Opinión

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El gato en la talega

La ciudad que no se explica: Cartagena se reconoce

"En Cartagena, hablando de Cartagena, cada palabra incluye identidad, aunque no salga en los mapas, y se erige como la defensa más sólida contra cualquier olvido"

Publicado: 22/03/2026 ·06:00
Actualizado: 22/03/2026 · 06:00
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Conforme se acerca la Semana Santa, Cartagena deja de explicarse y empieza a mostrarse. La ciudad se afina como un tambor con sordina. Se ordena sin ruido, medida en pasos exactos entre silencios compartidos, mediante una forma de estar que no precisa traducción. Cartagena no se cuenta: se reconoce.

En ella conviven instituciones milenarias, restos arqueológicos únicos, una historia que se estudia en libros serios, tradiciones que no compiten entre sí y, por supuesto, una suerte de Concejo Imperial de los Cartageneros Enfadados, que no aparece en ninguna guía, pero funciona con más eficacia que el Senado romano. A veces es suficiente un resoplido de los que mueven el flequillo, para que quede automáticamente constituido.

El Concejo es una entidad difusa, espontánea, omnipresente. Basta con que una o uno emita una queja contextualizada y con energía del tipo “¡esto es un atraco!” para que automáticamente se inicie el debate. Las sesiones se convocan sin orden del día, sin mesa presidencial y sin aperitivo obligatorio, cosa que nunca ha frenado a nadie, acostumbrados a pocas prebendas. Su democracia es tan perfecta que todos están de acuerdo incluso antes de saber exactamente de qué se habla. No es desorden: es un sistema reconocible para cualquiera que haya vivido aquí más de cinco minutos.

Su activación obedece a fenómenos diversos: la última promesa del AVE, con una fecha de entrega similar a la de un perezoso dando la vuelta al mundo, la enésima noticia que confunde Cartagena con otra ciudad o comunidad autónoma; cualquier titular que no empiece por “trimilenaria”; o la sospecha, fundada o no, de que alguien ha pronunciado “capital” con exceso de convicción. Su mecánica es sencilla: uno protesta, otro amplía la queja, un tercero contextualiza desde Aníbal Barca y, mientras, alguien añade un básico “pa’ mearse y no echar gota”. Al final, todos concluyen que “esto, con nosotros, no”, que cierra el acta. Es el protocolo emocional mejor conservado de la ciudad.

 

Una ceja cartagenera puede enderezar lo mismo un trono que el curso de la historia"

 

En este contexto, la noticia de la próxima aparición del Capitán Alatriste en el espacio público cartagenero es un recordatorio de las máximas que movilizan el Concejo: el orgullo contenido, la ironía defensiva y la lealtad sin aspavientos, aun cuando es un personaje más de silencios que de plenos improvisado. En la prueba de fuego de este homenaje a los Tercios encontraremos el reto de que, al mirarlo de frente, encaje solo. Los personajes, como las ciudades, pertenecen menos a quien escribe que a quien los reconoce. Y si Alatriste levantara la vista y viese un pleno del Concejo en acción, quizá pediría una marinera y asentiría levemente, que es nuestra forma de aprobación.

  • Escultura del Capitán Alatriste -

Porque si algo cohesiona este carácter, más que el enfado, es la lengua. La comunicación del Concejo se realiza en cartagenero premium, entendido como la lengua que emerge cuando una persona de Cartagena se enfada, momento en el que flora una auténtica arqueología emocional que lo impregna todo. Es una lengua que entiende el que la vive y se pierde el que no la pisa, que exige estudios prácticos en ironía. Muchas expresiones suenan a salitre, a familia, a abuela mandando desde la cocina: “¿has visto tú esto?”, sin intención de preguntar, sino a modo de juicio. O un “me cago en la mar serena” procedente de la poesía que da el Mediterráneo, junto a otras más de calle, o de barrio, o de brisa, como el “ya han encanao el balón”, “baja el libro de la leja”, “espérame en el pico esquina”. Y cuando falta gracia o compromiso, todos lo entendemos: “eso está más seco que la boca del púnico”.

En Cartagena, hablando de Cartagena, cada palabra incluye identidad, aunque no salga en los mapas, y se erige como la defensa más sólida contra cualquier olvido. A sus murallas históricas se une una suerte de muralla lingüística por más incursiones que haya resistido. Un acento que, aunque pueda sonar brusco para algunas personas foráneas, es en realidad una caricia de trimilenio, reconocible hasta por el mármol del Palacio Consistorial. Y lo que relaja soltarlo.

 

Hay lugares que necesitan ser explicados constantemente, como si temiesen no ser comprendidos. Cartagena no. Cartagena, cuando se quiere, se representa"

 

Lo que hace grande al Concejo Imperial de los Cartageneros Enfadados no es el enfado, sino la forma de mirar. Una mirada que reconoce lo propio incluso cuando lleva una pátina de ficción, y que no necesita validaciones externas para sostenerse. Una ceja cartagenera puede enderezar lo mismo un trono que, si hace falta, el curso de la historia. Al final, se trata de pasión, de esa manera particular de vivir la ciudad y devolvérsela al mundo.

Y quizá por eso, cuando llega la Semana Santa a Cartagena, el Concejo se disuelve sin necesidad de votación. No porque desaparezca el criterio, sino porque no es necesario defender nada y todo encaja sin esfuerzo. Hay lugares que necesitan ser explicados constantemente, como si temiesen no ser comprendidos. Cartagena no. Cartagena, cuando se quiere, se representa. Y entonces ya no hay debate posible, ni dentro ni fuera.

En Semana Santa la ciudad vuelve a esa luz antigua que desciende del cielo al mar, la misma que Carmen Conde reconoció como una rosa abierta sobre su bahía. Nada necesita explicación entonces: basta mirar, y dejar que Cartagena nos mire. En ese intercambio silencioso, tan viejo y siempre nuevo, todo se ordena, todo se afirma y todo se entiende. Lo demás, como la sombra que nunca alcanza a borrar la luz, se queda fuera.

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