Desgobierno de lo público

Opinión

Opinión

Tribuna política

"La política parece haber dejado de ser el arte de gobernar para convertirse en el arte de conservar el poder"

Publicado: 08/07/2026 · 06:00
Actualizado: 08/07/2026 · 06:00
  • Fachada del Congreso de los Diputados.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

La democracia no se deteriora de un día para otro. No se derrumba con un golpe de efecto ni desaparece bajo el estruendo de los tanques. Su desgaste suele ser mucho más silencioso. Comienza cuando el interés general deja de ocupar el centro de la acción política y es sustituido por el interés de quienes administran el poder. Es entonces cuando el ciudadano deja de ser el protagonista de la vida pública para convertirse en un simple espectador de una representación cuidadosamente diseñada.

Hoy asistimos a una inquietante paradoja. Nunca habíamos votado tanto ni disfrutado de tantos instrumentos formales de participación, y, sin embargo, nunca había sido tan intensa la sensación de que las decisiones importantes se toman lejos de la voluntad real de los ciudadanos. La política parece haber dejado de ser el arte de gobernar para convertirse en el arte de conservar el poder.

Las políticas públicas, concebidas para responder a las necesidades colectivas, se han transformado con demasiada frecuencia en mecanismos destinados a perpetuar estructuras partidistas. La prioridad ya no parece consistir en resolver los problemas que preocupan a la sociedad, sino en garantizar la continuidad de quienes ocupan los despachos del poder. Gobernar ha dejado de entenderse como un servicio para convertirse, demasiadas veces, en una profesión cuyo objetivo principal es no abandonar nunca el cargo.

 

Sería injusto afirmar que toda la política está corrompida. Existen hombres y mujeres que ejercen el servicio público con honestidad, sacrificio y vocación"

 

Los partidos políticos, pilares indispensables de cualquier democracia representativa, han ido perdiendo lentamente su identidad. Las viejas diferencias ideológicas, que permiten al ciudadano elegir entre modelos de sociedad claramente definidos, han cedido el paso a una política de gestos, de consignas y de estrategias de comunicación. El discurso cambia según lo aconsejen las encuestas; las convicciones parecen tener fecha de caducidad.

La democracia se reviste así de una forma cada vez más evidente de partitocracia. Son las organizaciones políticas quienes monopolizan el funcionamiento institucional, quienes controlan los mecanismos internos de selección y quienes deciden, en demasiadas ocasiones, quien asciende, quien desaparece y quien merece ocupar los espacios de representación. El ciudadano participa votando, pero rara vez participa decidiendo. Ya no se discuten proyectos de región o de país, se promocionan marcas personales. El liderazgo sustituye al pensamiento y la obediencia desplaza al espíritu crítico.

Lo verdaderamente preocupante es que el sistema parece haber aprendido a protegerse de cualquier intento de renovación. Las nuevas formaciones políticas encuentran enormes dificultades para abrirse paso. No basta con presentar buenas ideas o propuestas innovadoras; es necesario enfrentarse a estructuras sólidamente asentadas que conocen perfectamente los mecanismos del poder y saben cómo conservarlos. El reparto del pastel parece decidido mucho antes de que los ciudadanos depositen su voto. Mientras, el ciudadano asiste, casi resignado, a una representación cuyos actores cambian de escenario, pero no raramente de libreto.

Sería injusto afirmar que toda la política está corrompida. Existen hombres y mujeres que ejercen el servicio público con honestidad, sacrificio y vocación. Precisamente por respeto hacia ellos resulta aún más necesario denunciar aquellas dinámicas que degradan las instituciones y alimentan el descrédito general. Criticar el funcionamiento del sistema no significa despreciar la democracia; significa defenderla de quienes contribuyen a debilitarla desde dentro.

La regeneración democrática exige algo más que reformas legales. Exige una transformación ética. Requiere dirigentes que comprendan que gobernar no consiste en vencer al adversario, sino en servir al conjunto de la sociedad. Necesita partidos capaces de recuperar el debate intelectual, la discrepancia interna y el respeto por las instituciones. Y necesita ciudadanos dispuestos a exigir cuentas, a participar y a no conformarse con la política convertida en espectáculo.

La dignidad de una democracia no depende únicamente de sus leyes. Depende, sobre todo, de la calidad moral de quienes la sostienen y de la vigilancia permanente de quienes la hacen posible: los ciudadanos.

¿Dónde queda la dignidad de nuestra ciudadanía? Quizá permanezca oculta bajo el peso de la propaganda, del enfrentamiento permanente y de los intereses partidistas. Pero sigue ahí, esperando el lugar que nunca debió perder: el centro de la vida pública. Porque cuando la política deja de servir a los ciudadanos para servirse de ellos, no solo fracasa un gobierno; se resiente el propio sentido de la democracia.

 

Mariano Galián Tudela

Presidente del partido nacional Valores en la Región de Murcia

Recibe toda la actualidad
Murcia Plaza

Recibe toda la actualidad de Murcia Plaza en tu correo