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Pollyanna

“Dícese de una persona que permanece excesivamente dulce y optimista incluso en la adversidad"

Publicado: 22/02/2025 ·06:00
Actualizado: 22/02/2025 · 06:00

Me alegra haber conocido los escritos de Fabrice Hadjadj, pensador francés, cuando comenta que una de las enfermedades modernas que acampan hoy por Europa es el pesimismo, tema muy común en la actual cultura moderna. Él no es un vendedor de recetas fáciles cuando a los cuatro vientos glosa perseguir un optimismo radical, de los que no pasan de largo, fundado en la esperanza de la que nos han hablado tantos humanistas y que España bien sabe de ello. Al igual que otros, como Gustave Thibon, tal optimismo barato del hoy emerge desde un progreso basado en la certeza en que la persona actual cree poseer el poder de establecer por sus propias fuerzas un cierto reino de justicia y de paz. Tal certeza exige conquistar la libertad absoluta, donde no basta con suprimir de la cultura el sentido humanista; hacía falta, además, eliminar cualquier vestigio que se nos ha dado, empezando por el significado profundo de la “naturaleza humana”.

Lo paradójico de esta libertad que aspira a conquistar desde el nido de Bruselas, por desgracia, nos lleva al aborrecimiento de lo humano, signo muy evidente del hundimiento de los progresismos, donde cada uno acaba asqueado de su capacidad para manipularlo todo a voluntad. De ahí la huida de las distintas formas de aplastar lo humano que representan los posthumanismos contemporáneos europeos que estos días atrás. El vicepresidente americano James David Vance echaba en cara desde los foros de Múnich y Paris. Aquí, sin duda, es donde brilla con más fuerza el optimismo del Humanismo que sigue en vigor: la destrucción de la esperanza humana en el progreso permite al hombre tocar fondo y resurgir como el fénix de las cenizas. Volver a las cenizas, a la arcilla, no para desaparecer, sino para ponerse de nuevo en las manos del Creador que modeló al primer hombre y le dio su extraordinaria naturaleza.

 

Nos urge, guste o no, restablecer la solidaridad entre los ciudadanos y regenerar el capital humano y cultural, sin el que la democracia se convierta en una oligarquía"

 

La naturaleza humana, la dignidad de toda persona, anda en tela de juicio ante las barbaridades que observamos y no nos debe extrañar que ello conlleve los pesimismos de nuestra ciudadanía. Toda esta inestabilidad que observamos posee un mismo objetivo: hacer de nuestra ciudadanía un verdadero redil donde el amo hace y deshace a su libre albedrío.

A todo ello habría que añadir cómo andan de salud esas democracias blandas europeas y sin atisbos de resurgir tras la feria enquistada de políticos de medio pelo. En breve, el próximo 23 de febrero, los alemanes elegirán representantes a su próximo canciller. El tema anda caliente. Las elecciones en Rumania han quedado en entredicho. España polarizada entre la amnistía y la corrupción y, Bélgica junto a Portugal calentando motores. Ya se ve que andamos escasos de buenas cabezas políticas, más aún, cuando la democracia, también con virus, se amasa según las manos donde la posverdad que ilumina más bien ciega a sus representantes. No nos debe extrañar por tanto que, entre otras muchas, el ardor ciudadano ande flojo de optimismo y fuerte de aflicciones: vivienda, impuestos o cesta de la compra dan los estoques necesarios para abatir a todo ciudadano.

 

Emerge también la indiferencia, la cual, junto a la falta de optimismo, nos hace difícil que funcione bien la maquinaria que puede vencer tal vaivén"

 

No podemos atajar la recesión democrática desde arriba: no son suficientes ni las recetas programáticas, ni los proyectos impuestos desde las atalayas institucionales. Nos urge, guste o no, restablecer la solidaridad entre los ciudadanos y regenerar el capital humano y cultural, sin el que la democracia se convierta en una oligarquía profesionalizada. La política no consiste en la gestión de intereses privados, sino, ante todo, en la aclaración de bienes y metas comunes. El equívoco acerca de la finalidad de la vida colectiva es lo que ha postergado en la agenda pública los auténticos intereses de los ciudadanos, dando prioridad a decisiones o problemas que no les interpelan. Por tanto, hemos de apostar por el entramado cívico que antecede y da sentido a la política institucional fomentando cauces de participación ciudadana que alineen las metas y motivaciones de las comunidades con las de los políticos profesionales, políticos con fama de ética.

Movimientos de consulta, círculos cívicos, grupos de discusión, encuentros solidarios, nos mostrarán que existen modos alternativos de entender el ejercicio del poder. Eso sí, la dignidad del ser humano y todo lo que conlleva es prioritario. La participación ciudadana, lejos de las autocracias y componendas políticas deben estar alejadas. Lo relevante es la capacidad de todas esas iniciativas para engendrar una nueva esfera política, grupos de ciudadanos informados y comprometidos con el común de sus comunidades. Como observamos, las movidas en estos días de Úrsula y su colega Macron dejando a un lado a los países de Eslovenia, Rumania y República Checa nos lo dice todo. Lo malo de todo esto, ante el ejemplo dado durante los últimos años, ha emergido también la indiferencia, la cual, junto a la falta de optimismo, nos hace difícil que funcione bien la maquinaria que puede vencer tal vaivén.

No solo hemos de restablecer el protagonismo cívico para devolver de nuevo el prestigio a la política, no, los deberes internos de un partido político hacen aguas si el mecanismo interno, en sus decires, en sus hechos, actúan como espera nuestra ciudadanía, la cual posee un olfato especial para depositar su confianza o aludir a la frase tan oída “otro que tal canta”.

Me quedo con el dicho tan sensato que Churchill diría más de una vez y que Europa da la impresión no desea escuchar: “Una nación que olvida su pasado no tiene futuro”. El político alemán Christoph Hensgen, tras el enérgico discurso de Vance, me temo que, hoy día, sería un leal y fiel servidor del estadista británico y primer ministro del Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial. Los valores del político alemán se hundieron tras escuchar al vicepresidente americano. Sus lloros lo dijeron todo. Fabrice Hadjadj estaría orgulloso.

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