Elogio de la negación

Opinión

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Bitácora de un mundo reinventado
Publicado: 10/07/2026 · 06:00
Actualizado: 10/07/2026 · 06:00
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El calor. Impúdico. Opresivo. Entrando en la noche de la casa para enloquecernos, abrir cada poro, ahogar cada poro. Damos vueltas por el pasillo, frente al banco de la cocina, entre los blisters de hipnóticos, las habitaciones; todas nos hacen sentir en una ratonera. Si una abre el grifo para mojar la nuca, el agua es tibia como una baba, moja el pelo pero pronto pierde su función y es un elemento más de la pegajosidad que nos rodea. Julio ha entrado como un radiador en nuestros cuerpos.

Julio estaba anunciado, pero no sirvió de nada.

Estos días de ola de calor letal por Europa me hago preguntas acerca de la negación, esa maniobra de la mente. Nos defiende de la angustia, pero no interviene en lo real. Y lo real son los titulares de estos días: las cifras de exceso de mortalidad confirmadas por Francia, Bélgica y Países Bajos elevan a 3.700 los fallecimientos. Se trata del peor episodio de calor extremo registrado en el continente, con temperaturas que superaron los 40 °C y que han desencadenado una crisis política en Francia, donde el primer ministro se enfrenta a una moción de censura en la Asamblea Nacional. Durante décadas, los científicos nos han atiborrado de datos sobre esto que ahora vivimos (y nos mata) en primera persona pero, ¿por qué deberíamos hacerles caso?

La palabra negacionista fue neologismo del año en 2021 en la Universidad Pompeu Fabra y, desde la pandemia, no ha dejado de circular. Hay un punto desesperado en negar lo que nos angustia de esa forma furibunda, Freud lo encuadró entre las defensas que pone en marcha una mente psicótica. Negar, por ejemplo, que Europa se derrite y no tener comprado ni un ventilador, ¿no es una locura? (el stock se ha agotado estos días como las mascarillas en el 2020). Nuestro país vecino, el que nos dio la Ilustración y nos convirtió en ciudadanos modernos, no tiene climatizados sus edificios públicos, nos enteramos estos días. Han autorizado la compra precipitada de miles de ventiladores para sus hospitales y han visto cómo se saturaban las morgues de su capital, una de las ciudades más densamente pobladas del mundo. Y es ahora, no antes, cuando mandan a nuestro país al ministro de trabajo para que se deje instruir sobre la forma en que “Madrid funciona a 40 grados” (jornada laboral intensiva, permiso laboral ante alerta roja o naranja y suspensión de actividades en horas peligrosas).

Una vez los termómetros nos han atropellado, el debate parece fuera de lugar. No parece que el aguante estoico o la locura negacionista nos aporte refugio por mucho más tiempo. Incluso proveyendo las ciudades de refugios climáticos (aspersores por las calles, fuentes de agua potable, rutas de sombra o espacios verdes, etc...), sólo estaríamos respondiendo de forma crítica al problema cuando lo tenemos ya encima; estaríamos mitigando las consecuencias, no las causas. Pero el modelo de desarrollo actual, en el que marcamos récord en el PIB mundial pero también en emisiones, no se cuestiona ni un pelo. Aquí ya no parece que mande la negación sino la codicia, ¿qué riesgo corre quien puede pagar la factura de la luz con holgura? Quienes recogen las ganancias de este modelo tan suicida, ¿acaso arriesgan un colapso en sus piscinas privadas?

Algunas empresas están logrando disociar el crecimiento con el aumento de su huella de carbono y algunos ciudadanos de a pie nos lo pensamos antes de comprar por la red aquello que tenemos en la tienda de abajo. Nuestra esperanza es que esta forma de integrar lo real se expanda poco a poco. Lejos de la negación. Dentro de una nueva cultura que saque lo mejor de nosotros.

Hay imágenes para las que aún no somos refractarios. Emociones inéditas, como las que despierta una morgue desbordada en París o las vías de tren reventadas en Alemania. Asfalto derretido por todas partes. Y para quien sea refractario a las imágenes: experiencias en primera persona, como vivir en casas tambaleantes como llamas. Si abrimos la ventana a las cinco de la madrugada lo que entra es helio puro, tibieza del desierto, noche bajo el sol. Y por la mañana quedan estos cuerpos desmadejados, estos pies sin hilo, el esqueleto licuado en los pies y la cabeza llena de vaho caliente. Pasar varios días sin despejar el dolor en las sienes, buscar un fisio que nos ablande la defensa del cuerpo, este cuerpo que está en guerra desde que supimos que julio se acercaba.

Todo se da cita para sacudirnos la negación de encima. ¿Despertaremos?

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