Los muertos no tienen filiación política

Opinión

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El pulso de la Historia

La voz del periodismo que pidió cordura antes del incendio de julio de 1936

Publicado: 28/07/2026 · 06:00
Actualizado: 28/07/2026 · 06:00
  • Antigua sede del diario El Liberal en la calle Jara Carrillo (fotografía original, c. 1920).
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A las doce del mediodía de un día de julio, el asfalto y las fachadas de la Gran Vía de Murcia se convierten en una suerte de géiseres y fumarolas de los que parece imposible ponerse a salvo. La huerta murciana aguanta la respiración mientras las densas ráfagas de aire, procedentes del Sáhara, nos obligan a buscar cobijo entre el arbolado de El Malecón o el respiro artificial de los comercios de Platería. La gente camina sin detener la mirada, apurando la sombra, con la inercia de una provincia que ha aprendido a defenderse de los cuarenta grados por mera supervivencia.

Y en días así, cuando el bochorno narcotiza la vida en la ciudad, paseo por la calle Jara Carrillo y detengo mi mirada en el número 1; recuerdo que en este lugar se encontraban los talleres del diario El Liberal (uno de los periódicos más influyentes de la Murcia republicana) y, de inmediato, tomo conciencia de que, en un mes de julio como este, hace exactamente noventa años, la historia nos abofeteó con sus propios picos de temperatura, derritiendo los cimientos de mi ciudad y de toda España. Desde aquí, los periodistas de El Liberal se hacían eco de los fatales acontecimientos. En el mes de julio de 1936 la prensa se convirtió en un hervidero de noticias que devolvían al lector un "hachazo invisible y homicida" tras su lectura; atentados y crispación llegaban a esta redacción entre el chaspandero de los teletipos y las acaloradas tertulias en El Casino. Así que, al pasar frente al Palacio de Almudí, a escasos metros de Jara Carrillo, siento la irresistible tentación de adentrarme en la hemeroteca y buscar el rastro impreso del mes de julio de 1936.

Pese al estupor que despierta la lectura de las portadas de los días 19 y 20, dirijo mi atención hacia dos firmas vinculadas a Murcia: dos periodistas que, desde las páginas de El Liberal, asumieron el compromiso de alzar la voz para pedir un segundo de tregua unos días antes del levantamiento.

 

La admonición profética de Zozaya encontró su trágico envés apenas setenta y dos horas después"

 

El primer artículo en el que me detengo es publicado el sábado 11 de julio de 1936. En la portada de El Liberal, el influyente escritor y periodista Antonio Zozaya firmaba una columna en su habitual sección "Cartera de un estoico", bajo un título tan rotundo como premonitorio: "El crimen es siempre estéril". Con la elegancia filosófica que le caracterizaba, Zozaya mostraba la absoluta inutilidad política y humana de la violencia. Sostenía que ninguna causa noble puede edificarse sobre el asesinato del adversario, pues el recurso al atentado solo genera una cadena de rencor que termina devorando a quienes la promueven. El crimen, venía a decir Zozaya, no resuelve nada, no convence a nadie y jamás engendra victoria duradera; es únicamente un atajo sangriento hacia la esterilidad y el desastre: 

“Porque a quien hay que combatir no es a un hombre ni a cien mil, sino a los errores que simbolizan o encarnan (…). Los asesinatos políticos no solamente no impiden que las ideas triunfen cuando tales son ideas y no impulsos apasionados, sino que aceleran su triunfo”. 

Aquella admonición profética de Zozaya encontró su trágico envés apenas setenta y dos horas después. La madrugada del 13 de julio caía asesinado el teniente José del Castillo y, como respuesta inmediata en una aciaga espiral de venganza, el líder monárquico José Calvo Sotelo.

El segundo artículo que cae en mis manos es publicado el martes 14 de julio de 1936. El Liberal abría a toda plana con el horror en letras de molde. Y fue entonces cuando el director del periódico, el periodista murciano Ricardo Serna Alba, recogió el testigo moral de Zozaya. Frente a la cuartilla, mientras la linotipia bufaba en el taller, Serna no buscó adjetivos de trinchera ni combustible ideológico. Firmó en la portada una espléndida columna titulada "Ante las víctimas: No más sangre".

Si Zozaya había meditado sobre la esterilidad del crimen, Serna Alba ratificó esta teoría a raíz de los recién asesinados:

“La violencia, parta de dondequiera, tiene su contestación equivalente. Que nadie sueñe triunfos unilaterales en ese terreno porque todo lo que sea renunciar a la sensibilidad y a la inteligencia está al alcance de todas las fortunas mentales (...). Dos hombres acaban de sucumbir víctimas de un rencor delirante que hace estremecer el sistema nervioso de España. Primero ha caído el teniente Castillo, joven idealista, de generosas renunciaciones (...). Luego, por la trágica ruta del martirio, le ha seguido el señor Calvo Sotelo. No establecemos jerarquías entre las víctimas; el dolor y la muerte nivelan a los hombres. Los muertos no tienen filiación política”. 

Esa secuencia de apenas tres días -del sábado 11 al martes 14 de julio de 1936- condensa una de las expresiones de mayor dignidad ética de aquel periodismo español al borde del abismo. Con Zozaya y Serna se impone la convicción de que el “lúgubre torneo de atentados” no traería la solución de ningún problema, sino la ruina moral del país. Serna llegó a citar Macbeth, de Shakespeare, para recordar que quien comete un crimen político “asesina el sueño”, acabando con todo aquello que permite caminar con la frente alta “hacia los más elevados ideales”.

  • Ricardo Serna Alba, redactor jefe de El Liberal, retratado por Victorio Nicolás (1928). -

Aquel clamor conjunto no pudo detener la marea de la historia. Apenas cuatro días más tarde, el incendio de la contienda civil arrasaba España. El propio Ricardo Serna Alba sufriría en carne propia la tragedia que había intentado evitar: en marzo de 1939 partiría desde el puerto de Alicante a bordo del vapor Stanbrook, iniciando un doloroso periplo por los campos de internamiento del norte de África que concluiría en el exilio definitivo en México, donde falleció en 1950 sin poder regresar a su tierra natal.

  • Portada de El Liberal del 14 de julio de 1936. -

Tras consultar la hemeroteca salgo del Palacio Almudí y vuelvo a casa; al cruzar por el puente de los Peligros y observar el curso cansado y denso del río Segura, bajo el terral de julio, algo me reconforta: haber refrescado la memoria de dos grandes periodistas murcianos que, en la hora del fanatismo, eligieron la cordura frente al aplauso fácil de las facciones; eligieron recordar que la primera obligación de quien escribe consiste en no alimentar el incendio.

La Murcia de hoy no es, felizmente, la de 1936. Vivimos en una sociedad democrática, próspera y libre. Sin embargo, las lecciones de Zozaya y Serna Alba conservan validez universal. Nos recuerdan que la convivencia no es un regalo garantizado, pues del mismo modo que ciegan los celos, la envidia o el deseo de venganza, también puede hacerlo el entusiasmo desmedido por un ideal, y que “toda arma homicida tiene dos filos, y el más mortífero es el que hiere al agresor”. Noventa años después, bajo el sol inmisericorde de otro julio, aquellas palabras siguen esperando que alguien vuelva a leerlas. Quizá porque hay veranos que no solo calientan las calles: también ponen a prueba la temperatura moral de una sociedad.

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