Opinión

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EL JOVEN TURCO

El fútbol es política

Publicado: 18/05/2026 · 06:00
Actualizado: 18/05/2026 · 06:00
  • El futbolista español del FC Barcelona Lamine Yamal con la bandera de Palestina
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Es el Nápoles de Maradona siendo recibido en el norte con el lema bienvenido a Italia, mientras él quería ser el ídolo de los niños del sur. Es el chileno Caszely negándose a darle la mano a Pinochet, que mandó torturar posteriormente a su madre por su gesto de rebeldía. Es Sócrates implantando la democracia corinthiana en plena dictadura de Brasil, levantando el puño a un país entero. Es Cantona dando una patada a un fascista en el campo del Crystal Palace y declarándolo lo mejor que hizo en toda su carrera. Es Guus Hiddink ordenando quitar una bandera Nazi de la grada de Mestalla, negándose a jugar si seguía allí. El fútbol es política.

Es un deporte de masas. De gente. Colectivo. Popular. Es un negocio, también. Pero no puede dejar de ser pueblo. 

Y solo hay dos tipos de personas que pueden decir que el fútbol y la política deben mantenerse en mundos separados: quienes no saben ni de fútbol, ni de política o quienes, sabiendo de alguna de las dos cosas, no tienen interés en que se abra la boca en cierto sentido. Casi siempre predominan los segundos.

Quienes piden que Lamine Yamal no sostenga la bandera Palestina para no mezclar deporte con política, lo hacen porque no se atreven a decir lo que piensan en realidad; que están en contra del apoyo público y visible a un pueblo víctima de un genocidio. Les da cierta vergüenza decirlo en alto (afortunadamente) y tratan de despachar el asunto con esa frase hecha.

Sin embargo, los mismos que hoy utilizan ese argumento no lo han hecho valer históricamente cuando el deporte se ha utilizado para blanquear regímenes y dictadores o aspirantes a ello. El mundial de fútbol de 1934 instrumentalizado por Mussolini, el uso de la proyección internacional del Real Madrid por parte del franquismo o la última Copa del Mundo en Qatar. Hablando de anteayer, ¿cuántos de los que piden neutralidad en el fútbol criticaron que el presidente de la Fifa participara en la junta de paz, creada por Trump para repartirse el negocio inmobiliario sobre las ruinas de Gaza y desplazar a Naciones Unidas? Probablemente ninguno o, como mucho, algún ingenuo.

A quienes atacan el gesto del futbolista del Barcelona y de la selección, no les molesta el fútbol como altavoz, les molesta el fútbol como altavoz popular. De los de abajo, de las causas del pueblo, de la causa democrática. Porque el fútbol es un gran hacedor de significados conjuntos, una puerta de entrada de conciencia colectiva. El fútbol es, en ese sentido, poder. 

Poder no es solo la capacidad de imponer decisiones, sino también la de impulsar ideas, hacer presentes debates o, también, la capacidad de ocultarlos. Lamine con la bandera desafía ese último tipo de poder, el que probablemente sea más peligroso, el de mantener un asunto lejos de los ojos y las conversaciones de la mayoría.  Por eso el gobierno de Israel ha salido en tromba a acusar de incitar al odio a un jugador de fútbol.

Y esto no quiere decir que este futbolista tenga un modelo de comportamiento perfecto, ni que vaya a estar exento de tener contradicciones que, por otra parte, todos podemos tener. Pero no creo que debamos caer en la trampa de exigir a quien hace algo bien que haga todo perfecto, mientras aceptamos, sin más, la bula de quienes reman en sentido contrario. Hace unos días leía en redes sociales otro intento de desmerecer ese gesto. Un perfil —anónimo por supuesto— denunciaba que era insufrible que fueran incapaces de dejar de mezclar (una vez más) el fútbol con la política, en cualquier tema que estuviera de moda. Alguien, con mucha gracia, le respondía pertinentemente: ‘la nueva moda que arrasa entre los jóvenes: los derechos humanos’.

Y en esa interacción de Twitter está todo. Lo que ha hecho Lamine tiene un valor gigantesco, precisamente por esto. Porque permite superar fronteras en un posicionamiento que debería haber atravesado colores políticos. Permite esto que llamamos hegemonía. Ayuda a que gente muy diversa comparta voz para decir que este mundo no debería tolerar que se asesine a niños y niñas, se expulse de sus tierras a inocentes o se mantenga un régimen de apartheid. Un mural sobre las ruinas de Gaza, pero también el ejemplo para un niño en un aula española. 

Por eso, no debemos exigir de quienes tienen una posición pública neutralidad o silencio. Porque significa aceptar una neutralidad que en el fondo es una toma de posición a favor de la injusticia. Y en esta situación se ve extraordinariamente claro. Entre quienes están en contra de un genocidio y quienes lo toleran no hay un punto medio admisible. Entre genocidio o derechos humanos, la virtud no está en solo medio genocidio.  

Pero tampoco deberíamos aceptar esa falacia de la neutralidad y el punto medio en tantas otras causas. Defender la ausencia de opinión de figuras relevantes es defender la ausencia de política. Y eso no solo es político, sino antidemocrático y profundamente favorable para los poderosos. Por eso, en todo caso deberíamos exigir lo contrario. Que quienes están en una posición privilegiada para hacerlo, precisamente porque son ídolos de la gente corriente, abracen y defiendan sus causas justas. Las causas de todos. Las de las mayorías sociales. 

¿Acaso no habría sido positivo que el Valencia CF hubiera saltado al campo con un mensaje apoyando las reivindicaciones de la educación pública valenciana? Eso generaría más arraigo que una decena de vídeos costumbristas y nostálgicos. Todos los privilegiados deberían ser conscientes de que su privilegio depende del reconocimiento de la mayoría. El día que se entiende eso, se entiende el mundo. La política. Y también el fútbol.

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