La economía hace tiempo que dejó de ser algo que se abordaba de forma abstracta, para darle otro sentido al convertirse en una competición por capacidades identificables como son industria, energía, tecnología y talento, entre otros. En el Foro Económico Mundial de Davos se introdujo en las agendas de las diferentes mesas de debate la confrontación geoeconómica; adicionalmente, el FMI ha señalado que la inteligencia artificial y la inversión tecnológica pueden aportar al crecimiento, pero también ampliar las brechas entre territorios y la UNCTAD insiste en que el comercio y la inversión siguen muy expuestos a todas estas tensiones que frenan el crecimiento y el avance real.
Este escenario nos obliga a mirar la economía con menos distancia y relajación, si me permiten la expresión. Ya no basta con preguntarnos cuánto crece un país, por cierto, algo que machaconamente -al parecer con no mucho éxito- predicamos algunos economistas, sino que debemos analizar qué base productiva, qué "drivers estructurales o no" sostienen ese crecimiento y quién está invirtiendo para mantenerlo en el tiempo.
La cuestión de fondo no es, por tanto, solo macroeconómica, es industrial, tecnológica y territorial, como mínimo. En mi opinión, el factor de mayor riesgo no es únicamente crecer poco -al menos creces, que diría el clásico-, sino lo que sería sin duda mucho peor, quedar atrapado en una trayectoria en L, con un rebote débil tras los primeros shocks negativos, seguido de años de relativo estancamiento, baja inversión y baja productividad.
Frente a esa senda, la economía en K describe otra realidad, donde unos territorios y sectores despegan con fuerza, mientras que otros se quedan atrás y lo relevante no está en que esto ocurra, sino que se analice con tiempo y se actúe en consecuencia. La diferencia entre una y otra, de la L a la K, no depende del azar, sino de la capacidad para sostener, entre otras, una estrategia industrial y tecnológica durante años. Y aquí el dato empresarial importa más de lo que parece.
El crecimiento neto existe, sí, pero no está alimentando de forma suficiente una nueva base industrial"
Según el DIRCE del INE, el número de empresas activas en España aumentó un 1,7% en 2025 y llegó a 3,31 millones, pero en estas cifras la industria representaba solo el 5,2% del total, mientras actividades profesionales, científicas y técnicas, comercio o inmobiliarias concentraban mucho más peso. Además, el propio INE muestra que la industria cayó un 1,7% en número de empresas activas, mientras crecían con más fuerza las actividades financieras y de seguros, las inmobiliarias y las vinculadas a la información y las comunicaciones.
La estadística de sociedades mercantiles refuerzan esa lectura. En 2025 se crearon 127.533 sociedades, un 7,9% más que en 2024, pero también se disolvieron 26.073, un 3,7% más. Y, sobre lo que hoy quiero llamar la atención, en esta fotografía el reparto sectorial no favorece a la industria: el 19% de las nuevas sociedades se concentró en inmobiliarias, financieras y seguros, mientras que el comercio y la construcción absorbieron una parte muy importante del dinamismo empresarial. Conclusión, las “ramas a veces no te dejan ver el bosque” o te viene bien no verlo; es decir, el crecimiento neto existe, sí, pero no está alimentando de forma suficiente una nueva base industrial.
En ese contexto, el último Barómetro Industrial del COGITI y el Servicio de Estudios del Consejo General de Economistas de España (CGE) nos aporta una señal muy clara: la industria española sigue arrastrando problemas estructurales de competitividad, costes e inversión, y necesita una respuesta más ambiciosa, menos discursos y más acción. El informe insiste en que la recuperación del sector sigue siendo insuficiente y que la nueva Ley nacional de Industria no debería seguir demorándose, día que se retrasa competitividad que perdemos.
Las regiones que lograron reindustrializarse con éxito no lo hicieron por inercia, sino combinando varios ingredientes a la vez"
El diagnóstico encaja con lo que hoy se discute en los principales foros económicos internacionales. La reindustrialización ha vuelto al centro de la agenda porque los países que conservan capacidad manufacturera, tecnológica y energética resisten mejor los shocks y captan una parte mayor de las inversiones que buscan seguridad, escala y productividad. En otras palabras, la riqueza del futuro no se reparte solo entre quienes consumen más, sino entre quienes producen mejor. Visto lo anterior, parecería inteligente aprender de los mejores, la experiencia internacional nos deja una lección útil pero a veces incómoda si se analiza en clave cortoplacista o local.
Las regiones que lograron reindustrializarse con éxito no lo hicieron por inercia, sino combinando varios ingredientes a la vez, como son suelo industrial disponible, energía competitiva, inversión en I+D, formación técnica, colaboración público-privada y una estrategia clara de especialización -hacer lo que se sabe hacer-. Ese patrón se reconoce en muchos territorios alrededor del mundo, donde la industria se entiende como una plataforma para exportar, innovar y sostener empleo de calidad.
Y ¿cómo se inserta este discurso en España? Nuestro país ha mantenido fortaleza en servicios, turismo y algunos segmentos exportadores, pero su gran tarea sigue siendo elevar el peso de la industria de mayor valor añadido, mejorar productividad y acelerar la inversión en innovación. El barómetro citado apunta precisamente a los cuellos de botella que más frenan esa transición, es decir, costes energéticos, falta de escala o tamaño de nuestras empresas, incertidumbre regulatoria y una inversión tecnológica todavía desigual entre grandes empresas y pymes.
La diferencia entre una economía regional que resiste y otra que se estanca está en su capacidad para invertir, innovar y formar capital humano técnico"
En clave regional, la Región de Murcia no es un gran polo industrial nacional, pero tampoco es un actor menor o parte de cero: combina agroindustria, química, logística y manufactura con una base exportadora que depende mucho de la competitividad de costes y de la capacidad de transformación, recordemos la apuesta que se hizo -entre otros- en su momento por el polo industrial alrededor del Valle de Escombreras o la capilaridad de los centros tecnológicos por áreas sectoriales muy claras y definidas. Eso la convierte, junto con el apoyo del nuevo plan industrial regional, en un territorio especialmente sensible, cuando la energía pesa más, cuando los márgenes se estrechan y cuando el empleo cualificado escasea, la industria regional nota antes que otras el coste de quedarse quieta; pero cuando avanza -y hay casos de éxito como los reseñados- lo hace de forma muy contundente.
Por ello, España, Murcia y otras comunidades autónomas no deben preguntarse solo cuánto depende de la industria, sino qué industria quiere defender y cuál puede ganar en su ámbito. La diferencia entre una economía regional que resiste y otra que se estanca está en su capacidad para invertir, innovar y formar capital humano técnico. La lección de las regiones que se reindustrializaron con éxito entendemos que es clara, no basta con sobrevivir, no basta solo con resistir, hay que potenciar lo que te distingue, especializarse, escalar y sostener esa apuesta en el tiempo, contra viento y marea.
Concluyo indicando, de nuevo, algo que puede resultar a veces incómodo de asumir pero sinceramente creo que muy necesario de señalar: el futuro económico no lo va a decidir solo el tamaño del PIB, sino la calidad de su base productiva. Y en ese terreno, la decisión ya está sobre la mesa: o se construye una economía capaz de innovar, producir y exportar más valor añadido, o se corre el riesgo de quedar atrapado en una largo período de economía en L, es decir, "ni frío ni calor: cero grados".