Nosotros no supimos poner límites; ellos no pueden poner ladrillos

Opinión

WOMEN TALKS: APRENDIENDO DE ELLAS / CÁTEDRA MUJER EMPRESARIA Y DIRECTIVA

La brecha generacional y la brecha de género no se suman: se multiplican

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Llevamos años hablando de brechas —salarial, de género, digital— y hemos aprendido que solo lo que se mide se gestiona. Por eso me parece una excelente noticia que la brecha generacional haya dejado de ser una intuición de sobremesa para convertirse en un dato.

El nuevo Indicador Sintético de la Juventud (ISJ), elaborado por la Fundación PwC en colaboración con el Círculo de Empresarios, compara por primera vez en España la situación de los jóvenes actuales con la de los de 1995 a partir de 39 variables oficiales (INE, Banco de España, Eurostat) agrupadas en cuatro dimensiones: demografía, mercado de trabajo, educación y vivienda.

El resultado es incómodo pero riguroso: el ISJ se sitúa en +17 puntos en 2024 respecto al año base 1995, donde un valor positivo indica empeoramiento. Dicho en lenguaje llano: un joven de hoy está, en términos socioeconómicos agregados, peor que su padre o su madre a la misma edad.

Formamos a la generación mejor preparada de nuestra historia para un mercado que no siempre sabe qué hacer con ella.

La serie temporal es igualmente reveladora. Tras la mejora de finales de los noventa y primeros dos mil, la crisis financiera e inmobiliaria de 2008 marcó un punto de inflexión, y la brecha abierta entonces nunca llegó a cerrarse; la pandemia la ensanchó.

¿Dónde se concentra el deterioro? La vivienda es, con enorme diferencia, el factor más adverso: +78 puntos. Un menor de 35 años necesita hoy 9,1 años completos de ingresos para comprar una vivienda, frente a los 6,6 años que necesita una persona de entre 55 y 64.

Le siguen la demografía (+21 puntos), que refleja la pérdida de peso de la población joven y la caída de la natalidad, y el mercado de trabajo (+10 puntos), donde el problema ya no es solo acceder a un empleo, sino la calidad de ese empleo: parcialidad y temporalidad involuntarias y pluriempleo. La tasa de paro de los menores de 25 años ronda el 25%, frente al 15% de la media europea.

Solo una dimensión mejora: la educación (-19 puntos). El porcentaje de jóvenes de 25 a 34 años con estudios superiores ha pasado del 16,3% en 1980 al 52% en 2024. Pero esa buena noticia convive con una tasa de sobrecualificación del 35,9%, la más alta entre los grandes países de la UE. Formamos a la generación mejor preparada de nuestra historia para un mercado que no siempre sabe qué hacer con ella.

Ahora bien, permítanme un matiz desde mi propia experiencia generacional, porque el indicador mide condiciones objetivas, pero no mide algo igualmente relevante: el cambio de prioridades.

Nuestros jóvenes, y muy especialmente nuestras jóvenes, no necesitan discursos; necesitan indicadores que bajen.

Quienes fuimos jóvenes en los ochenta y noventa ordenábamos la vida en torno a dos anclas, el trabajo y la vivienda, y a ellas subordinamos casi todo lo demás. Las generaciones actuales no lo hacen, y lo verbalizan sin complejos: “yo no he nacido para trabajar”. Ponen límites muy pronto —a la disponibilidad, a las horas extra, a la movilidad— que nosotros no supimos o no nos atrevimos a poner en esa etapa.

Los estudios europeos de valores confirman que la centralidad del trabajo en el proyecto vital lleva décadas descendiendo. La pregunta científicamente honesta es en qué dirección va la causalidad. ¿Han dejado de priorizar la vivienda y el empleo porque sus valores han cambiado, o han ajustado sus valores porque esas metas se han vuelto inalcanzables?

La economía del comportamiento llama a esto preferencias adaptativas: nadie organiza su vida en torno a un objetivo que exige nueve años de salario íntegro. Probablemente ambas cosas sean ciertas a la vez. Y conviene también admitir la ambivalencia: nuestra entrega sin límites construyó patrimonio y carrera, pero tuvo costes personales que solo ahora nombramos; sus límites tempranos protegen su bienestar, pero pueden tener costes de progresión profesional que aún no han medido.

Juzgar sus prioridades con nuestra vara es tan poco riguroso como ignorar que las condiciones de partida han empeorado.

Y aquí es donde este indicador dialoga con el trabajo que hacemos desde la investigación en género y empresa: la brecha generacional no es neutra al sexo.

Las mujeres jóvenes protagonizan el éxito educativo —entre los 25 y 29 años, seis de cada diez mujeres tienen estudios superiores, frente a cuatro de cada diez hombres— y, sin embargo, siguen presentando una tasa de paro juvenil ligeramente superior (25,8% frente a 24,1% en menores de 25 años) y concentran de forma abrumadora la parcialidad: en torno al 35% de las mujeres ocupadas trabaja a tiempo parcial, frente a menos del 9% de los hombres, y en la mitad de los casos de forma involuntaria.

Si a una joven le sumamos la penalización por maternidad en un contexto donde emanciparse ya exige nueve años de salario, entendemos por qué la natalidad se desploma y por qué tantas trayectorias profesionales femeninas se truncan antes de despegar. La brecha generacional y la brecha de género no se suman: se multiplican.

La conclusión del informe me parece especialmente pertinente para quienes dirigimos empresas o formamos a quienes las dirigirán: las respuestas no pueden ser solo públicas. El propio estudio propone una batería de medidas accionables desde el ámbito corporativo, porque el sector empresarial tiene que ser parte de la solución: empleo de calidad para jóvenes, políticas retributivas que permitan proyectos de vida, flexibilidad real —no cosmética— y planes de carrera que no penalicen los cuidados.

En 1995 nadie medía esto. Hoy sí. Y lo que se mide, se puede corregir.

La pregunta que deja el ISJ sobre la mesa es si estamos dispuestos a tratar la brecha generacional con la misma seriedad con la que —por fin— hemos empezado a tratar otras brechas: con datos, con seguimiento anual y con responsabilidades asignadas.

Nuestros jóvenes, y muy especialmente nuestras jóvenes, no necesitan discursos; necesitan indicadores que bajen.

Isabel Martínez Conesa 

Catedrática de la Universidad de Murcia y directora de la Cátedra Mujer Empresaria y Directiva

Fuentes: Fundación PwC y Círculo de Empresarios, Indicador Sintético de la Juventud (2026); INE, Encuesta de Población Activa; Eurostat.

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