Los misterios de El Carmolí: las historias que cuenta el paisaje

Opinión

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MURCIA. El paisaje es un logro de la civilización occidental. Es un concepto, no una panorámica visual, más o menos grata. El Romanticismo fue quien puso los primeros cimientos de ese concepto fundamental en la Historia de Occidente y del Mundo. Luego, los movimientos culturales sucesivos fueron moldeando sus contornos. Hoy, el paisaje es el sentimiento que hace aflorar en nosotros, lo que vemos, ante una panorámica. Pero, antes que nada, abordemos sin ambages la contradicción sobrevenida, el paisaje es un concepto sentimental; más que un sentimiento conceptual. Es un binomio corazón-cabeza.

El paisaje es Belleza y es Historia. Todo humano debería conocer y amar su paisaje. O sus paisajes. Los paisajes cambian, igual que nuestro cuerpo cambia. El paisaje español, en los últimos tiempos, cifrados en alguna década que otra, ha cambiado. Y ha cambiado mucho, para bien. Por todas partes, aparece un paisaje dulce, de ordenada cosecha o nemorosa arboleda. Antes sólo había yermo y sequedad. He recorrido dos veces España este verano, y lo he comprobado.

Hoy, aquí, me quiero referir a las costas del centro occidental del Mar Menor, un amplio cuadrado. Los Alcázares-El Estacio, como lado norte, y El Carmolí-Isla del Barón/Cabo Romano (antes, el Galán), como lado sur, conforman ese cuadrilatero central que digo. Bien, en el 77, este cronista fue caballero aspirante a la Milicia Aérea Universitaria. Periodo de instrucción en Los Alcázares, aquel poblachón de plaza de tierra con el quiosco en una esquina; a años luz del moderno y confortable municipio de hoy en día. Luego, Alférez de Complemento, y Teniente en la Reserva el día de la licencia.

Bueno, pues, un par de veces nos llevaron de marcha, a las tres escuadrillas, hasta El Carmolí, donde había un puesto militar de almacenamiento de explosivos. Unos ocho kilómetros más o menos. Recuerdo muy bien el entorno -aún no paisaje para mí- como pobre e improductivo. ¡Qué diferencia con el de ahora! Permitan la expansión personal, inevitable al hablar de los tiempos de la mili, hoy lamentablemente perdidos: un servidor dio en silbar la rítmica melodía del Submarino Amarillo de los Beatles. Un éxito que los tenientes al mando quisieron, pero no pudieron, evitar. Ellos también terminaron silbándolo. Imponía un compás  de marcha estupendo.

Luego, mi formación filológica y mi curiosidad histórica me completaron el total, o casi el total, del paisaje. Carmolí es de origen catalán: Cap del Molí. Cabezo del Molino. Pero, todos, si se habla de molinos en el Campo de Cartagena nos vamos a los molinos del viento. Estos ingenios llegan a La Mancha de manos de Felipe el Hermoso, finales del XV. Y al Campo de Cartagena -en mucha parte entonces, Campo de Murcia- en el XVIII y en el XIX. Abundaron tanto que se murieron de pura competencia entre ellos. Bien, así las cosas, el Molino de la etimología no puede ser otro que un molino de sangre; esto es, de animal que da vuelta a una rueda que gira sobre otra, instalando entre ambas, el grano. ¿Y quiénes fueron aquellos 'catalanes' que bautizaron el enclave? Pues los piratas ibicencos, del XIV, que abastecían de topónimos de la costa sureste a los cartógrafos mallorquines, la familia judía Cresques en particular. Estos piratas pasaban sin problemas por las golas, anchas y numerosas, que entonces tenía nuestro mar.

Hoy, mirando desde Google Maps se ve una llanura totalmente sembrada y parcelada, que impone orden, que es un factor de la belleza, en todo el campo adyacente. Cuando yo subí a la cima, era un secarral de algarrobos y alacranes, con perdón.

Pero, no queda ahí la cosa. El Carmolí es un antiguo volcán. Hay todo un rosario de volcanes extintos desde la Isla Grossa hasta las mismas lindes de la ciudad de Cartagena. Citemos al Cabezo Beaza, entre otros. Los volcanes son ríos de riqueza verticales, que luego de olvidadas las desgracias de la erupción, dejan minerales de gran uso industrial, y lava ya encenizada, fértil y agradecida.

Y, pasando a la Historia reciente: los llanos, hoy saladares, del norte del volcánico cerro, fueron pistas de aviación, donde los soviéticos que ayudaron   a la República, hacían pruebas de velocidad con sus chatos. Recordemos, que, en algún tiempo atrás, Los Alcázares fue base de hidroaviones, los italianos enseñaron a los españoles, cuando la Belle Époque, a manejar aquellos pájaros de acero, que amerizaban en el Mar Menor.

Así que ibicencos, italianos, rusos, y, siempre, iberos y españoles en general. Los paisajes cuentan historias. Escuchémoslas y hagámonos nosotros también paisaje.

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