Hablar de este rincón de Cartagena es evocar un lugar prodigioso, habitado por gente sencilla y trabajadora, de rostros marcados y donde el lujo era poco más que una quimera. Sin embargo, su fama nacía de la vitalidad que desprendía y contagiaba a cuantos se adentraban en sus calles. Hace ya muchos años que aquel modo de vivir desapareció, dejando una ausencia difícil de aceptar.
Llegar al Molinete suponía adentrarse en un paisaje urbano tan áspero como irregular. El acceso se hacía por escalinatas de piedra desvencijadas y calles en cuesta, de tierra endurecida por miles de pisadas y apenas alterada por el escaso tráfico. Solo algunos de los viales principales, muy pocos, estaban adoquinados.
Hablar de este rincón de Cartagena es evocar un lugar prodigioso, habitado por gente sencilla y trabajadora
Las viviendas parecían levantadas a la buena de Dios, con los materiales disponibles y sin más criterio urbanístico que el impuesto por la necesidad y el terreno. Casas de una o dos plantas, muros gruesos e irregulares. Sobre ellas, los «terraos» prolongaban la actividad doméstica al aire libre: ropa tendida, cacharros, gallineros y, en ocasiones, hasta gallos de pelea.
Y, pese a aquella aparente falta de elegancia, el conjunto tenía donaire. Su encanto no estaba en la perfección, sino precisamente en su espontaneidad, en esa arquitectura nacida sin planos que había terminado encontrando su propia personalidad.
También los muchachos tenían allí su propia geografía. Una frontera invisible separaba a los de arriba de los de abajo, y la rivalidad entre ambas pandillas formaba parte de la rutina cotidiana. Las disputas podían acabar en pedradas, flechas de fabricación casera y persecuciones por las calles.
Su encanto no estaba en la perfección, sino precisamente en su espontaneidad, en esa arquitectura nacida sin planos que había terminado encontrando su propia personalidad.
Las vecinas, acostumbradas a padecer sus correrías, disponían de un método expeditivo para restablecer el orden: cubos de agua desde los balcones. Visto con la distancia de los años, aquellas pequeñas batallas eran algo más que travesuras. Eran una forma de apropiarse del territorio, de reconocerse entre los suyos y de aprender, desde muy temprano, las reglas no escritas del barrio.
Con el alba comenzaba otra escena. Los obreros portuarios emprendían camino hacia los astilleros del Consejo —hoy Navantia— en un desfile interminable de pantalones amplios, camisas de tergal, gorras de pana y rostros todavía marcados por el sueño. Poco después levantaban la persiana los comercios: la panadería, la carbonería, la lechería «a granel», la tienda pequeña de Lola, la grande de ultramarinos y tantos otros establecimientos que abastecían el día a día.
Se perdió así la trama urbana de la superficie sin que llegara a completarse la puesta en valor de lo que yace bajo ella.
A media mañana llegaban el hombre del hielo, imprescindible para las neveras «americanas», y los vendedores ambulantes, capaces de convertir cualquier mercancía en una tentación. Todavía resuena aquella pregonada oferta: «Veintisinco piesas de tocador por sais duros y de regalo una piesa de jabón pa’ las manos».
Pero al caer la tarde, ese escenario trabajador y doméstico mutaba en otro más oscuro y desinhibido: el «Paraíso del Pecado». Sus calles se llenaban de pasiones ocultas, amores perdidos, encuentros furtivos, navajas y cantares. Los bares abrían sus puertas ofreciendo conversación, trago y, en algunos casos, servicios sexuales, poniendo en contacto a los que regresaban del taller con los que buscaban compañía o, simplemente, el ambiente que envolvía aquella parte de Cartagena.
De todo aquello se podrían escribir infinidad de relatos, porque el Molinete fue también el retrato de una época. Las piedras gastadas, el polvo, los desniveles y las fachadas castigadas por el tiempo componían el escenario. Pero la verdadera crónica estaba en sus habitantes.
Allí convivían el personaje respetado y el tahúr, la vecina que aguardaba en bata de boatiné el regreso de su marido y la joven de vestimenta ligera pendiente de los barcos de ultramar. Eran los rostros de una sociedad marcada por las estrecheces, las desigualdades y una extraordinaria animación callejera. Muchos se fueron con el barrio, pero siguen presentes en la memoria de los que conocimos aquel universo.
Hoy, el Molinete ofrece una imagen muy diferente. El antiguo barrio ha dejado paso a un parque arqueológico que ha permitido sacar a la luz una parte de la historia más remota de Cartagena. Sin embargo, bajo la colina aguardan todavía amplias zonas sin excavar, mientras que la historia de los habitantes de este barrio hasta hace apenas unas décadas resulta, paradójicamente, mucho menos visible.
Porque bajo la Cartagena antigua permanece la arqueología, pero sobre ella existió también un barrio.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar: se borró el rastro material del barrio popular tras la demolición de sus viviendas, pero gran parte del paraje permanece aún sin excavar, mientras el subsuelo sigue pendiente de futuras actuaciones. Se perdió así la trama urbana de la superficie sin que llegara a completarse la puesta en valor de lo que yace bajo ella. El visitante puede acercarse hoy a vestigios de la Antigüedad, pero difícilmente encontrará explicación alguna sobre esa última etapa del barrio: la de sus vecinos, sus comercios y su manera propia de entender el mundo.
El futuro del Molinete plantea, por ello, una pregunta que va más allá de la arqueología: ¿qué se quiere conservar y qué ciudad se quiere construir alrededor de lo conservado? El Plan Director debe servir para ordenar las actuaciones arqueológicas, urbanísticas y patrimoniales, pero también para decidir qué relato transmitir a los futuros visitantes de este espacio.
La discusión no es menor. Las actuaciones urbanas en el entorno han enfrentado distintas posiciones: unas reclaman la regeneración de la zona; otras consideran que cualquier intervención debe quedar subordinada a la investigación arqueológica y a una planificación integral. El debate sobre la Morería Baja y otros terrenos próximos al parque demuestra que el futuro del Molinete continúa siendo, también, una cuestión de ciudad.
Este patrón se repite en otras cicatrices urbanas de Cartagena —como el Monte Sacro o los entornos degradados de San José y Despeñaperros—, donde la piqueta borró el entramado popular y con él se perdió buena parte de la vida del barrio, mientras la excavación y puesta en valor de sus restos históricos ha quedado postergada durante décadas. Se pierde así la historia de arriba sin terminar de desenterrar el patrimonio de abajo.
Quizá el reto consista en no convertir estos espacios únicamente en solares sin uso definido ni en recintos donde solo contemplar piedras. Un parque arqueológico debe investigar y conservar vestigios, pero un proyecto de ciudad debería conseguir, además, que esa arqueología dialogue con la vida de los habitantes que hicieron del Molinete un barrio bullicioso.
Porque bajo la Cartagena antigua permanece la arqueología, pero sobre ella existió también un barrio. Uno de casas modestas, calles polvorientas, comercios, tabernas, conflictos, amores y personajes irrepetibles. El Molinete ya no puede recuperar sus casas ni devolver a sus calles a sus antiguos pobladores, pero todavía puede preservar el recuerdo de una comunidad que hizo de aquel enclave una parte esencial de la Cartagena popular.
Ese debería ser, quizá, el verdadero desafío: que el futuro del Molinete y de otros sectores de Cartagena no borre definitivamente la historia de los antiguos barrios ni el legado de las generaciones que los habitaron.