Las asociaciones de recreación histórica llevaban años pidiendo un monumento a los Tercios Viejos, y no les faltaba razón: Cartagena fue dos siglos puerto de embarque de aquellos hombres sin una piedra que lo recordara. Desde el 17 de julio ya la tiene, en la plaza del Cuartel del Rey. En la cara principal, grabadas en el mármol, dos palabras: capitán Alatriste. Ni la palabra Tercios, ni una fecha que lo sitúe en su siglo, ni la enseña bajo la que combatió.
La pieza
Digámoslo antes de seguir: la escultura es espléndida, y nada de lo que viene va contra ella. Dos metros y cuarenta de bronce sobre un boceto de Augusto Ferrer-Dalmau, modelada por Salvador Amaya con cerca de mil kilos de barro y seiscientos de bronce. El sombrero, la capa terciada, la mano en el pomo: la figura tiene el aire exacto del personaje y aguanta la mirada desde los cuatro lados. Cartagena ha ganado una buena obra.
El visitante debe entender en cinco segundos qué mira, de qué siglo es y por qué está ahí; si no, se hace una foto y se marcha: esa es la diferencia entre un recurso y un producto.
Lo que mueve al viajero que lee
Hay una modalidad que en Europa lleva medio siglo generando desplazamientos y que aquí apenas hemos tanteado: el turismo literario, viajar a donde ocurrió lo que hemos leído, aunque no ocurriera nunca. Sighișoara, pueblo rumano de veinte mil habitantes, vive de haber sido cuna del príncipe de Valaquia cuyo apellido tomó prestado Bram Stoker para su vampiro.
La ficción crea vínculo, el vínculo genera desplazamiento y el desplazamiento deja gasto en hoteles, restaurantes y comercio, con una condición innegociable: que el hito sea legible. El visitante debe entender en cinco segundos qué mira, de qué siglo es y por qué está ahí; si no, se hace una foto y se marcha: esa es la diferencia entre un recurso y un producto.
El escritor
Cartagena parte con una ventaja que Sighișoara no tiene: aquí el autor no es prestado. Arturo Pérez-Reverte nació en esta ciudad en 1951, fue reportero de guerra veintiún años y, según su editorial, ha vendido más de veintisiete millones de ejemplares traducidos a cuarenta idiomas. En cualquier otro país, una hoja de servicios así se habría convertido en producto turístico hace veinte años.
El acierto ha sido no levantarle un busto: homenajear a un escritor vivo a través de su personaje más reconocible es más elegante y más rentable. Un busto se mira; un personaje se visita.
El capitán
Diego Alatriste, aparecido en 1996, es un veterano de Flandes que se gana la vida como espadachín a sueldo en el Madrid de Felipe IV; la serie ha pasado al cine, al cómic y a los libros de texto por la puerta de atrás, la única por la que la historia entra de verdad en la cabeza de un adolescente. En la inauguración, su autor contó que, mirando Las lanzas de Velázquez, reparó en que los hombres del trabajo más duro apenas asomaban.
Nos tapan los generales, el caballo y la bandera
Arturo Pérez-Reverte
Alatriste nació de ahí: contar la guerra desde abajo, desde el soldado sin nombre.
El acierto ha sido no levantarle un busto: homenajear a un escritor vivo a través de su personaje más reconocible es más elegante y más rentable. Un busto se mira; un personaje se visita.
La Cartagena de aquel siglo
La tercera pata del homenaje son los Tercios, y aquí la ciudad tiene más que enseñar de lo que enseña. Desde el siglo XVI el puerto fue punto de partida y de retorno de las tropas embarcadas hacia Nápoles, Flandes o el norte de África, base de las galeras del Mediterráneo y extremo español de la ruta que continuaba por tierra, el Camino Español. Por aquí desembarcó don Juan de Austria en 1575.
Aquí mismo podría haberse pertrechado antes de embarcar el capitán Diego Alatriste
Noelia Arroyo
Lo dijo la alcaldesa, que añadió que el personaje habría ido al frente del Tercio Viejo de Cartagena.
La puerta que está detrás
Levanten la vista al fondo de la plaza. Esa arcada es lo que queda de las antiguas Casas del Rey, y la documentación patrimonial local sitúa su puerta, o al menos su escudo, en fecha posterior a 1581, el año en que Felipe II es reconocido rey de Portugal. El blasón sigue ahí.
El único elemento del siglo de Alatriste que hay en la plaza no es, por tanto, el bronce recién inaugurado, sino la puerta que tiene detrás, y no hay un cartel que lo explique. El emplazamiento es el idóneo y quien lo eligió acertó de pleno; el problema es que la plaza ha quedado apartada del circuito del visitante, y a un hito mal conectado no lo salva su mérito.
Dos hitos que cuentan lo mismo no se suman: se restan.

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Lo que dice la piedra
En la cara principal, únicamente «CAPITÁN ALATRISTE». En el lateral derecho, la dedicatoria —«… un homenaje de los cartageneros a su creador, Arturo Pérez-Reverte»— y la fecha, julio de 2026. En las otras, la firma del escritor y la dedicatoria a los soldados.

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El inventario de lo que no está es más grave. No está la palabra Tercios. No está ninguna fecha que sitúe al personaje en su siglo. Y no está la Cruz de Borgoña, el aspa que fue durante más de un siglo la enseña de los ejércitos de la Monarquía Hispánica y la bandera bajo la que aquellos hombres combatieron.
Y sin embargo la palabra sí se pronunció aquella mañana: la dijo la alcaldesa y estaba en la nota municipal del proyecto, que situaba la plaza en el recinto militar donde se alojaban los soldados de los Tercios. La ceremonia estuvo escoltada por quince recreadores con su abanderado.
Aquella mañana, por tanto, sí hubo bandera de los Tercios en la plaza. La llevaba el abanderado, y se marchó con él.
Nada de esto exige derribar ni rectificar: se corrige por adición y con poco dinero
Cavite ya estaba escrito
La dedicatoria a los soldados, con ser hermosa, agrava el problema. Dice así: «A los soldados españoles que a lo largo de los siglos embarcaron en Cartagena para combatir lejos de su patria». A lo largo de los siglos vale igual para 1580 que para 1898. Y ese homenaje ya lo tenía la ciudad: a pocos minutos se levantan los quince metros del monumento a los Héroes de Cavite y Santiago de Cuba, inaugurado en 1923 y Bien de Interés Cultural desde 2022, con los nombres de los muertos grabados uno a uno.
Dos hitos que cuentan lo mismo no se suman: se restan. Diferenciados, Cavite y Alatriste serían una ruta, porque trescientos años separan al piquero que zarpa hacia Flandes del marinero que zarpa hacia Filipinas. Confundidos, son una repetición.
Una bandera, un panel y una ruta
Nada de esto exige derribar ni rectificar: se corrige por adición y con poco dinero.
Primero, un mástil junto a la peana con la Cruz de Borgoña: costaría una fracción de lo invertido y situaría al capitán en su siglo de un golpe de vista. Segundo, un panel interpretativo con código QR cuyo primer punto no debería ser la estatua, sino el blasón que tiene detrás, el elemento auténtico y el que nadie ve. Y tercero, un itinerario señalizado que enlace Cavite, esta plaza, el Arsenal y la Muralla del Mar, con las asociaciones de recreación incorporadas y encaje con los cruceros.
Tres actuaciones que no necesitan un expediente extraordinario. Necesitan quererlas.

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Queda la piedra
Así describió el escritor a los hombres a los que se homenajeaba. Un monumento se levanta para que dentro de cien años alguien se detenga a leerlo. Cavite lleva ciento tres y todavía se deja leer: dice quiénes murieron y dónde. La pregunta no es si el capitán Alatriste merecía su estatua, porque la merecía y llegaba tarde. Es qué le contará esta plaza, dentro de un siglo, al que se pare delante: si le hablará de unos Tercios que zarpaban de este puerto o solo del nombre de un personaje de novela.
Fuentes
Ayuntamiento de Cartagena. Acto de inauguración del monumento al capitán Alatriste, 17 de julio de 2026, e información municipal de presentación del proyecto, octubre de 2025.
Inscripciones del monumento al capitán Alatriste. Transcripción directa sobre el original, julio de 2026.
Documentación patrimonial local sobre las Casas del Rey de Cartagena, con descripción heráldica del capitán de navío Pedro Fondevila.
Declaración de Bien de Interés Cultural del monumento a los Héroes de Cavite y Santiago de Cuba, 2022.
Datos biográficos y de ventas del autor: reseña editorial de Arturo Pérez-Reverte.