La revolución que terminó en un armario

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Tribuna libre

"A veces basta una habitación para entender por qué las revoluciones empiezan prometiendo tanto y terminan tan solo moviendo los muebles"

Publicado: 19/08/2026 · 06:00
Actualizado: 19/08/2026 · 06:00
  • Imagen generada por IA.
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En cierta etapa de mi vida tuve una alcoba que, sin yo saberlo entonces, acabaría enseñándome algunas cosas sobre las revoluciones. Tenía una cama desde la que, aún acostado, podía vislumbrar un cielo estrellado a través de un lucernario practicado en el tejado. Frente a ella había una cómoda y, en un lateral, un armario. Era un orden antiguo, nacido más de la experiencia que de un plan. Como tantos órdenes políticos de la historia, parecía destinado a durar mientras nadie se preguntase por qué estaba allí.

Un día, harto de aquella monótona distribución, decidí cambiar los muebles de sitio. Puse la cama bajo la ventana y el armario donde antes estaba aquella. No había derribado ninguna pared ni proclamado una nueva Constitución, pero me pareció que acababa de empezar una era.

Durante un tiempo me sentí satisfecho con mi reforma. La habitación parecía distinta y yo, que era su principal habitante y, por tanto, la autoridad competente, tenía la agradable sensación de haber tomado una decisión trascendental.

Pero el entusiasmo, como suele ocurrir, tenía fecha de caducidad.

 

Tener la cama en mitad del dormitorio me pareció extravagante, moderno y, sobre todo, revolucionario"

 

Al cabo de unas semanas volvió el aburrimiento. Descubrí entonces que el problema no era dónde estaba la cama, sino que desde ella había dejado de ver el cielo. De modo que la trasladé al centro de la estancia.

Aquello ya era otra cosa.

Tener la cama en mitad del dormitorio me pareció extravagante, moderno y, sobre todo, revolucionario. Durante un tiempo, la incomodidad quedó compensada por el orgullo de haber roto con la tradición. No faltaba más: si uno no puede estar confortable, siempre puede consolarse pensando que está haciendo historia.

Fue entonces cuando empecé a sospechar que quizá las revoluciones siguieran un camino parecido. Al principio, el entusiasmo consigue que los sacrificios parezcan razonables. Lo que en circunstancias normales resultaría insoportable se vuelve admirable cuando se presenta como el precio inevitable de un futuro mejor. Lo nuevo se confunde con lo mejor y el mero cambio parece justificar cualquier incomodidad.

Pero también la revolución se acostumbra a sí misma.

Un buen día descubrí que la nueva disposición del mobiliario ya no tenía nada de extraordinario. Además, echaba de menos una pared junto al cabecero. Había ganado libertad por los cuatro costados y perdido, en cambio, algo bastante más modesto: el bienestar.

Comprendí entonces que incluso las revoluciones acaban generando costumbres. Lo que ayer parecía audaz termina convirtiéndose en norma; lo que nació para combatir una ortodoxia acaba defendiendo su propio rincón con la misma solemnidad que la anterior.

Así que decidí ir más lejos. Puse el armario ocupando el espacio central del aposento.

Ya no era un reformista ni un simple inconformista. Era un vanguardista. Había llegado, según mis propias estimaciones, a una fase superior de la historia del mobiliario.

El problema de llevar las cosas demasiado lejos es que, una vez reinventado el mundo, alguien tiene que vivir en él.

 

El progreso auténtico debería traducirse en más libertad, prosperidad, cohesión y oportunidades"

 

Durante un tiempo me gustó mi nueva habitación. El armario en mitad del paso obligaba a rodearlo, a buscar caminos alternativos y a desarrollar cierta agilidad. Me pareció que aquella molestia era precisamente la prueba de que estaba haciendo algo importante.

Pero incluso las extravagancias se vuelven rutina.

El armario dejó de parecerme revolucionario y empezó a parecerme, sencillamente, un armario mal colocado.

Fue entonces cuando comprendí que todavía podía ir más lejos.

Si reformar no bastaba y la vanguardia terminaba por aburrir, sólo quedaba una solución: la ruptura definitiva. Había que acabar de una vez con el viejo concepto de dormitorio.

Decidí dormir dentro del armario.

No fui el primero en creer que la destrucción del antiguo orden conduciría inevitablemente a la felicidad. Muchas grandes revoluciones han prometido una humanidad nueva y han anunciado que, después del último esfuerzo y del último sacrificio, llegaría por fin el paraíso.

 

Cuando la realidad se resiste al ideal, siempre existe la tentación de culpar a la realidad"

 

Yo también estaba convencido de haberlo encontrado. El problema fue que no podía coger el sueño.

Intentar pasar la noche dentro de un armario resulta menos cómodo de lo que suele sugerir la teoría revolucionaria. No había espacio para tumbarse, la postura era deplorable y, al poco rato, los pies empezaron a hincharse. La columna tampoco parecía compartir mis entusiasmos históricos.

Lo más penoso no fue el dolor, sino descubrir su origen. La innovación que había de conducir a mi dicha era exactamente la causa de mi desgracia.

Entonces comprendí una verdad bastante antigua: cuando la realidad se resiste al ideal, siempre existe la tentación de culpar a la realidad. Si el mundo no funciona como habíamos previsto, se intenta cambiarlo. Si el cambio fracasa, se cambia de nuevo. Y si todavía no funciona, siempre queda la tentación de pensar que el problema está en que no hemos cambiado lo suficiente.

Cuanto más incómodo me sentía yo dentro del armario, más razones encontraba para convencerme de que aquel era el precio de un futuro mejor.

No había amanecido todavía cuando mis condiciones anatómicas declararon oficialmente agotada su capacidad revolucionaria.

Salí del armario y me metí en la cama.

No fue una contrarrevolución gloriosa. No hubo banderas, barricadas ni discursos. Sólo un hombre cansado que comprendía, por fin, que había pasado unos cuantos meses moviendo muebles para terminar exactamente en el lugar en que se encontraba mejor.

Muchas revoluciones han tenido un desenlace parecido. Después de años de entusiasmo, sacrificios y promesas, las sociedades terminan recuperando, con modificaciones, instituciones y costumbres que antes consideraban insoportables o indignas de su tiempo. La historia rara vez vuelve exactamente al punto de partida, pero tampoco suele llegar al paraíso anunciado.

Cambian los nombres, los símbolos, las leyes y los dirigentes. El ser humano, en cambio, conserva la obstinada costumbre de seguir siendo humano.

 

Aprendí que cambiar no equivale necesariamente a avanzar, ni conservar necesariamente a acertar"

 

Durante los días siguientes recompuse la habitación.

Puse la cama junto a la pared, donde podía descansar sin sobresaltos y recuperar desde ella las vistas de la luna y las estrellas. La cómoda volvió a sus pies y el armario regresó al costado, donde cumplía dignamente su función de armario sin aspirar a dirigir la habitación.

Desde entonces mantengo aquel orden antiguo. No porque crea que todo cambio sea malo —al contrario, algunos muebles estaban mal puestos y convenía moverlos—, sino porque aprendí que cambiar no equivale necesariamente a avanzar, ni conservar necesariamente a acertar.

El progreso auténtico debería traducirse en más libertad, prosperidad, cohesión y oportunidades. Mi revolución de los muebles no consiguió nada de eso: sólo que durmiera peor.

Ahora, mientras permanezco tumbado con la cabeza sobre la almohada, pienso que quizá la historia del mundo no sea muy distinta de la de mi antigua habitación: un empeño constante en cambiarlo todo para acabar buscando, después de tanto movimiento, un lugar razonable donde poder vivir.

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