El otro eclipse de 1900

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Tribuna invitada

El eclipse total de Sol del 28 de mayo de 1900 convirtió, durante varias semanas, los campos ilicitanos en una red internacional de observatorios

Publicado: 10/08/2026 · 06:00
Actualizado: 10/08/2026 · 06:00
  • Imagen mejorada de la observacio?n del eclipse solar en Elche en 1900.
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El lunes, 28 de mayo de 1900, poco antes de las cuatro de la tarde, la conversación se apagó en los campos de Elche. Los astrónomos permanecieron junto a sus aparatos; sus ayudantes esperaban las órdenes convenidas y miles de personas miraban hacia un Sol reducido a una lámina cada vez más estrecha. La temperatura había comenzado a descender. La luz adquirió un tono ceniciento que no se parecía al de ningún atardecer.

Entonces llegó la sombra.

Durante poco más de un minuto, la Luna cubrió completamente el Sol y Elche quedó bajo una oscuridad imprevista en mitad de la tarde. Apareció la corona solar, se distinguieron algunos planetas y un silencio profundo se extendió entre la multitud. En las fincas donde trabajaban las expediciones extranjeras no hubo tiempo para el asombro: había placas fotográficas que retirar, obturadores que abrir, temperaturas que anotar y espectros que intentar capturar antes de que regresara la luz.

Aquel minuto había requerido meses de preparativos. Había llevado hasta Elche a científicos franceses, británicos, escoceses y españoles; había llenado las fondas, movilizado al Ayuntamiento, alterado los servicios ferroviarios y telegráficos y convertido casas de campo, huertos y azoteas en observatorios. Los periódicos de la época resumieron aquella concentración internacional con una palabra que entonces no parecía exagerada: habían llegado «los sabios».

Ciento veintiséis años después, el cielo volverá a establecer una relación singular entre Elche y un eclipse. El próximo miércoles 12 de agosto de 2026, España será atravesada de oeste a este por la franja de totalidad del primer eclipse total visible desde la Península en más de un siglo. Elche quedará al sur de esa franja y verá el fenómeno como un eclipse parcial muy profundo, con el Sol ya bajo sobre el horizonte occidental.

La proximidad de esa fecha permite regresar a una de las jornadas más extraordinarias de la historia contemporánea ilicitana.

Una ciudad señalada en los mapas

Las primeras noticias comenzaron a circular en Elche durante el otoño de 1899. El 29 de octubre, El Pueblo de Elche comunicó que la ciudad había sido elegida como lugar privilegiado dentro de la zona que recorrería la sombra lunar. El director del Observatorio Astronómico de Madrid había solicitado al alcalde información sobre alojamientos, comunicaciones y posibles emplazamientos para una numerosa comisión científica.

Interesaban especialmente los terrenos elevados, de acceso sencillo y con el horizonte despejado hacia poniente. También se preguntaba por la posibilidad de levantar pabellones de madera donde instalar los instrumentos. No se trataba de recibir únicamente a unos cuantos profesores. Las noticias hablaban de expediciones numerosas, acompañantes y visitantes que permanecerían varios días en la ciudad.

En enero de 1900, La Correspondencia Alicantina confirmó la fecha: el eclipse total tendría lugar el 28 de mayo por la tarde. La franja de totalidad atravesaría la Península y saldría hacia el Mediterráneo por las proximidades de Elche. En España no se observaba un fenómeno semejante desde 1860, por lo que ya se daba por segura la llegada de astrónomos extranjeros.

La trayectoria completa había entrado en la Península por las proximidades de Ovar, al sur de Oporto, y recorría el territorio de noroeste a sureste. Elche, Santa Pola y Alicante se encontraban en uno de los últimos tramos europeos de la sombra antes de que esta continuara por el Mediterráneo y el norte de África.

A la posición geográfica se añadía otra ventaja: la posibilidad de encontrar cielos despejados a finales de mayo. Los alrededores de Elche ofrecían, además, grandes extensiones de campo, casas separadas del casco urbano y horizontes abiertos. La línea ferroviaria permitía transportar viajeros y equipajes desde Alicante, aunque trasladar los telescopios, cámaras y estructuras hasta las fincas no siempre resultó sencillo.

En marzo llegó una comisión del Instituto Geográfico y Estadístico formada por Eduardo Mier y Miura y Francisco Papis. Su misión consistía en determinar con precisión la latitud geográfica de Elche, un dato imprescindible para calcular los contactos del eclipse y comparar posteriormente las observaciones realizadas en lugares distintos.

Para entonces, el eclipse había dejado de ser una curiosidad astronómica y comenzaba a convertirse en un asunto municipal.

El hombre que recomendó Elche

Uno de los primeros científicos que estudió las posibilidades del municipio fue José Joaquín Landerer y Climent, cuyo apellido apareció deformado en algunos periódicos como Landeré, Landerer e incluso Lauderer. También fue presentado erróneamente como químico. La prensa local tuvo que aclarar que era un astrónomo valenciano conocido en los círculos científicos franceses y que su interés se centraba en la atmósfera coronal.

Landerer había nacido en Valencia en 1841. Era astrónomo y geólogo, formado en buena medida fuera de las estructuras universitarias. No ocupó una cátedra ni perteneció profesionalmente a una universidad, aunque publicó y mantuvo relación con instituciones científicas españolas y francesas.

Su importancia en el episodio ilicitano fue muy concreta. Visitó Elche, examinó sus condiciones y buscó emplazamientos para las comisiones de la Universidad de Montpellier y de la Sociedad Astronómica de Francia. La prensa anunció a comienzos de abril que ya había establecido allí su observatorio.

Después del eclipse, El Pueblo de Elche sostuvo que había sido Landerer quien convenció a varias expediciones extranjeras de que la ciudad constituía uno de los mejores puntos para realizar las observaciones. Él mismo recordó que llevaba cinco años pensando en aquella jornada.

  • Fragmento de grabación del eclipse de Sol en Elche en 1900. -

Landerer se instaló con su esposa en la finca de El Toscar. Los médicos ilicitanos Alfredo Llopis y Santiago Pomares actuaron como ayudantes durante el eclipse. Su propósito principal era estudiar la polarización de la luz procedente de la atmósfera coronal, una de las grandes cuestiones de la física solar del momento.

No todos los científicos buscaban lo mismo. Un eclipse total ofrecía unos segundos excepcionales para estudiar las regiones exteriores del Sol, habitualmente ocultas por el resplandor de la fotosfera. Unos equipos fotografiarían la corona; otros analizarían su espectro, medirían la temperatura, estudiarían las protuberancias o intentarían determinar la naturaleza de determinadas líneas luminosas.

Ese reparto del trabajo explica la cantidad de aparatos y la diversidad de las expediciones. También explica por qué los científicos necesitaban silencio y aislamiento durante el minuto de totalidad.

De ciudad agrícola a «Meca de la ciencia»

En los primeros días de mayo comenzaron a llegar las comisiones. El Pueblo de Elche anunció la inminente «peregrinación de los sabios» y escribió que la ciudad iba a convertirse, desde su tradicional imagen de «Jerusalén española», en una «Meca de la ciencia».

La comparación, grandilocuente incluso para el periodismo de la época, reflejaba bien la sensación que se extendía por las calles. Los visitantes no eran únicamente astrónomos. Llegaron periodistas de Madrid y del extranjero, escritores, fotógrafos, aficionados, militares, sacerdotes, representantes políticos y viajeros que querían contemplar el fenómeno.

Joaquín Dicenta, autor de Juan José, se encontraba entre los escritores desplazados a Elche. Sus crónicas prestaron tanta atención a los científicos como a la ciudad que los acogía. Describió a los franceses del Mediodía, activos y nerviosos; a los observadores graves que parecían vivir con los ojos puestos en la atmósfera; a las figuras elegantes y ceremoniosas; y, entre ellos, a los marinos españoles del Observatorio de San Fernando paseando por las calles con sus uniformes.

También reparó en los equipajes. Cajas enormes, estuches, piezas metálicas y estructuras componían lo que denominó la «tramoya» del espectáculo. Según las informaciones publicadas, los aparatos de algunas comisiones habían costado varios miles de napoleones de oro. El eclipse podía durar poco más de un minuto, pero observarlo exigía años de preparación y una inversión considerable.

La llegada de aquellos cargamentos transformó las casas de campo. En unas semanas surgió en los alrededores de Elche una red de estaciones separadas, cada una con su instrumental y su programa.

Observatorios entre palmeras

La comisión del Observatorio de París formada por Maurice Théodore Adolphe Hamy e Irénée Lagarde se instaló en una finca situada junto a la carretera de Santa Pola, propiedad del banquero Jaime Brotons.

Hamy —el «Hany» que aparece en algunas transcripciones— era astrónomo del Observatorio de París y especialista en instrumentación y física astronómica. En 1900 ocupaba el puesto de astrónomo adjunto; años después llegaría a ser astrónomo titular y miembro de la Academia de Ciencias francesa.

La prensa ilicitana describió el material llevado por Hamy y Lagarde: tres aparatos fotográficos, objetivos de distintos diámetros y tres espectroscopios, uno de ellos dotado de prismas de cuarzo. Sus trabajos se centraban fundamentalmente en la física solar.

Otra expedición francesa se estableció en La Nueva, finca del alcalde Sebastián Canales. La encabezaba Aymar Eugène de La Baume Pluvinel, conde de La Baume Pluvinel, junto a otro científico citado en las crónicas como Louis Anatole. La condesa participó asimismo en las observaciones y obtuvo fotografías del espectro solar.

El equipo llevó varias cámaras y espectroscopios destinados al estudio de la corona. Uno de los instrumentos debía investigar su posible rotación; otros buscaban registrar las líneas espectrales y conservar la mayor cantidad posible de luz durante los breves segundos de oscuridad.

En otras fincas se instalaron científicos vinculados a la Universidad de Montpellier y al Observatorio de Toulouse. Las fuentes mencionan, entre otros, a Henri Bourget, Auguste Lebeuf y Georges Meslin. Sus trabajos combinaban la astronomía, la física y la fotografía.

La representación española procedía principalmente del Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando. Sus integrantes se alojaron en la finca Virgen del Carmen. A ellos se sumó el sacerdote Agustino Rodríguez de Prada, relacionado con las observaciones del Vaticano.

La concentración no estaba formada, por tanto, por profesores pertenecientes a una sola universidad. Había científicos de la Universidad de Montpellier, de los observatorios de París y Toulouse, del Observatorio de San Fernando y de diversas sociedades astronómicas. En Santa Pola trabajarían además las expediciones de los observatorios británicos.

Eso eran «los sabios» de los periódicos: una denominación popular que reunía bajo una misma etiqueta a astrónomos profesionales, profesores universitarios, físicos, marinos, técnicos, fotógrafos y aficionados de prestigio.

La celebridad de Flammarion

El visitante más conocido no fue necesariamente quien llevó el instrumento más complejo. Nicolas Camille Flammarion, llamado habitualmente Camille Flammarion, era una figura pública mucho antes de llegar a Elche.

Había trabajado de joven en el Observatorio de París, publicado numerosos libros de divulgación y fundado en 1887 la Sociedad Astronómica de Francia. Su Astronomía popular había acercado el estudio del cielo a un público mucho más amplio que el de los observatorios.

Flammarion sabía convertir la astronomía en relato. En vísperas del eclipse publicó una descripción en la que imaginaba el debilitamiento de la luz, el silencio de la naturaleza, la aparición de los planetas y el desconcierto de los animales. También pidió la colaboración de observadores no profesionales.

Sus instrucciones eran sencillas: comprobar si los animales modificaban su conducta; observar si determinadas plantas cerraban sus hojas; buscar ondulaciones luminosas sobre paredes blancas; anotar el descenso de la temperatura y describir la llegada de la sombra lunar.

La expectación por su viaje fue enorme. Salió de París, pasó por Valencia y llegó a Alicante el 25 de mayo. La Correspondencia Alicantina anotó con disgusto que ninguna autoridad había acudido inicialmente a recibirlo a la estación, aunque allí se encontraban particulares y miembros de la colonia francesa. La ausencia fue especialmente llamativa porque la visita se había anunciado durante semanas.

Al día siguiente partió hacia Elche. El alcalde, Sebastián Canales, le ofreció alojamiento en su casa. Canales se convirtió durante aquellos días en anfitrión de científicos, periodistas y representantes institucionales, además de facilitar propiedades para la instalación de los observatorios.

La estancia de Flammarion fue también un acontecimiento social. Visitó huertos y casas de campo, conversó con las autoridades y participó en las recepciones. Su esposa, Sylvie, que colaboraba habitualmente en sus trabajos, lo acompañó en el viaje. La propia documentación de la Sociedad Astronómica de Francia recuerda que participó activamente en la construcción y funcionamiento del observatorio privado del matrimonio en Juvisy.

Banquetes, tartanas y un desaire británico

El Ayuntamiento de Elche quiso demostrar que la ciudad estaba a la altura de sus invitados. Se organizaron comidas, visitas y actos sociales. El alcalde ofreció un banquete en honor de Flammarion al que asistieron Landerer, los representantes españoles del Observatorio de San Fernando y miembros de diferentes expediciones francesas y extranjeras.

En la mesa se sentaron científicos de París, Besanzón y San Petersburgo, además de Rodríguez de Prada, vinculado al Vaticano. La comisión inglesa acudió al comienzo del acto. Sebastián Canales y el gobernador civil brindaron por las delegaciones extranjeras.

El Nuevo Casino de Elche preparó una velada musical y envió una comisión para invitar personalmente a los astrónomos. Los científicos eran conducidos de una finca a otra en carruajes y tartanas, mientras los periodistas recogían cualquier detalle susceptible de convertirse en crónica.

Una de aquellas excursiones terminó en un pequeño fracaso protocolario.

Las autoridades y varios invitados se desplazaron a Santa Pola para visitar a las expediciones británicas. El programa se retrasó y la comitiva llegó cuando Sir Norman Lockyer se encontraba ocupado. El astrónomo comunicó que la estrechez de la habitación y sus trabajos le impedían recibirlos.

La comisión escocesa, encabezada por Ralph Copeland, permaneció esperando una visita que tampoco se produjo. El Pueblo de Elche señaló que se había quedado mal con los ingleses por llegar tarde y con los escoceses por olvidarlos. Cerró la anécdota con una frase seca: «Y así es el mundo».

  • Momentos del eclipse solar en Elche en 1900. -

Santa Pola, sin embargo, ofreció su propia recepción. Su alcalde, Francisco Bonmatí, presidió un lunch en honor de las comisiones. Maurice Hamy agradeció el recibimiento y brindó por Elche, Santa Pola, Francia y España. Bonmatí cerró los discursos deseando la armonía entre las naciones.

Frente a la costa santapolera se encontraba fondeado el crucero británico Theseus. A bordo habían llegado los equipos de los observatorios británicos, junto con sus instrumentos.

La expedición inglesa estaba presidida por Sir Joseph Norman Lockyer, una de las grandes figuras de la astrofísica del siglo XIX. Lo acompañaban su hijo, el astrónomo William James Stewart Lockyer, Alfred Fowler y otros colaboradores. La expedición escocesa estaba dirigida por Ralph Copeland, astrónomo real de Escocia y director del Real Observatorio de Edimburgo.

Los tripulantes y científicos utilizaron el buque como base y prepararon desde Santa Pola sus observaciones del espectro solar.

En Alicante, mientras tanto, las fondas recibían visitantes y los barcos procedentes de Baleares trasladaban a curiosos atraídos por el eclipse. La prensa anunció rebajas en los pasajes para facilitar el viaje. Sobre la identidad concreta del alcalde alicantino que recibió oficialmente a los científicos, las transcripciones manejadas no ofrecen un testimonio suficientemente claro. Sí dejan constancia, en cambio, de las críticas por la ausencia de autoridades a la llegada de Flammarion.

La víspera

El domingo 27 de mayo la principal preocupación era el tiempo.

El astrónomo inglés citado en la prensa como Dazing temía que una depresión barométrica iniciada en las Azores provocara nubes sobre la zona de totalidad. Las previsiones publicadas durante los días anteriores habían llegado a anunciar tormentas, pedrisco y lluvias en las provincias recorridas por la sombra.

Después de tantos viajes, tantos gastos y semanas de montaje, una nube situada ante el Sol durante aquellos setenta segundos podía arruinar una expedición.

Elche estaba llena. Los caminos entre el casco urbano y las fincas registraban un movimiento constante. Los periodistas preparaban el envío de telegramas; la estación telegráfica recibió órdenes de permanecer abierta de manera permanente y fue reforzada con oficiales, ordenanzas y un aparato suplementario.

La llegada de visitantes alteró el ritmo cotidiano. Había dificultades de alojamiento y una demanda extraordinaria de carruajes y alimentos. Los círculos políticos y recreativos competían por agasajar a los forasteros, y la prensa local aprovechaba el acontecimiento para elogiar o criticar la actuación municipal.

Elche era entonces una población agrícola e industrial, marcada por el palmeral, el regadío y una industria alpargatera en crecimiento. En sus calles convivían propietarios rurales, comerciantes, jornaleros, artesanos y obreros. La presencia de los científicos introdujo durante unos días un vocabulario nuevo en las conversaciones: corona, cromosfera, espectroscopio, polarización y protuberancias.

No desaparecieron por ello las diferencias sociales ni las disputas políticas. Los periódicos siguieron utilizando el eclipse como argumento para la sátira local. Pero incluso las críticas transmiten la sensación de que la ciudad comprendió la excepcionalidad del momento.

Setenta segundos

El lunes 28 de mayo amaneció con mejores condiciones de las temidas. Desde primera hora, los científicos ocuparon sus puestos en las distintas fincas. Las cámaras estaban cargadas y los relojes sincronizados. Cada ayudante conocía la tarea que debía realizar.

La población se distribuyó por azoteas, huertos, caminos y elevaciones. También se utilizaron cristales ahumados y vidrios coloreados, una práctica habitual entonces que hoy se considera insegura para la vista.

Las horas publicadas por la prensa presentan diferencias. Unas informaciones utilizaban la hora local; otras, el tiempo medio de Madrid, y algunas fueron transmitidas telegráficamente con errores. Según el despacho recogido por La Correspondencia Alicantina, la fase de totalidad comenzó en Elche a las 3 horas, 57 minutos y 57 segundos y duró un minuto y once segundos. El final completo del eclipse se situó alrededor de las 4.54.

Otras crónicas y cálculos ofrecen algunos segundos más de totalidad. La diferencia depende tanto del punto exacto de observación como del sistema horario empleado. Lo indiscutible es que la oscuridad total apenas superó el minuto.

Antes de que llegara, la luz comenzó a debilitarse lentamente. El cambio fue casi imperceptible mientras la Luna ocultaba una parte pequeña del disco. Después, el paisaje adquirió un tono extraño. Las palmeras, los campos y las fachadas dejaron de recibir una luz cálida y quedaron bajo una claridad metálica.

La temperatura descendió y se levantó una brisa más fría.

Cuando quedaba visible únicamente un fragmento del Sol, algunos observadores percibieron sombras ondulantes sobre las superficies claras. En el borde lunar pudieron distinguirse puntos luminosos semejantes a una hilera de perlas, producidos por los últimos rayos solares que atravesaban los valles de la Luna.

La sombra avanzó desde poniente. El cielo se oscureció en segundos y apareció la corona alrededor del disco negro.

La multitud quedó en silencio.

En los observatorios, ese era el momento más intenso. Los científicos no miraban el fenómeno como simples espectadores. Unos fotografiaban la corona; otros observaban el espectro; otros anotaban los contactos o cantaban los segundos para coordinar los cambios de placa.

En Santa Pola, la población contempló el eclipse con una mezcla de respeto y miedo. Según una crónica, algunas mujeres rompieron a llorar. Los científicos británicos y los tripulantes del Theseus realizaron sus observaciones sin incidentes.

En Alicante, un observador llamado Trino Esplá describió cómo el mar perdió su color azul, las montañas quedaron cubiertas por una sombra violácea y la ciudad pareció sumergirse en una tarde de invierno. Había preparado en su finca un termómetro, un barómetro, un galvanómetro, un anteojo y varios cristales. A su alrededor reunió canarios, gallinas, palomos, perros, gatos, una cabra, una mula y un caballo para estudiar sus reacciones.

Los canarios dejaron de cantar cuando se perdió la luz y volvieron a hacerlo al reaparecer. Las gallinas buscaron refugio; los palomos se agitaron y un ejemplar que se encontraba fuera regresó desorientado al palomar. Los perros se enroscaron y durmieron. Un canario que había escapado antes del eclipse volvió al aproximarse la oscuridad, como si creyera que llegaba la noche.

La naturaleza no se desató ni se produjo ninguna de las calamidades asociadas tradicionalmente a los eclipses. Hubo desconcierto, frío, silencio y una oscuridad breve. Después, un primer punto de luz rompió la corona y el día regresó con rapidez.

«¡Estoy loco de contento!»

En El Toscar, José Joaquín Landerer comprendió que su experimento había salido bien.

—¡Admirable! ¡Estoy loco de contento! —exclamó, según recogió El Pueblo de Elche.

Envió inmediatamente un telegrama a Jules Janssen, director del Observatorio de París, comunicándole que había podido observar correctamente la luz polarizada de la atmósfera coronal. Su esposa había conseguido además una fotografía de la totalidad.

Aquella tarde Landerer explicó que llevaba cinco años pensando en aquel momento y que era «un gran día para la ciencia».

Hamy y Lagarde se mostraron también satisfechos con sus fotografías y espectros. Sus resultados se referían principalmente a la física solar, aunque no todos los experimentos proporcionaron la señal esperada. En ciencia, el éxito de una expedición no dependía únicamente de confirmar una hipótesis: también importaba establecer qué líneas no aparecían o qué instrumentos debían mejorarse.

La Baume Pluvinel y sus colaboradores obtuvieron fotografías de la corona y del espectro. Las expediciones de Montpellier y Toulouse completaron sus series de placas. Los marinos españoles realizaron sus observaciones y, al terminar, recibieron a autoridades, eclesiásticos y periodistas con dulces, refrescos y vino en la finca Virgen del Carmen.

El general Camilo García de Polavieja, presente entre los visitantes, declaró que nunca había contemplado un eclipse tan hermoso.

No se registraron accidentes importantes en Elche. En otros lugares sí hubo consecuencias trágicas. Días después, la prensa informó de la muerte de un campesino cerca de Santarém, en Portugal, que, ignorando lo que sucedía, huyó asustado y cayó a una laguna.

Después de la sombra

El martes 29 comenzaron a marcharse los visitantes. Algunas comisiones desmontaron inmediatamente sus aparatos; otras permanecieron unos días revisando placas, embalando instrumentos y redactando informes.

Landerer y su esposa regresaron a Valencia el miércoles. Un grupo numeroso acudió a despedirlos. El Pueblo de Elche escribió que el astrónomo dejaba muchos amigos en la ciudad y volvió a atribuirle buena parte del mérito de haber reunido allí a las expediciones.

Flammarion continuó su viaje por España. Los franceses volvieron a París, Toulouse y Montpellier con sus fotografías. Los británicos abandonaron Santa Pola y los marinos regresaron al Observatorio de San Fernando.

El alcalde Sebastián Canales recibió elogios por el modo en que había atendido a los visitantes. También recibió una distinción administrativa que la oposición local comentó con ironía. La prensa admitía su esfuerzo como anfitrión, aunque no renunciaba a preguntarse si los banquetes y alojamientos justificaban por sí solos semejante recompensa.

Las primeras conclusiones científicas llegaron pronto. En junio, Landerer remitió a El Pueblo de Elche un ejemplar de los Comptes rendus de la Academia de Ciencias de París. El periódico explicó a sus lectores que las observaciones pretendían responder a preguntas aún abiertas: cuál era la extensión de la corona, cuál era su composición física y química y qué relación mantenía con la actividad solar.

El eclipse no dejó en Elche un observatorio permanente ni convirtió la ciudad en un centro estable de investigación astronómica. Su huella fue de otra naturaleza.

Durante varias semanas, un municipio de algo más de 27.000 habitantes tuvo que alojar expediciones internacionales, transportar instrumental delicado, reforzar el telégrafo, organizar recepciones y garantizar el aislamiento de los científicos. Los huertos y las fincas dejaron de ser únicamente espacios agrícolas: vistos desde París, Londres, Edimburgo o Toulouse, se habían convertido en lugares adecuados para investigar el Sol.

También cambió, aunque fuera de forma temporal, la conversación pública. La ciencia salió de los observatorios y entró en las casas, las escuelas, las tertulias y los periódicos. Personas que nunca habían mirado por un telescopio discutieron sobre la corona solar o anotaron la conducta de sus gallinas. Los ilicitanos contemplaron su paisaje a través de la admiración de visitantes que descubrían una ciudad rodeada de palmeras.

Ese fue quizá el principal legado del eclipse de 1900. Elche no se limitó a encontrarse casualmente bajo la sombra de la Luna. Se preparó para ella, abrió sus casas y sus campos y participó en una empresa científica internacional.

El 12 de agosto de 2026, la ciudad no llegará a sumergirse completamente en la noche. El eclipse será parcial en Elche y deberá contemplarse hacia poniente, con el Sol muy bajo. La totalidad atravesará otras zonas de España antes de continuar hacia el Mediterráneo.

Pero cuando la luz comience a volverse extraña y el Sol quede reducido a una fina porción brillante, volverá inevitablemente el recuerdo de aquella tarde de mayo.

Durante poco más de un minuto, entre telescopios, tartanas y palmeras, Elche fue uno de los lugares desde los que la ciencia europea miró directamente hacia el Sol.

Antonio J. Rodríguez Soler

Secretario de Memoria Democrática del PSOE Elx

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