MURCIA. De esperar. De hacer cuentas. De que los llamaran para llenar un salón durante la campaña electoral y después no encontraran un hueco para recibirlos. De escuchar que vivían demasiados años, cobraban durante demasiado tiempo y suponían un problema para las cuentas públicas.
Ninguno había pensado en fundar un partido. Precisamente por eso, cuando lo hicieron, los partidos de siempre tardaron en tomárselos en serio.
Todo empezó en una cafetería de Murcia.
Pepi llevaba casi un año preguntando por la ayuda a la dependencia de su hermana. Clemente había vuelto del banco sin resolver una gestión. Antonio repasaba un recibo que acababa de sacar del bolsillo.
—¿Qué sería de muchas familias sin las pensiones de los abuelos? —preguntó.
Por un momento, ninguno respondió.
Si los jubilados nos uniéramos a nivel nacional, podríamos reunir más de diez millones de votos. Seríamos la primera fuerza del país"
Después hablaron de hijos separados que regresaban a casa, de otros en paro, de alquileres imposibles. De nietos que necesitaban libros, zapatos o unas gafas. De compras que se dejaban en una cocina procurando que parecieran un regalo.
—Mi hijo volvió con dos maletas —dijo Pepi—. Le preparé su habitación y le dije que no se preocupara. Después me encerré en el baño para hacer cuentas.
Nadie preguntó por qué en el baño.
—Mi pensión está a mi nombre —añadió Clemente—, pero comemos varios.
La idea del partido apareció cuando el camarero ya había retirado las tazas.
—¿Y si nos organizamos?
Pepi sacó una agenda.
—En Murcia, para empezar —dijo Clemente—. Pero pensadlo: si los jubilados nos uniéramos a nivel nacional, podríamos reunir más de diez millones de votos. Seríamos la primera fuerza del país.
Antonio levantó la vista del recibo.
—Eso sí que haría temblar a los de siempre.
—Primero habrá que conseguir que nos escuchen aquí —dijo Pepi—. Después ya veremos hasta dónde llegamos.
Hasta entonces, aquellas conversaciones habían terminado al pedir la cuenta. Esta vez terminaron con una fecha.
Además, eran rockeros.
Les gustaba la música de su juventud, la que habían bailado cuando el porvenir todavía no tenía facturas. Los Beatles, los Rolling, Los Brincos… Bastaban unos acordes para que Clemente marcara el ritmo sobre la mesa y Pepi recordara dónde había escuchado aquella canción por primera vez.
Alguna reunión acababa hablando de conciertos y de los conjuntos en los que habían tocado. Antonio tenía historias suficientes para retrasar cualquier orden del día.
—Como sigamos así, en vez de un partido montamos un festival —dijo Pepi.
—Una cosa no quita la otra —respondió Clemente.
La música les había dado amistad, recuerdos y muchas conversaciones. Ahora intentaban ponerse de acuerdo en asuntos bastante menos armoniosos.
En la segunda reunión llevaron los resultados de las autonómicas de 2023.
Habían votado 694.855 personas. El PP había obtenido 293.051 votos y 21 diputados. Para la mayoría absoluta hacía falta 23 escaños.
Clemente escribió las cifras en una pizarra.
—Esto es lo que ocurrió. Lo que podamos conseguir nosotros todavía no lo sabemos.
Alguien mencionó 270.000 jubilados. Una de las asistentes pidió la fuente. No pudieron comprobarla y apartaron aquella cifra de sus cálculos.
Tampoco contaron a los familiares como votos seguros.
—Mi hija me quiere mucho —dijo Antonio—, pero lleva veinte años discutiéndome todo.
La hija acudió a la siguiente reunión. Y discutió varias propuestas.
Fue útil.
Había cuestiones que afectaban a varias generaciones: la dependencia de un padre, el empleo de quien lo cuidaba, la vivienda del hijo que había regresado a casa. Escucharlas juntas cambió el programa.
Llegaron profesores, comerciantes, sanitarios, administrativos y trabajadores de muchos oficios. También mujeres que habían sostenido hogares durante décadas sin que todo aquel trabajo apareciera en sus cotizaciones.
Buscaron asesoramiento, calcularon costes y revisaron qué correspondía al Estado y qué podía decidir la Comunidad Autónoma. Algunas promesas desaparecieron del borrador.
—Estas quedaban muy bien —lamentó uno.
—Pero no podíamos cumplirlas —respondió Pepi.
Hubo discusiones y abandonos. Compartir edad no los hacía pensar igual. Aprendieron a corregir propuestas sin tomárselo como una ofensa personal.
Y siguieron trabajando.
La noche electoral, la candidatura superó los 360.000 votos.
Con una participación semejante a la de 2023, había conseguido más de la mitad de los votos emitidos. El reparto de escaños confirmó la mayoría absoluta.
Los resultados ya no dejaban lugar a bromas: aquel partido nacido entre jubilados iba a gobernar Murcia.
Los apoyos procedían también de familiares y de ciudadanos que no conocían a ninguno de sus fundadores. Habían votado por razones distintas. Ahora tendrían que responder ante todos.
En la pequeña sede sonó una canción de los Beatles. Clemente subió el volumen. Pepi le pidió que lo bajara: acababa de recibir la primera llamada de felicitación mientras terminaba un trozo de tortilla.
Reconoció el número.
—Es el mismo que no podía recibirme en febrero.
Dejó el tenedor y contestó.
Días después entró en el Palacio de San Esteban para una reunión del traspaso de poderes. Llevaba la carpeta con la que había recorrido oficinas preguntando por su hermana.
Esta vez nadie le pidió que volviera otro día.
Gobernar les quitó pronto cualquier tentación de prolongar las celebraciones.
Habían ganado. Tenían mayoría. Las decisiones eran suyas y las explicaciones también.
Pepi formó un equipo de distintas edades y exigió preparación para cada responsabilidad. Haber participado en la campaña no daba derecho automático a dirigir una consejería.
Las primeras medidas se concentraron en dependencia, ayuda a domicilio y atención presencial en los servicios autonómicos.
Cada compromiso debía tener financiación, responsables y plazos.
—Y una forma de comprobar si se cumple —añadió Clemente—. Aprobar dinero no significa que haya llegado a quien lo necesita.
Sobre las pensiones estatales defendieron sus propuestas ante las instituciones competentes y buscaron acuerdos con otras comunidades. No anunciaron subidas que no podían aprobar desde la Región.
En sus propias competencias tenían trabajo suficiente para llenar las agendas.
La mayoría parlamentaria permitió sacar adelante las primeras medidas. Algunas enmiendas de la oposición mejoraron los textos y fueron aceptadas. Otras se rechazaron entre protestas. La Asamblea no se había convertido en una reunión de amigos.
Después llegó la ejecución.
Faltaban profesionales en algunos lugares. Hubo contrataciones que tardaron más de lo previsto. Una medida tuvo que corregirse porque dejaba fuera situaciones que nadie había contemplado.
Pepi compareció para explicar un retraso.
—Nos comprometimos a una fecha que no hemos cumplido.
Un asesor le había recomendado decir 'adaptación del calendario'.
A ella le pareció que quien llevaba meses esperando merecía una explicación más clara.
Los resultados llegaron poco a poco.
Una mujer consiguió más horas de asistencia para su madre y pudo ampliar su jornada laboral. Un hombre resolvió una gestión en una oficina sin pedir ayuda a su nieto. Varias familias empezaron a recibir información comprensible sobre sus expedientes.
Otras seguían esperando.
El Gobierno publicó los avances y los retrasos. Las cifras buenas y las malas. También los contratos, los gastos y el grado de cumplimiento de sus compromisos.
Una parte de la opinión pública empezó a reconocerles algo que echaba de menos: trabajaban para servir, no para servirse.
Las denuncias de corrupción contra algunos políticos habían alimentado la desconfianza. Por eso, las declaraciones de honradez ya convencían poco. La gente quería comprobar qué hacían con el dinero.
Y ellos tuvieron que demostrarlo.
Estaban de vuelta de muchas cosas. Habían criado hijos, cuidado enfermos, perdido seres queridos y aprendido cuánto costaba levantar una casa y qué poco hacía falta para que se viniera abajo. Para Pepi, una ayuda a la dependencia tenía el rostro de su hermana. Para Antonio, hablar de dificultades económicas era recordar los recibos que había repasado tantas veces sobre la mesa de la cafetería.
Trabajaban por sus familias y por otras cuyas preocupaciones conocían demasiado bien.
La edad no los hacía incorruptibles. Lo sabían. Por eso habían aceptado controles que también los obligaban a ellos.
—No nos pidáis confianza por tener canas —dijo Pepi—. Mirad lo que hacemos con el dinero de todos.
Y la gente empezó a mirar.
También a criticar.
—Nos están exigiendo mucho —comentó un consejero.
—Nos dieron mayoría absoluta —respondió Pepi—. Algo tendría que significar.
Los partidos de siempre comenzaron a estudiar sus medidas con más atención. Ya no bastaba con bromear sobre su edad. Había que discutir cifras, proponer alternativas y examinar resultados.
El edadismo no desapareció por decreto. Continuaron las bromas sobre las canas y alguna pregunta que nadie habría hecho a un gobernante más joven. Pero resultaba difícil tratarlos como incapaces sin entrar a valorar su trabajo.
Eso era lo que Pepi quería: que se examinaran sus decisiones.
También las malas.
Un año después, los fundadores regresaron a la cafetería.
Antonio llevó dos quejas de conocidos. Clemente sacó unas cifras. Pepi pidió primero el café.
El camarero se acercó.
—¿Y ahora qué? ¿Habéis arreglado todo?
—No —dijo Pepi— .Y estas dos quejas vienen a recordárnoslo.
Abrió la carpeta.
En la radio empezó a sonar uno de aquellos temas que conocían desde jóvenes. Clemente golpeó suavemente la mesa con dos dedos.
—El ritmo todavía lo llevas bien —dijo Antonio.
—Las rodillas llevan otro.
Se rieron. Después volvieron a los papeles.
Al salir, una mujer reconoció a Pepi y le habló de su padre. Por fin recibía la ayuda que necesitaba. Pepi escuchó sin mirar el teléfono. Después anotó el caso de otra familia que continuaba esperando.
En la mesa había quedado un periódico abierto. La columna política se preguntaba si aquel Gobierno lograría repetir su victoria.
Un año antes, el mismo columnista se había preguntado quién podía tomarse en serio a un partido de jubilados.
Pepi dobló el periódico y se lo llevó.
Las dos preguntas merecían guardarse.