Recién estrenado el nuevo año, mientras la nieve cubre campos y carreteras —un fenómeno cada vez más excepcional y celebrado por los murcianos—, han regresado a mi memoria dos imágenes conservadas en el Archivo General de la Región de Murcia. Ambas fueron impresas en Berlín por Film Foto Verlag en 1942. En la primera, varios hombres avanzan trabajosamente entre la nieve, envueltos en capas blancas, en plena expedición rusa. En la segunda, un joven soldado sonríe a la cámara sosteniendo botellas, cajas de tabaco y dulces: el llamado aguinaldo del Caudillo.
Se trata de fotografías propagandísticas que, miradas con atención, permiten reinterpretar uno de los porfiados relatos del franquismo: la idea de que todos los hombres que integraron la División Azul fueron voluntarios entusiastas, movidos por una convicción ideológica falangista.
La construcción del relato
Desde el verano de 1941, el régimen franquista desplegó un formidable aparato propagandístico para presentar el envío de tropas al frente oriental como una empresa épica. El famoso grito de Ramón Serrano Súñer —“¡Rusia es culpable!”— inauguró un relato de cruzada anticomunista que tuvo una notable acogida inicial, especialmente entre militantes falangistas y sectores del Ejército profesional.
Para muchos jóvenes murcianos, alistarse suponía una salida económica en un contexto de miseria generalizada: la doble paga —alemana y española— resultaba decisiva"
Pero la División Azul no fue una unidad cerrada ni estática. A lo largo de su existencia pasaron por ella entre 45.000 y 47.000 españoles, en sucesivos relevos. Y si bien el primer contingente estuvo compuesto en buena medida por voluntarios ideologizados, esa disposición fue cambiando apresuradamente. A partir de 1942, cuando el frente se estabilizó y comenzaron a llegar noticias del frío extremo, las bajas y la dureza de la guerra moderna, el entusiasmo se disipó.
Es entonces cuando entran en escena los soldados de reemplazo, los “voluntarios forzosos”, los hombres que aceptaron marchar a Rusia empujados por el hambre, el miedo o la pura obligación militar.
El caso de Murcia
La Región de Murcia aportó un contingente significativo a la División Azul. Las Jefaturas de Milicias de la provincia organizaron oficinas de enganche en todas sus localidades, y en Murcia capital la lista fue encabezada simbólicamente por el entonces gobernador civil, Julio Iglesias-Ussel. La prensa local, como el diario Línea, se encargó de magnificar cada partida y cada regreso. Pero detrás de los discursos oficiales se escondían motivaciones mucho más prosaicas.
El maestro de La Unión José Pérez Beltrán registra diálogos con campesinos rusos, humanizando a un enemigo que la propaganda española calificaba de bestia bolchevique"
Para muchos jóvenes murcianos, alistarse suponía una salida económica en un contexto de miseria generalizada: la doble paga —alemana y española— resultaba decisiva. Para otros, especialmente hijos de vencidos en la Guerra Civil, el viaje a Rusia era una forma de limpiar expedientes, aliviar la vigilancia sobre sus familias o demostrar una lealtad que nunca sería del todo creída.
Para entender la dimensión humana de estos soldados, es necesario acudir al diario de José Pérez Beltrán, un maestro nacional de La Unión integrado en el Grupo de Transmisiones del Regimiento Vierna. En su pequeño cuaderno de espiral, custodiado en el Archivo General de la Región de Murcia, Beltrán no habla de glorias nazis, sino de la vida cotidiana, del paisaje ruso y, sorprendentemente, de sus relaciones con la población civil local. Registra diálogos con campesinos rusos, humanizando a un enemigo que la propaganda española calificaba de "bestia bolchevique". Beltrán no lo veía de ese modo.
El frío, la enfermedad y la muerte
La experiencia rusa distó mucho de la imagen heroica difundida en retaguardia. El invierno de 1941-1942 fue uno de los más duros del siglo. Las temperaturas descendieron hasta los –40 y –50 grados, cifras para las que ni el equipo ni los cuerpos de los soldados españoles estaban preparados.
Las enfermedades hicieron estragos. Muchos de los que regresaron lo hicieron con secuelas físicas irreversibles: congelaciones, tuberculosis, afecciones pulmonares crónicas. Tal fue el caso del murciano Pérez Beltrán. Otros no regresaron jamás. Las cifras de muertos oscilan entre 4.500 y 5.000 hombres.
La batalla de Krasni Bor, el 10 de febrero de 1943, simboliza como pocas la brutalidad de aquella guerra. Cerca de 6.000 españoles resistieron el ataque de varias divisiones soviéticas en una jornada infernal que dejó más de mil muertos en un solo día.
El aguinaldo como símbolo

- Soldado de la División Azul en el frente. -
- Fuente: Archivo General de Murcia.
El llamado aguinaldo del Caudillo consistió en el envío masivo de productos españoles al frente: dulces, embutidos, vino, tabaco. Fue una operación logística considerable y, al mismo tiempo, una poderosa herramienta propagandística. Franco se exhibía como el padre que no descuidaba a sus soldados. En el anverso de la imagen se puede leer:
- Jarana en las líneas españolas. Con el aguinaldo del Caudillo llega la emoción y el saludo de la patria. Este Voluntario no puede contener ni en su rostro ni en sus brazos la alegría desbordante.
El regreso de los divisionarios murcianos fue inicialmente celebrado con entusiasmo. Bandas de música, recepciones oficiales y titulares grandilocuentes marcaron las primeras repatriaciones. Así relató el diario Línea —órgano de Falange Española— el “triunfal recibimiento a la División” en la Catedral de Murcia el 19 de agosto de 1942.
- En un altar, la “Morenica”; la Virgen de la Fuensanta, con su fajín de Generala y su bastón y un manto blanco. ¡Un manto blanco, como las estepas de Rusia ya redimidas y ganadas a la cristiandad! Toman asiento los heroicos Caballeros Mutilados de la División (…).
Sin embargo, el contexto internacional pronto cambió. A medida que la derrota alemana se hacía inevitable, la División Azul pasó de ser un activo propagandístico a convertirse en un problema diplomático.
Muchos veteranos quedaron atrapados en una tierra de nadie: utilizados por el régimen cuando convenía y proscritos después al silencio. Los últimos prisioneros, repatriados en 1954 tras una década en los campos soviéticos, fueron recibidos con honores, pero pronto desaparecieron del discurso público.
¿Quiénes fueron estos soldados?
Mirar hoy estas imágenes obliga a preguntarse quiénes fueron realmente aquellos hombres. No formaban un bloque uniforme. Entre ellos hubo falangistas convencidos, sí, pero también campesinos hambrientos, maestros represaliados o hijos de derrotados. La División Azul fue, en palabras de Xosé M. Núñez Seixas, el espacio de los “vencedores vencidos”: hombres del bando ganador de la Guerra Civil que pagaron un alto precio en una guerra impropia.
Es aquí donde la experiencia de la División Azul conecta con los conflictos bélicos actuales. La guerra, ayer como hoy, no se sostiene únicamente sobre grandes discursos ideológicos, sino sobre la suma de decisiones pequeñas, rutinarias y a menudo acríticas. Hannah Arendt habló de la banalidad del mal para describir cómo actos moralmente atroces pueden ser cometidos por personas normales que se limitan a cumplir órdenes, a seguir un procedimiento, a no cuestionar el marco en el que actúan.
Recordar esto no implica exculpar crímenes ni diluir responsabilidades, sino asumir que la violencia organizada necesita menos fanáticos de lo que solemos creer y muchos más obedientes. Mientras se siga aceptando que “cumplir órdenes” es una coartada suficiente, se seguirán produciendo soldados que combaten sin creer, que matan sin comprender y que mueren sin saber muy bien por qué. Tal vez por eso estas fotografías regresan cada vez que cae la nieve: porque nos recuerdan que, bajo el uniforme y la propaganda, siempre hubo —y hay— personas concretas atrapadas en un invierno que no siempre eligieron transitar.
Patrocinio Lorente Peinado
Doctora en Historia Contemporánea y profesora de Formación Profesional en Alguazas