Tomás Martínez Pagán: el precio de querer a Cartagena

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Tribuna libre
Publicado: 25/09/2026 · 06:00
Actualizado: 25/09/2026 · 06:00
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Hay personas que pasan por una ciudad y hay ciudades que pasan por una persona. Tomás Martínez Pagán pertenece, sin demasiadas dudas, a la segunda categoría.

Nació en noviembre de 1956 en La Aparecida, en pleno Campo de Cartagena, nieto de agricultores e hijo de ganaderos. Quizá por eso su manera de entender la vida tenga algo de aquella tierra: trabajo, perseverancia y una cierta resistencia a las adversidades.

Comenzó su trayectoria profesional como delineante en Talleres Tudela y terminó ocupando responsabilidades de dirección en empresas como TAMAR y CICASA, donde permaneció 36 años, para continuar después en el Grupo Mecánicas Bolea. Su recorrido empresarial le llevó también al asociacionismo, hasta alcanzar la presidencia de la Federación Regional de Empresarios del Metal (FREMM) en julio de 2026.

Pero reducir a Tomás Martínez Pagán a un empresario sería quedarse muy corto.

Hay personas que pasan por una ciudad y hay ciudades que pasan por una persona

Su verdadera biografía se encuentra, quizá, en esa segunda vida que ha desarrollado alrededor de Cartagena. Las fiestas de Carthagineses y Romanos, la Semana Santa, el Resucitado, el asociacionismo, la defensa del patrimonio, la gastronomía, la Universidad, los medios de comunicación… Son demasiados escenarios para una sola biografía. El Ayuntamiento llegó a contabilizar más de cuarenta responsabilidades y colaboraciones en ámbitos muy diferentes.

Ha sido presidente de la Federación de Tropas y Legiones de Carthagineses y Romanos, hermano mayor del Resucitado y presidente de la Junta de Cofradías. Fue pregonero de la Semana Santa de Cartagena en 2019 y ha mantenido durante años una intensa presencia en los medios de comunicación. Desde 2015 escribe semanalmente en La Verdad bajo el título «Las cosas por su nombre».

Y aquí aparece la parte agridulce de esta historia.

Porque dedicar una vida a Cartagena tiene una recompensa difícil de medir, pero también un precio. Cuando uno se implica tanto, opina, propone, participa, defiende y se moja, termina siendo inevitablemente querido por unos, discutido por otros y observado por todos. Tomás lo sabe. Él mismo ha reconocido que la ciudad le ha dado mucho y que esa es, para él, su mayor recompensa.

Quizá sea esa la paradoja de los hombres profundamente vinculados a una ciudad: cuanto más la quieren, más les duele aquello que consideran que podría ser mejor.

Martínez Pagán nunca ha ocultado su orgullo cartagenero. Ha ejercido de embajador de una Cartagena que quiere industrial, emprendedora, cultural, cofrade, gastronómica y, sobre todo, consciente de su singularidad. Desde posiciones empresariales y sociales distintas ha defendido una idea bastante sencilla: Cartagena no necesita que le expliquen constantemente quién es; necesita que sus propios habitantes crean un poco más en lo que tienen.

Aquel muchacho del Campo de Cartagena que comenzó dibujando planos ha terminado dibujando, de una manera u otra, buena parte del mapa social de su ciudad

Ahora, con su llegada a la presidencia de FREMM para el periodo 2026-2030, comienza otra etapa. El reto ya no es únicamente representar a Cartagena, sino hacerlo desde una responsabilidad de ámbito regional, en una organización que agrupa a más de 2.500 empresas. Entre sus prioridades figura precisamente impulsar proyectos industriales y de formación en Cartagena.

Tal vez ahí esté la última ironía de esta biografía: aquel muchacho del Campo de Cartagena que comenzó dibujando planos ha terminado dibujando, de una manera u otra, buena parte del mapa social de su ciudad.

No todos sus proyectos habrán salido como imaginaba. No todas sus opiniones habrán sido compartidas. No todos sus empeños habrán encontrado el reconocimiento que esperaba. Y seguramente tampoco él habrá acertado siempre.

Pero hay algo difícil de discutir: Tomás Martínez Pagán ha elegido estar.

Porque querer mucho a Cartagena tiene esas cosas. Te permite presumir de ella. Y también te obliga a sufrirla

Estar cuando había que organizar, cuando había que reivindicar, cuando había que representar y también cuando simplemente había que echar una mano. Y eso, en una ciudad como Cartagena, puede ser al mismo tiempo un privilegio y una condena.

Porque querer mucho a Cartagena tiene esas cosas.

Te permite presumir de ella.

Y también te obliga a sufrirla.

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