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Tribuna libre

El derecho a opinar y el deber de ejercerlo con buen juicio

Publicado: 02/07/2026 · 06:00
Actualizado: 02/07/2026 · 06:00
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Seguramente nos ha ocurrido a todos. Estamos desayunando, abrimos el teléfono móvil y, antes de terminar el café, ya hemos leído varias opiniones sobre política, un consejo médico, un análisis económico, una discusión deportiva y la explicación definitiva de un conflicto internacional. En ese breve rato también aparece alguien que asegura tener la solución a problemas que llevan años resistiéndose a los expertos. Y lo cuenta con una seguridad verdaderamente admirable.

Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a la opinión ajena. Nunca había sido tan necesario aprender a pensar por nosotros mismos.

Vivimos en una época en la que prácticamente cualquiera puede opinar sobre casi cualquier asunto y difundir sus ideas entre miles, o incluso millones, de personas en cuestión de minutos. Este fenómeno ya no se limita a los programas de televisión. También está presente en pódcast, canales de YouTube, emisiones en directo y redes sociales, donde conviven periodistas, especialistas, divulgadores, creadores de contenido, influencers y personas anónimas que comparten conocimientos, experiencias y opiniones sobre prácticamente cualquier tema.

Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a la opinión ajena. Nunca había sido tan necesario aprender a pensar por nosotros mismos.

Hasta aquí, nada que objetar. Las sociedades progresan cuando las ideas circulan libremente y las personas pueden expresarse sin miedo. El debate enriquece cuando nace del conocimiento, la experiencia o del sincero deseo de comprender la realidad, y cuando se desarrolla con respeto y disposición para escuchar al otro.

El problema aparece cuando la prisa sustituye a la reflexión. Con demasiada frecuencia encontramos juicios simplistas, datos sin contrastar y opiniones construidas sobre impresiones más que sobre evidencias. A ello se añade, en ocasiones, un lenguaje donde el insulto, la descalificación o la búsqueda del impacto pesan más que los argumentos. Entonces el debate deja de ser un espacio de aprendizaje para convertirse en un espectáculo donde casi siempre gana quien habla más alto, no quien razona mejor.

No deja de ser curioso que dediquemos tanto tiempo a juzgar a personas de las que apenas conocemos unas pocas imágenes, un vídeo de treinta segundos o una frase sacada de contexto. Nuestro cerebro funciona así: necesita emitir juicios rápidos para desenvolverse en un mundo complejo. Es un mecanismo extraordinariamente útil, aunque no venga acompañado de un certificado de infalibilidad.

La primera impresión puede ser necesaria; la segunda, reflexionada, suele ser mucho más acertada. Contrastar la información, buscar otras fuentes o admitir que quizá estábamos equivocados no nos hace más débiles; nos hace más inteligentes. Solo así podremos construir opiniones más sólidas y ajustadas a la realidad.

Algo parecido ocurre con los prejuicios. Todos simplificamos la realidad para entenderla, pero esas simplificaciones dejan de ser inocentes cuando impiden descubrir a la persona que hay detrás de una etiqueta. Cada individuo posee una historia irrepetible que ningún estereotipo puede resumir.

No siempre triunfa el argumento mejor construido; muchas veces lo hace el que provoca más sorpresa, más indignación o más emoción.

Las redes sociales han multiplicado la velocidad con la que circulan las opiniones. Cada día aparecen millones de publicaciones, vídeos y comentarios que compiten por captar nuestra atención. Los algoritmos conocen bastante bien nuestras preferencias y, casi sin darnos cuenta, nos muestran contenidos parecidos a los que ya consumimos. Poco a poco corremos el riesgo de vivir en una especie de habitación con espejos donde nuestras propias ideas regresan reforzadas una y otra vez, convencidas además de que son las únicas que existen.

¿Quién no ha recibido alguna vez en un grupo de WhatsApp un mensaje alarmante acompañado del inevitable «pásalo a todos tus contactos antes de que lo borren»? Durante unos minutos parece completamente creíble. Después descubrimos que llevaba media década circulando por internet, que ya había sobrevivido a tres desmentidos y que, aun así, continúa gozando de una salud envidiable. La mentira siempre ha existido; lo verdaderamente nuevo es la velocidad con la que hoy puede viajar.

En ese escenario, una publicación viral o un vídeo de apenas un minuto puede alcanzar más difusión que meses de investigación rigurosa. No siempre triunfa el argumento mejor construido; muchas veces lo hace el que provoca más sorpresa, más indignación o más emoción.

A este fenómeno se añade otro desafío todavía más reciente: la inteligencia artificial. Hoy es posible generar textos, imágenes, voces e incluso vídeos de apariencia extraordinariamente convincente en cuestión de segundos. Estas herramientas ofrecen enormes posibilidades para aprender, investigar o crear, pero también pueden utilizarse para fabricar contenidos falsos difíciles de distinguir de los auténticos. Nunca había sido tan importante comprobar una información antes de aceptarla o compartirla.

Por eso la formación de la persona adquiere hoy un valor incalculable. No solo proporciona conocimientos. Desarrolla el espíritu crítico, fortalece el razonamiento, fomenta la creatividad y enseña a distinguir una evidencia de una simple ocurrencia. También ayuda a comprender cómo se seleccionan y priorizan los contenidos que recibimos, a detectar la desinformación y a utilizar con responsabilidad las herramientas de IA. Una sociedad formada es siempre menos vulnerable a la manipulación.

La primera impresión puede ser necesaria; la segunda, reflexionada, suele ser mucho más acertada.

Muchos docentes explican que una parte del alumnado encuentra cada vez más dificultades para mantener la atención, leer con calma un texto largo o elaborar un razonamiento propio. La inmediatez del entorno digital y el consumo constante de contenidos breves pueden dificultar el desarrollo de hábitos de reflexión y concentración. No se trata de responsabilizar exclusivamente a la tecnología. Sería tan injusto como culpar al libro de que alguien no lea o al gimnasio de que otro no haga ejercicio. Las herramientas nunca sustituyen a quien decide cómo utilizarlas.

Quizá la misión más importante de la escuela no sea enseñar qué pensar, sino cómo hacerlo. Formar ciudadanos capaces de escuchar, contrastar fuentes, cambiar de opinión cuando las pruebas lo aconsejen y defender sus ideas con respeto.

Porque, si bien el derecho a opinar nos hace libres, es el deber de ejercerlo con sensatez el que nos convierte en ciudadanos críticos y responsables. Y, en un mundo donde los puntos de vista nunca faltarán, el verdadero desafío —y el bien más escaso— seguirá siendo el buen juicio.

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