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Hablemos de ciencia y tecnología

El código indescifrable

"El cifrado de mensajes tanto en épocas de paz como de guerra siempre ha sido una competición entre aquellos que se encargan de codificarlos para que su contenido sea únicamente desvelado a su destinatario y aquellos que se encargan de descodificarlos, pues desean tener conocimiento de los secretos de los demás para sacar partido de ello. Una continua balanza: ora del lado de los que codifican, ora del que los descodifican"

Publicado: 17/02/2026 ·06:00
Actualizado: 17/02/2026 · 06:00
  • Charles Babbage, padre del ordenador.
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Tal y como se comentaba en el artículo anterior, la guerra entre los que escribían códigos y los que se encargaban de desencriptarlos durante la Edad Media fue favorable a los descifradores, ya que no había código que aguantase el algoritmo de análisis frecuencial desarrollado por Al-Kindi.

Durante el Renacimiento, surgieron algunas técnicas y algoritmos nuevos, aunque no eran más que variantes del cifrado monoalfabético un poco más evolucionadas. Merece la pena mencionar a Giovanni Soro, ministro de cifrado veneciano cuya reputación era estimada en toda Europa y del que se dijo que jamás cayó en sus manos mensaje alguno que no pudiera descifrar. En aquella época, el Vaticano era también uno de los estados que más empeño y dinero invertía en la ciencia de la criptografía, sus mensajes tenían fama de ser impenetrables. El Papa Clemente VII, orgulloso de su legión de cifradores, envió varios mensajes a Giovanni Soro para ver si era capaz de hacer algo con ellos y recibió al poco esos mismos mensajes totalmente analizados y descifrados.

 

Giovanni sí los descifró, y ocultando este dato, hizo creer al Papa que disponía de un código impenetrable para que este siguiera enviado mensajes con él confeccionados"

 

Tal era la confianza que el Papa depositó en Giovanni que le envió copia de unos mensajes suyos fuertemente encriptados y que habían caído en manos de los Florentinos con la esperanza de que Giovanni le dijera si ese código era irrompible o no. Soro le contestó al Papa que ni siquiera él había podido descifrar esos mensajes, por lo que el código era totalmente seguro; eso tranquilizó al Vaticano que comenzó a utilizarlo para casi todas sus comunicaciones. Lo que en realidad ocurrió fue que Giovanni sí los descifró, y ocultando este dato, hizo creer al Papa que disponía de un código impenetrable para que este siguiera enviado mensajes con él confeccionados; a partir de ese momento la correspondencia vaticana fue totalmente transparente para Venecia, lo que le proporcionó claras ventajas y pingües beneficios al vender mensajes descifrados del Vaticano a otras potencias.

Cuando parecía que la batalla del cifrado había sido ganada de manera definitiva por los que desencriptan mensajes, una idea excepcional apareció en escena propuesta por Leon Battista Alberti. Consistía en la misma técnica del cifrado monoalfabético pero utilizando dos alfabetos cifradores en vez de uno y se iba alternando entre uno y otro con cada letra a codificar. Con un ejemplo lo veremos más claro:

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Si queremos cifrar la palabra “oculto”, buscaremos la “o” en el alfabeto plano y la sustituiremos por su clave de cifrado 1, “W” en este caso. Después buscamos la “c” y la sustituimos por su clave de cifrado 2 “F”, seguidamente buscamos la “u” y la sustituimos por su clave de cifrado 1 “P”, y así sucesivamente alternando entre alfabeto de cifrado 1 y 2 quedando la palabra: “WFPOHR”. Podemos comprobar que la misma letra, la “o” ha sido codificada de dos formas, como “W” la primera vez y como “R” la segunda. Este nuevo sistema se lo ponía muy difícil al análisis en frecuencia.

Con el tiempo los especialistas en decodificación se las apañaron para descifrar estos mensajes, basándose en palabras repetidas y en el contexto del mensaje. De nuevo los descodificadores ganaban otra batalla, pero no por mucho tiempo. El francés Blaise de Vigenère tuvo la genial idea de utilizar 25 alfabetos de cifrado en vez de 2 y que la clave no saltara de un alfabeto de cifrado a otro de manera secuencial sino de una forma imprevista y aparentemente aleatoria (evidentemente la clave sería el orden en el que se ejecutan esos saltos). Esta forma de cifrar fue un éxito impresionante en su época y se le denominó el código indescifrable y permaneció con ese nombre durante más de dos siglos. Parecía que los especialistas en cifrado ahora eran los que se llevaban el gato al agua.

Durante el siglo XVIII el cifrado/descifrado de mensajes llegó a instituirse de tal manera en algunos países podía hablarse de una industrialización del arte del secreto. Se inventaron nuevos algoritmos y máquinas, se desarrollaron grupos de trabajo, delegaciones y ministerios dedicados enteramente a la criptografía.

 

La Cámara Negra no solo era algo primordial para la seguridad del estado, sino que se convirtió en una fuente de ingresos para el gobierno, pues muchos secretos eran vendidos a terceros países"

 

Un claro ejemplo de eso fue lo que vino a llamarse en la Viena de esta época la Cámara Negra, la cual intervenía toda la correspondencia que llegaba o salía de la ciudad y que como destino tenía centros de interés para el gobierno local como embajadas, cuarteles, personajes relevantes, etc. Funcionaba en paralelo a la oficina de correos donde los funcionarios y, siguiendo las instrucciones que se les dictaban, desviaban hacia allí la correspondencia de interés.

Las cartas llegaban a dicho organismo aproximadamente a las 7 de la mañana; de inmediato, las secretarias fundían los sellos y abrían cuidadosamente la correspondencia para que el destinatario no notase nada. Una vez se sacaban los pliegos de sus sobres o cualquier tipo de envoltorio eran copiados literalmente por estenógrafos y secretarias que dominaban casi todos los idiomas. Las cartas estaban de vuelta en la oficina de correos a una hora prudencial para no levantar sospechas. Los documentos copiados eran enviados a los departamentos de criptoanálisis y allí unos especialistas en descifrar mensajes, encerrados en unas cabinas se encargaban de desvelar su contenido.

Todos los documentos ya con el texto en claro eran entonces enviados al organismo director que decidía que hacer con ellos según la información que contenían. El pliego original se volvía a doblar de manera idéntica y se metía en el mismo envoltorio con el que llegó, siempre que fuese posible, es decir, que en la apertura no se hubiera dañado irreparablemente. Si ocurría esto, existían expertos en confeccionar, en la medida de lo posible, sobres idénticos e imitar de manera imperceptible la caligrafía original con los datos de la dirección postal de envío. También disponían de una copia exacta de los sellos y lacres que se utilizaban por lo que los documentos volvían a ser lacrados y quedaban en perfecto estado.

La Cámara Negra no solo era algo primordial para la seguridad del estado, sino que se convirtió en una fuente de ingresos para el gobierno, pues muchos secretos eran vendidos a terceros países. Un caso famoso fue la venta al secretario de la embajada francesa Abbot Georgel, por 1000 ducados, del derecho de acceso dos veces por semana a la información que circulaba por la cámara. Los mensajes que podían afectar a su monarca Luis XV, y que generalmente tenían relación con los planes de diversos reyes europeos, eran enviados directamente a París. ¿Sería esta correspondencia revendida de nuevo por la Cámara Negra a otros estados? Ya hemos visto que nadie podía fiarse de nadie.

 

Babbage, junto a John Herschel, hijo del descubridor del planeta Urano, descubrió errores en las tablas matemáticas que se utilizaban para realizar operaciones aritméticas

 

Llegó el siglo XIX y el algoritmo indescifrable de Vigenère por fin fue roto por el inglés Charles Babbage. Babbage nació en el seno de una familia bien acomodada, no hubiera podido ser de otra forma porque de lo contrario se tendría que haber dedicado a subsistir trabajando duramente en la Inglaterra de aquella época. Su fortuna le permitió dedicarse al estudio y al desarrollo de una intensa actividad científica e inventora. Entre sus numerosas creaciones podemos destacar el velocímetro o el recoge-vacas, ese parachoques en forma de cuña que llevan delante las locomotoras para apartar el ganado de las vías.

También fue la primera persona en sospechar que los anillos que forman la corteza de los árboles y que se observan concéntricamente cuando cortamos el tronco, además de la edad de la planta. están relacionados directamente con el clima que hizo ese año, por lo que podrían hacerse investigaciones en retrospectiva de la evolución histórica del clima en esa zona. Como pasatiempo, empezó a confeccionar tablas de mortalidad con distintos parámetros y que todavía son utilizadas hoy en día por las compañías de seguros. Igualmente propuso para el franqueo de las cartas el sistema que utilizamos en la actualidad, utilizando un sello único para un área geográfica muy grande, ya que con anterioridad el precio dependía de la distancia a la que era enviada la misiva y demostró que costaba más el sistema necesario para calcular el precio que lo que realmente después se pagaba, haciendo enormemente deficitario el servicio postal.

Uno de sus más importantes avances tuvo lugar cuando junto a John Herschel, hijo del descubridor del planeta Urano y también insigne astrónomo que dio nombre a siete lunas de Saturno y cuatro de Urano, descubrió errores en las tablas matemáticas que se utilizaban para realizar operaciones aritméticas. Ambos también detectaron errores de bulto en tablas náuticas de cálculos de mareas, de longitud y latitud; todo ello llevó a Babbage a proponer que esos cálculos tediosos, pero necesarios, los hicieran máquinas de vapor en vez de personas y propuso lo que podríamos llamar el primer proyecto del computador moderno.

Las máquinas dfiferenciales

Hacia 1823 construyó su Máquina Diferencial Número 1, con más de 25.000 piezas movibles de precisión pero que no logró los resultados deseados. Después proyectó la Máquina Diferencial Número 2 un diseño absolutamente mejorado, pero que desgraciadamente no vio la luz al cortarle el gobierno británico el presupuesto para su desarrollo. Merece la pena comentar que su más fiel colaboradora fue Ada Lovelace, hija de Lord Byron, encargada de configurar aquella computadora de vapor y casi con toda seguridad la primera persona en la historia que realizó un programa informático.

La privilegiada mente de Charles Babbage fue la que logró romper el hasta entonces temido algoritmo de Vigenère, empleando solamente razonamiento puro. Se dio cuenta de que en un texto largo cifrado algunas cadenas de caracteres se repetían de vez en cuando; con lo complicado que es el algoritmo eso no podía ser casualidad. Esas cadenas que se repetían indicaban la longitud de la clave utilizada, lo que hizo fue aplicar el análisis frecuencial tan socorrido, pero esta vez a la clave en vez de al texto. Dio en el clavo totalmente y aunque este análisis sobre la clave era mucho más complicado consiguió descifrar el algoritmo indescifrable. De nuevo los descodificadores de secretos se ponían en cabeza.

Charles Babbage nunca hizo público su descubrimiento y fue ya en el siglo XX, cuando estudiosos revisando sus notas se dieron cuenta de la hazaña realizada por este gran hombre. Se sospecha que el ejército británico sí conocía sus trabajos y los consideró confidenciales para tener una importante ventaja sobre sus enemigos, recordemos que en aquella época Inglaterra estaba en guerra con Rusia por Crimea y que esa situación podría haber forzado a que nunca se publicara nada sobre el asunto al tratarse de un secreto de guerra. Esta es la razón por la que no se le considerara inventor de esta técnica, pero sí al germano Friedrich Wilhelm Kasiski quien lo hizo público en 1863. Hoy en día a este método se le conoce como la prueba de Kasiski.

 

A finales del XIX, los telegramas solían transmitirse cifrados para evitar que el operador de la oficina de telégrafos se enterase del texto del mensaje"

 

A finales del siglo XIX hubo una moda por la criptografía entre las clases acomodadas de las sociedades industriales que estaban desarrollándose en los países de Europa Occidental y Norteamérica. Los telegramas solían transmitirse cifrados para evitar que el operador de la oficina de telégrafos se enterase del texto del mensaje. En las secciones de anuncios por palabras de los periódicos los enamorados se comunicaban con un código que solo pudieran entender ellos, profesores y estudiantes se ponían retos y acertijos como mero pasatiempo. Los códigos empleados no hubieran aguantado el ataque de un cripoanalísta medio, pero eran suficientemente seguros para el asunto de que trataban.

Escritores como Edgar Allan Poe con su novela El Escarabajo de Oro, Arthur Conan Doyle en La Aventura del Bailarín y Julio Verne en la obra Mathias Sandorff emplearon el tema del cifrado y descifrado de mensajes como el eje principal de sus obras.

Las dos grandes guerras del siglo XX pusieron a la criptografía en el centro del espionaje y del campo de batalla. Sus mensajes hicieron a algunos países entrar en guerra y propiciaron el nacimiento del ordenador moderno, pero eso será el tema del siguiente artículo.

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