El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha anunciado recientemente la retirada de la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad a Antonio Vallejo-Nájera. El motivo es que este psiquiatra, el primer catedrático de esa materia en la universidad de Madrid, aplicó la teoría eugenésica para justificar la represión contra los adversarios del franquismo, en especial los comunistas. Podría argüirse que el degradado falleció en 1960, pero no será esa mi crítica, sino que se han olvidado del verdadero introductor de la eugenesia en España: el médico socialista Enrique Diego-Madrazo. Verdaderamente imperdonable.
Ya en 1904, cuando Vallejo-Nájera ni siquiera había terminado sus estudios universitarios, el cirujano socialista publicó El cultivo de la especie humana, primera obra eugenésica española de la que tengo noticia. Nos aclaraba que la eugenesia se basaba en dos principios: las características de la raza se transmitían y se modificaban a través de las generaciones y la hembra influía tanto como el macho en la cooperación sexual y la transmisión de las características. Se quejaba de que mejorábamos las razas de los perros, pero dejábamos degenerar las razas de los hombres. Aceptábamos deformidades que rechazaríamos en caballos, pero no encontrábamos nocivo engendrar seres calamitosos, imbéciles, tuberculosos y sifilíticos. Levantábamos cárceles y manicomios, pero nos escandalizábamos con la eugenesia. Puesto que el homicidio y el robo no dependían del Código penal, sino del “Código Fisiológico”, el crimen era el fruto de una célula enferma que no habíamos corregido. Como era más fácil inventar un Código Penal que un “Código Eugenético”, llamábamos libertad al caos reproductivo. Amparadas por los gobiernos, las familias taradas eran fábricas de criminales, que luego metíamos en las cárceles. Había que seleccionar la belleza, la salud, la fortaleza mental y la alegría del organismo sano. Después de todo, las leyes genéticas eran comprobables.
Más aún, las leyes de Mendel se aplicaban a los hombres. Había llegado, pues, el momento de “homogeneizar” la Humanidad. Mejorando nuestra semilla prosperarían las virtudes y se acabarían los vicios. Reconocía que se necesitarían más de dos generaciones para obtener una raza sana, bondadosa y activa, pero después lograríamos perfectos atletas y excelentes científicos. Para ello había que privilegiar las razas humanas predilectas y coaccionar a las degradadas. Debíamos aislar en colonias rurales a los no seleccionados y ligar los conductos deferentes de los indeseables. Además, debíamos implantar el certificado sanitario prenupcial, que sería gratuito y obligatorio, y legislar el delito sanitario.
En sus Cartas entre mujeres, de 1930, se expresaba con admirable claridad fingiendo una voz femenina: “Somos las encargadas de hacer a los hombres, y no hay otro medio de purificación que con nuestro amor y la selección hereditaria”. Sus seguidores elogiaron que combinó brillantemente la doctrina socialista, la pedagogía y la eugenesia. De hecho, fue el principal impulsor de las primeras jornadas eugénicas de la universidad de Madrid, inauguradas 21 de abril de 1933 por Fernando de los Ríos, a la sazón ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes.
No en vano Madrazo había escrito el año anterior Pedagogía y Eugenesia. En ese libro señalaba lúcidamente que el problema definitivo de la civilización no estaba en la educación, sino en las razas. Puesto que el progreso se basaba en la raza y la educación, había que preparar a la mujer para la maternidad, pues era la única hembra que había perdido el instinto de educar en los primeros años tras el parto. Entre los quince y diecisiete años no debía haber coeducación en las escuelas, pues había que enseñar a las muchachas las labores del hogar, la economía y, sobre todo, las leyes de la maternidad, la puericultura, la fecundación y la selección sexual. Por su parte, los muchachos debían aprender lo referente a los oficios, las artes, las letras, las ciencias y, en particular, las enfermedades de transmisión sexual y el “beso sexual” (no se refería a la felación, ni a besos con intercambio de saliva, sino poéticamente al coito). Insistía en que no se dejase el futuro (de los humanos) al azar de la fecundación, pues la educación no lograría corregir los defectos hereditarios y de ahí la necesidad de la eugenesia. La inteligencia no se aclararía mientras la raza no depurase sus impurezas fundamentales. De hecho, los pasados adelantos de la Humanidad se debieron a la selección sexual. Por eso la justicia solo llegaría cuando la Humanidad cultivase, como había cultivado las plantas y los animales domésticos, la progenie de su propia raza.
Nuestro genial médico socialista estaba en contra de la moda de ocultar las mamas femeninas. Y tenía su motivo: ese tipo de ropas provocaría que se les fuesen atrofiando (aquí probablemente se había inspirado en Lamarck). Y añadió un par de ideas realmente revolucionarias. Primera, puesto que los buenos pedagogos no abundaban, se debía implantar prioritariamente la selección sexual de los maestros y se debía procurar que los maestros seleccionados se casasen con las maestras selectas. En esa tarea eugenésica los inspectores educativos debían jugar un papel enérgico. Segunda, como una mujer solo podía tener un hijo cada año, pero los hombres podían engendrar más de un hijo cada día, había que implantar la poligamia siempre que obedeciese a un criterio científico para homogeneizar las castas. ¿Y los otros hombres? Compasivo, recomendaba que practicasen el beso sexual de forma improductiva con las mujeres inadecuadas.
Tranquilidad: la poligamia solo duraría en la etapa de extinción de la fealdad; después se volvería a la monogamia. No obstante, incluso en la etapa de la poligamia eugenésica, se respetaría la monogamia entre enamorados, siempre que fuesen genéticamente adecuados. Finalmente, exigía que la cartilla eugenésica formase parte del programa del Partido Socialista. A la vista de este insuperable precursor, alguna émula de Carmen Calvo debería explicar a las feministas de derechas que “la eugenesia es nuestra, bonita”