Mi padre se jubila. Ya no entregará ni una carta más. Cierra una etapa maravillosa donde ha coincidido con cientos de personas que un día fueron extraños y han acabado siendo parte de su familia.
Mi padre fue el primero que puso una pelota en mis pies, supongo que con la pretensión de que fuera futbolista. No pudo ser así, pero puedo decir con orgullo que siempre lee estas columnas con una sonrisa en la cara; eso me basta, aunque a mí también me hubiera gustado vestir la grana.
Sus raíces en el mundo del fútbol de barro fueron el germen para que me enamorara de este deporte. Llevó al equipo de mi pueblo, al Blanca Club de Fútbol, a la tercera división. Todavía recuerdo a los Risueño, Valverde, Jorge Ato, Perico, Mendiolea, Pacheco, Gambín, Movar, Alberto Puche, Garre, Oscar Fernández, Ricardo, Pedrosa, Joaquín Sánchez, Planes, Roque y un sinfín de jugadores y técnicos que siguen llamando presi a mi padre treinta años después.
"Mi abuelo Antonio intercambiaba mensajería con Telmo Zarra. ¡Eran amigos! Hasta le invitó a su boda; hoy es impensable que alguno de nosotros le envíe un WhatsApp a Vinicius, Morata o Lamine Yamal"
Quizás al deporte rey le sobran millones de euros. Toda la élite del fútbol vive muy alejada de la realidad en la que vivimos el resto de mortales, parece hasta incluso darle igual las guerras, el hambre en el mundo o la clase política. Mi abuelo Antonio intercambiaba mensajería con Telmo Zarra. ¡Eran amigos! Hasta incluso le invitó a su boda a la que no pudo venir por motivos de agenda, tenía partido. Hoy es impensable que alguno de nosotros le envíe un WhatsApp a Vinicius, Morata o Lamine Yamal. Eran de otra pasta y eso, querido lector, se echa de menos.
Antes todo parecía más pequeño, pero quizá por eso mismo era más humano. Se vivía con menos, se soñaba despacio y se celebraba cada logro como si fuera irrepetible. No había pantallas que lo devoraran todo ni prisas por llegar a ninguna parte. La vida no corría, caminaba. Hoy lo tenemos casi todo y, sin embargo, nos falta tiempo, conversación y memoria. Hemos cambiado cercanía por ruido, cartas por mensajes instantáneos y respeto por idolatría. Y en ese intercambio desigual, sin darnos cuenta, también hemos ido perdiendo algo de nosotros mismos.
Nuestra identidad.
El tiempo voló y hoy oficialmente mi padre pasa a la categoría de pensionista. Aunque si esta categorización fuera sobre su vida se podría decir que pasa al estatus de leyenda.
Todavía sigo soñando que vivimos en nuestro piso de 70 metros cuadrados con aquellos conos rodeando todo el pasillo mientras cronometraba el tiempo que tardaba en driblarlos"
Quizá por eso, cuando el tiempo vuelve a pasar factura y las etapas se cierran, la memoria se empeña en rescatar lo esencial. Porque antes de ser cartero, presidente, padre o referente, fue simplemente alguien que me enseñó a amar lo sencillo, a entender que las grandes lecciones casi siempre caben en espacios muy reducidos.
Porque todavía sigo soñando que vivimos en nuestro piso de 70 metros cuadrados con aquellos conos rodeando todo el pasillo mientras cronometraba el tiempo que tardaba en driblarlos.
No necesitaba nada más. Tú y yo.
Hoy mi padre se jubila, pero hay personas que no se retiran nunca. Se quedan para siempre en los pasillos estrechos de una casa humilde, en un cronómetro gastado y en un balón que no entiende de millones ni de focos. Quizá el fútbol, como la vida, no necesitaba tanto para ser grande. Bastaba con alguien que creyera en ti, que te enseñara a regatear obstáculos y que, sin saberlo, te entrenara para todo lo que vendría después.
No hay más.
Porque esto es fútbol, papá.
Saludos cordiales.