El pasado martes, 4 de agosto, se cumplieron 120 años del naufragio del vapor Sirio frente a las Islas Hormigas, junto a Cabo de Palos. A las siete de la tarde, en Cala Fría, los pescadores de la Cofradía ofrecieron un responso y una ofrenda floral, herederos de quienes en 1906 se echaron al mar para rescatar a los supervivientes de la que sigue siendo la mayor tragedia de la navegación civil española. La efeméride, impulsada por tres mujeres -una escritora cartagenera, una historiadora italianista y una periodista- tras meses de charlas en Murcia, Madrid, Alicante y Barcelona, ha devuelto a la memoria colectiva un suceso que la propia historiografía naval había relegado a un segundo plano frente al Titanic, hundido seis años después y mucho mejor conocido pese a haberse cobrado, proporcionalmente, menos vidas.
Separan ambos episodios 120 años. Entonces salíamos, ahora entran. Pero la historia describe, en lo esencial, el mismo mecanismo.
El Sirio no naufragó transportando turistas ni indianos enriquecidos. Cubría la ruta Génova-Buenos Aires con cientos de emigrantes italianos y españoles hacinados en las bodegas, muchos de ellos sin billete regular, huyendo de la miseria de la agricultura mediterránea para labrarse un futuro en la Argentina y el Brasil de la Belle Époque. Casi trescientos de ellos no llegaron a ver esa orilla. Los mismos días en que Cabo de Palos honraba a sus muertos, España afrontaba en Ceuta la crisis migratoria más severa desde 2021: más de sesenta mil en una sola semana. A la hora de escribir estas líneas se estiman más de 142 fallecidos entre ahogamientos y aplastamientos en el espigón.

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Separan ambos episodios 120 años. Entonces salíamos, ahora entran. Pero la historia describe, en lo esencial, el mismo mecanismo.
Los historiadores de la llamada Age of Mass Migration —el medio siglo que llevó a sesenta millones de europeos hacia América entre 1850 y 1913— coinciden en lo siguiente: lo que mejor predice quién emigraba y cuándo no es la pobreza absoluta, sino la brecha de renta entre origen y destino, junto a la capacidad de financiar el pasaje. Los italianos del Mezzogiorno, los gallegos, los andaluces, los murcianos y cartageneros que embarcaban rumbo a Argelia, Argentina o Cuba no huían del hambre extrema —quien de verdad pasa hambre no tiene con qué pagar un billete de tercera clase—, sino de un diferencial de oportunidad que hacía racional jugarse la vida en una bodega insalubre a cambio de progresar. Buena parte de los pasajeros del Sirio viajaba de manera irregular, ocultos, igual que hoy se salta un espigón fronterizo o se paga a una mafia por un cayuco.
Cuando la distancia física entre dos economías es de catorce kilómetros de mar y la distancia en renta es de nueve a uno, el incentivo migratorio se contiene, a lo sumo, temporalmente.
Ese diferencial tiene hoy nombre y cifra. El producto interior bruto per cápita de España ronda los 40.000 dólares; el de Marruecos no llega a los 4.500. La renta media mensual española multiplica por casi nueve la marroquí. La geopolítica de Rabat, la gestión fronteriza del Gobierno o la instrumentalización de los flujos son factores reales y relevantes, pero no explican el fondo del asunto: cuando la distancia física entre dos economías es de catorce kilómetros de mar y la distancia en renta es de nueve a uno, el incentivo migratorio se contiene, a lo sumo, temporalmente.
Los trabajos clásicos de Hatton y Williamson sobre la migración de masas del siglo XIX, y la investigación posterior sobre remesas y desarrollo, apuntan en la misma dirección: los flujos migratorios se autorregulan por convergencia de rentas, no por control policial de fronteras. España e Italia dejaron de ser países de emigración masiva no porque levantaran muros más eficaces —no los había—, sino porque su renta convergió con la del resto de Europa occidental a partir de los años sesenta y setenta del siglo pasado.
Nada de esto consuela a quien gestiona una frontera hoy, ni resuelve el problema humanitario inmediato de Ceuta, ni exime a nadie de exigir un sistema de asilo ordenado, seguro y legal. Pero sí debería cuestionar una idea recurrente desde 2021 y desde antes: que existe una solución puramente policial al fenómeno. El Sirio se hundió porque su capitán se acercó imprudentemente a la costa para recoger a más emigrantes clandestinos con los que engordar el pasaje; ciento veinte años después seguimos discutiendo de vallas, concertinas y despliegues del Ejército como si la geografía económica no fuera a seguir empujando en la misma dirección.
Mientras exista una brecha de renta como la que separa hoy a España de Marruecos, los flujos migratorios seguirán intentando cruzarla, con papeles o sin ellos, en patera o a nado, como hace 120 años en la bodega de un vapor genovés frente a las Islas Hormigas.
Lo instructivo del paralelismo Sirio-Ceuta no es solo la dureza de los datos —los cadáveres en el mar, los niños separados de sus familias, la épica de quienes rescatan a extraños con sus propias manos, ayer pescadores de Cabo de Palos, hoy voluntarios en el Tarajal—, sino la persistencia de la causa. Durante siglo y medio España fue emisora neta de población hacia América y el norte de Europa por la misma razón económica por la que hoy recibe población desde el sur.
Administrarlos con humanidad e inteligencia es posible. Detenerlos, a la vista de la historia, no lo ha sido nunca.
Homenajear a las víctimas del Sirio sin extraer esa lección es quedarse a medio camino. La historia de los movimientos migratorios es tozuda: no ofrece consuelo fácil ni recetas políticas simples. Mientras exista una brecha de renta como la que separa hoy a España de Marruecos, los flujos migratorios seguirán intentando cruzarla, con papeles o sin ellos, en patera o a nado, como hace 120 años en la bodega de un vapor genovés frente a las Islas Hormigas. Administrarlos con humanidad e inteligencia es posible. Detenerlos, a la vista de la historia, no lo ha sido nunca.