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