Después del agua, la Región

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Tribuna libre

"No se trata solo de cuánta agua necesitamos. Se trata de qué Región queremos sostener con ella"

Publicado: 21/07/2026 · 06:00
Actualizado: 21/07/2026 · 06:00
  • Salinas reales de Sangonera la Seca, en Murcia.
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A veces conviene imaginar el futuro no para adivinarlo, sino para corregir el presente. La Región de Murcia lleva demasiados años hablando del agua como si todo pudiera reducirse a caudales, hectómetros y agravios. Naturalmente que el agua importa. Sin agua no hay campo, huerta, industria alimentaria ni vida digna. Pero quizá la pregunta se nos ha quedado corta.

No se trata solo de cuánta agua necesitamos. Se trata de qué Región queremos sostener con ella.

Defender el agua no debería significar defender cualquier uso del agua. Amar el campo no obliga a aceptar cualquier modelo de campo. Y proteger la prosperidad regional no puede confundirse con conservar intactos todos los hábitos que nos han traído hasta aquí. La prudencia, virtud antigua y conservadora, exige mirar más allá de la próxima campaña, pancarta o titular.

 

Imaginemos una Región de Murcia que, empujada por la escasez, el clima y la evidencia, decide hacerse más inteligente"

 

Imaginemos una Región de Murcia que, empujada por la escasez, el clima y la evidencia, decide hacerse más inteligente. Una agricultura con menos estrés hídrico, más ecológica, menos cosechas forzadas y más valor añadido. Fincas con sensores, suelos vivos, riego preciso, técnicos bien formados y productos de calidad que valen más porque consumen menos. Ganar más con menos. No sería una derrota del campo. Sería su mayoría de edad.

Esa transición tendría efectos incómodos. Una agricultura más tecnificada necesitaría menos mano de obra intensiva y más perfiles especializados. Eso podría reducir parte de la inmigración agrícola procedente del norte de África. Conviene decirlo sin cinismo. Durante años, parte de nuestra prosperidad descansó sobre trabajadores invisibles. Un campo más moderno no debería limitarse a sustituir brazos por sensores; debería reconocer, formar y dignificar a quienes sostuvieron el viejo modelo.

Imaginemos, además, un Mar Menor tratado no como problema de imagen, sino como herencia que debemos entregar mejor de lo que la recibimos. Quien tiene hijos lo entiende sin ideología, no se puede llamar progreso a dejar una laguna enferma, acuíferos agotados o ramblas convertidas en excusas administrativas. La riqueza que destruye su base acaba siendo pobreza.

La Región tiene capacidades para algo más ambicioso. Tiene universidades, conocimiento agronómico, experiencia exportadora, sol, costa, puerto, industria, hospitales e investigadores. La Universidad de Murcia y la Politécnica de Cartagena podrían ser motores de una etapa nueva: salud ambiental, desalación eficiente, agrovoltaica, energía limpia, robótica agrícola, suelos recuperados y gestión rigurosa del territorio. El futuro no se improvisa con consignas. Se prepara con conocimiento.

Portmán en mi opinión, debería ser una prueba moral. Durante demasiado tiempo hemos convivido con heridas ambientales como asuntos aplazables. Pero una Región seria no tapa sus cicatrices: las repara. Recuperar Portmán y los suelos dañados de la Sierra Minera en su totalidad no sería solo una operación ambiental. Sería una declaración de carácter.

 

Porque el agua importa, no podemos usarla como consigna eterna; y porque la agricultura es estratégica, no podemos dejarla atrapada en un debate que premia más el grito que la solución"

 

También deberíamos hablar de movilidad. Una Región moderna no puede depender casi por completo del coche privado. Conectar mejor Cartagena, Murcia, Lorca, el Noroeste, el Altiplano, el Mar Menor y el Guadalentín no es capricho verde. Es cohesión territorial, libertad para los jóvenes, dignidad para los mayores y competitividad.

Y está lo moral y político. En materia hidráulica, unos gritan más y otros posturean mejor. Unos convierten el agua en agravio permanente; otros la envuelven en sostenibilidad de rueda de prensa. Entre ambos, demasiadas veces, se instala una pedagogía del miedo: la idea de que cualquier cambio equivale a una catástrofe. Pero gobernar no consiste en administrar temores, sino en distinguir entre lo que debe defenderse y lo que debe transformarse.

Nada de esto exige odiar el trasvase ni despreciar a los regantes. Al contrario, exige tomarlos en serio. Precisamente porque el agua importa, no podemos usarla como consigna eterna. Y porque la agricultura es estratégica, no podemos dejarla atrapada en un debate que premia más el grito que la solución.

La Región de Murcia ha demostrado que sabe trabajar, exportar, resistir y adaptarse. Tal vez le falte imaginar una prosperidad menos dependiente del miedo. Agricultores más ricos, un Mar Menor vivo, una rambla del Albujón que deje de ser herida abierta, una Cartagena energética más allá del petróleo, universidades influyentes y una administración donde mandar dependa del mérito, no del apellido ni de la obediencia.

Quizá el futuro no consista en elegir entre agua o ecología, campo o paisaje, economía o límites. Quizá consista en gobernar mejor esas tensiones. Porque la verdadera sequía no está solo en los embalses. A veces aparece en la imaginación política, cuando una comunidad solo sabe pedir más y no se pregunta cómo vivir mejor.

 

Juan Antonio Ortega García

Profesor Pediatría Universidad de Murcia

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