Poder empezar, poder terminar

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Tribuna libre

"El inquilino necesita poder pagar su alquiler y saber que un revés económico no lo dejará sin respuesta. El propietario necesita cobrar y tener garantías de que se cumplirán las condiciones pactadas. Una política de vivienda debe tener presentes esas realidades"

Publicado: 08/10/2026 · 06:00
Actualizado: 08/10/2026 · 06:00
  • Manifestación en Madrid por la vivienda.
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Hay jóvenes que aplazan su vida porque no encuentran una vivienda que puedan pagar. Y hay mayores que, después de toda una vida de trabajo, temen perder la casa en la que han envejecido. Entre unos y otros transcurre un problema que atraviesa generaciones y que pasa por disponer de un lugar donde vivir sin que el futuro dependa de una incertidumbre constante.

Una casa guarda los primeros proyectos y los recuerdos de toda una vida. Por eso, cuando hablamos de vivienda, hablamos también de emancipación, de familia y de vejez. De poder marcharse del hogar de los padres y de poder permanecer en el propio cuando empiezan a faltar las fuerzas.

Historias como la de Maricarmen ponen nombre a esa preocupación. Nos acercan a lo que a menudo queda reducido a cifras, contratos y expedientes. Pero la solidaridad que despiertan necesita una respuesta que llegue a tiempo. Para quien teme perder su hogar, los plazos de la Administración pueden resultar demasiado largos.

La vivienda es un derecho de primera magnitud. Reconocerlo obliga a facilitar su acceso y a atender a quienes no pueden conseguirla por sus propios medios. También exige asumir que construir, conservar y financiar una casa tiene un coste. En una economía de mercado, ese derecho no implica gratuidad, pero sí una responsabilidad pública ante la falta de recursos.

 

La protección de una familia vulnerable no puede descansar indefinidamente sobre un propietario particular. Corresponde a la Administración aportar ayudas, mediar y ofrecer una alternativa habitacional cuando sea necesaria"

 

Aristóteles vinculó en su Política la propiedad privada con un uso orientado al bien común. Sin trasladar literalmente aquella reflexión a nuestro tiempo, cabe recoger una idea de que el respeto a la propiedad y la preocupación por los demás pueden convivir. Ese debería ser el punto de partida para buscar acuerdos.

El inquilino necesita poder pagar su alquiler y saber que un revés económico no lo dejará sin respuesta. El propietario necesita cobrar y tener garantías de que se cumplirán las condiciones pactadas. Detrás de ambos puede haber una familia que depende de sus ingresos, una pensión o unos ahorros reunidos durante años. Una política de vivienda debe tener presentes esas realidades.

Las ayudas al alquiler, los avales y los programas de alquiler garantizado pueden acercar ambas necesidades. Para ello hacen falta presupuesto y una gestión capaz de responder antes de que la situación se agrave. La protección de una familia vulnerable no puede descansar indefinidamente sobre un propietario particular. Corresponde a la Administración aportar ayudas, mediar y ofrecer una alternativa habitacional cuando sea necesaria.

Al mismo tiempo, hay que aumentar la oferta de vivienda asequible. La vivienda protegida, en alquiler y en propiedad, necesita suelo, rehabilitación y procedimientos que permitan llevar los proyectos a término. 

El debate debería concentrarse en esas soluciones. Quien busca una casa necesita saber si podrá acceder a ella. Quien teme perderla necesita saber qué ayuda encontrará. Ninguno puede esperar a que termine el enfrentamiento político.

Gobernar también consiste en responder a esa espera. En hacer posible que un joven reciba unas llaves con las que empezar su vida y que una persona mayor pueda seguir abriendo la puerta de su casa sin miedo. Poder empezar; poder terminar. Dos aspiraciones que deberían encontrar sitio en cualquier política de vivienda.

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